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En esta esquina

  • ¿ANDRÉS MANUEL SERÁ PRESIDENTE?

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    Finalmente sucedió lo inevitable: Andrés Manuel López Obrador hizo pública su aspiración presidencial. No se trata de ninguna noticia de ocho columnas. Al contrario. El ex jefe de Gobierno de la ciudad de México y autodenominado “presidente legítimo” lleva años en campaña. Pero esta acción pone las cartas sobre la mesa.

      

    Al menos de manera oficial, Andrés Manuel sigue perteneciendo al Partido de la Revolución Democrática, con cuyos dirigentes, y especialmente con el otro aspirante a la candidatura – Marcelo Ebrard – mantenía un pacto de honor: la izquierda mexicana llegaría unida al 2012 y presentaría un único candidato, que sería determinado por las encuestas en el tiempo y en la forma que se estableciera.

      

    Por varias razones resultaba inevitable que López Obrador se lanzara antes que nadie. No es ningún secreto que el PRD se encuentra dividido. Las alas más fuertes son también las que presentan más conflictos. Por un lado, los afines al “gobierno legítimo” que son, a su vez, los más identificados con el sector duro: los que marchan, llenan plazas, realizan bloqueos y se muestran reacios a todo diálogo político si éste no implica conseguir sus antojos. Por el otro, un grupo de izquierda más tendiente a la moderación, al diálogo y a las alianzas (por ejemplo, con el PAN, con el que se unió y buscó algunos gobiernos estatales, en contra de la voluntad del propio Andrés Manuel).

      

    El primer sector, el duro, es también el más desprestigiado entre la ciudadanía. Se antoja imposible que López Obrador alcance la victoria. Sus dichos y hechos, muchos de ellos violentos, le han creado una imagen de intransigencia dictatorial, muy alejada de las aspiraciones del México más moderno. Este sector no podía atenerse a que una encuesta les otorgara el triunfo; triunfo, insisto, que lucía y luce lejano.

      

    Tácticamente, era más sencillo “madrugar”. Esto se explica al observar a las personas que acompañaron a López Obrador cuando hizo su anuncio: los dirigentes del Partido del Trabajo y de Convergencia fueron sus escoltas principales. El mensaje es claro: más que un simple aspirante a la candidatura, Andrés Manuel es ya, en los hechos, el candidato oficial de ambos partidos. El PT posee experiencia en este sentido: hace unos años, cuando el PRD estudiaba la conveniencia de lanzar por tercera ocasión a Cuauhtémoc Cárdenas, este partido se adelantó y lo designó su abanderado. El PRD no tuvo opción: ir con Cárdenas o elegir a otro candidato que no tendría oportunidad de conservar lo que habían ganado en años anteriores. Optaron por lo primero.

      

    Ahora, la gran pregunta es qué hará el PRD y qué hará Marcelo Ebrard. Tanto el PT como Convergencia ya tienen candidato. Si Ebrard no renuncia a sus ansias presidenciales, será imposible que la izquierda llegue unida a las elecciones. Pero si se hace a un lado, le habrá dejado el camino libre a sus enemigos internos y el ala moderada habrá perdido la batalla.

      

    Si Andrés Manuel es el candidato, insisto por segunda vez, la victoria se antoja imposible. Pero si la izquierda presenta dos aspirantes (López Obrador por el PT y Convergencia y Ebrard o alguien más por el PRD), el voto se fragmentará y beneficiará a un solo partido: el PRI, que presume en Enrique Peña Nieto a un candidato no oficial que reúne todas las características para llenarse de votos.

      

    Ni el PT ni Convergencia son ilusos: saben muy bien que si van solos con López Obrador a la cabeza jamás obtendrán la victoria. Pero sí conseguirán – y esto es lo verdaderamente importante – los votos suficientes para mantener sus registros, aumentar su número de legisladores e incrementar su presencia en el Congreso y con ello, desde luego, asegurar las millonarias prerrogativas, que son el verdadero tesoro. Ésta fue la apuesta de aquel PT que abanderó a Cárdenas: no obtener el triunfo, sino asegurar su presupuesto y su modo de vida.

      

    Era evidente que Andrés Manuel se destaparía. Sus principales contrincantes, Peña Nieto por el PRI y Marcelo Ebrard por el propio PRD, llevan años en campaña, promoviendo su imagen desde el gobierno del Estado de México el primero y desde el gobierno del Distrito Federal el segundo. Al menos, el destape ha develado el juego.

      

    El desprestigio – justo o injusto – que lleva sobre la espalda López Obrador será una piedra muy pesada que no podrá quitarse. Pero nunca, nunca, se hará a un lado. O Ebrard renuncia a sus aspiraciones o la izquierda llegará dividida. Tal vez sea para bien. En un país tan amplio y variado como el nuestro, es imposible que una sola tendencia de izquierda domine el panorama político. Sería sano y necesario que los ciudadanos contáramos con una izquierda que se presente dispuesta al diálogo y no a bloquear avenidas durante semanas enteras.

      

    Pero si la izquierda se divide, el único ganador será el PRI, cuyo candidato oficial/no oficial presenta ya una amplia ventaja. En este escenario, no luce descabellada la idea de una alianza PRD/PAN que logre conseguir/preservar la Presidencia desde una ideología de izquierda en lo social y de derecha en lo económico.

      

    Las cartas están sobre la mesa. La sucesión presidencial ha iniciado. El presidente Calderón podrá hacer muy poco en el poco tiempo que le queda; ésta es la verdadera tragedia para el país. Pero ante todo, tanto él como Marcelo Ebrard deben detenerse y dejar de hacer lo que están haciendo tan perversamente bien: tratando a toda costa de que sus respectivos partidos pierdan la Presidencia y el gobierno de la ciudad en el 2012.

     

     

     

     

     

  • NO NOS ENGAÑEMOS: MÉXICO ESTÁ EN GUERRA

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    No nos engañemos: México está en guerra. Gran parte de nuestro territorio, donde habitan millones de mexicanos, se encuentra secuestrado por el crimen organizado. Virtualmente, no existe un solo estado que esté libre de esta marejada de violencia, ni un día en que las noticias no nos informen de atentados, secuestros y ejecuciones.

      

    El presidente Calderón hizo lo correcto al declarar que combatiría al narcotráfico al inicio de su gestión. En realidad, no tenía alternativa. Se trataba de enfrentar a las bandas delictivas o bajar los brazos y cerrar los ojos ante una realidad que no era nueva, sino que durante décadas se permitió su libre crecimiento. El presidente no tenía alternativa. Hizo lo correcto. Pero es momento de replantear la estrategia.

      

    Una amplia zona del norte de nuestro país se encuentra bajo fuego. Ciudad Juárez, Torreón, Nuevo Laredo, Monterrey. Son botones de muestra en las que los asesinatos han dejado de tener los móviles acostumbrados.

      

    Ya no podemos darnos el lujo de presumir que todo ejecutado mantenía vínculos con el narcotráfico. Ahora, como lo demuestran las ejecuciones en bares, restaurantes y los hechos con carro bomba en Ciudad Juárez, la violencia ha alcanzado las definiciones de atentados terroristas. No se golpea simplemente al enemigo, a la policía o al Ejército. Se trata, ahora lo sabemos, de atacar a la ciudadanía sin que exista una razón evidente. Nunca como ahora los muertos han sido tan inocentes. La causa: una delincuencia que ataca sin piedad y sin justificación.

      

    Siempre había considerado que una parte importante de la solución a este problema era la legalización de las drogas. Aún estoy a favor de la medida. El papel del Estado no tiene por qué ser el de erigirse como un protector moral de sus ciudadanos. Cada uno de nosotros tiene el derecho y la libertad de consumir lo que se le dé la gana. El rol del Estado no puede ser el de entrar a nuestras casas e impedirnos consumir una sustancia. Pero, del mismo modo, el Estado no tendría por qué aportar un solo peso para la rehabilitación de las personas que, en el entero uso de su libertad, decidieron consumir alguna droga.

      

    Cada año gastamos millones de pesos en el combate al narcotráfico. Millones de pesos para tratar de que los mexicanos se mantengan alejados de sustancias que se empeñan en seguir consumiendo. Millones de pesos que deberían destinarse a educación, salud, infraestructura.

      

    Ahora, sin embargo, me parece que la solución no es tan simple. No se trata solamente de la generación, procesamiento, traslado, venta y consumo de drogas. Las bandas dedicadas a este delito se han diversificado. Aunque la punta de lanza sigue y seguirá siendo la venta de drogas ilegales, sus actividades se han dividido en secuestros, extorsiones, tráfico de armas y de personas. Incluso, es claro que el narcotráfico juega un papel cada vez más poderoso y visible en las elecciones.

      

    El periódico Reforma reporta el día de hoy, 20 de julio, que estos delitos han dañado también al sector salud, no solamente en el tratamiento de adicciones, sino en la ocupación hospitalaria, debido a lesiones con armas de fuego producto de las balaceras en la vía pública, e incluso en el aumento de los casos de depresión derivados del estrés en las ciudades con mayores índices de violencia.

      

    Un amigo me comentaba ayer que pretendía abrir un negocio en su natal Tampico. Durante el proceso, uno de sus socios recibió una llamada de extorsión de alguien que se identificó como miembro de los Zetas. Su petición era sencilla pero clara: debían pagar una cuota semanal de protección o algo malo les sucedería. En ese momento decidieron finalizar sus intenciones de inversión.

      

    Estas cosas – me siguió contando – suceden todos los días. La gente cierra sus negocios porque es imposible pagar las cuotas de protección. A algunas agencias automotrices, me dijo, les cobran cien mil pesos semanales.

      

    En Torreón ocurre algo similar. Una ciudad que se construyó en medio del desierto, y que se ha levantado y modernizado mediante trabajo, ahora ve cómo su capital, sus inversionistas y sus ciudadanos se alejan. Hace no mucho se trataba de una de las ciudades que ofrecía mejor calidad de vida. Hoy es rehén del crimen.

      

    Resulta evidente: las bandas dedicadas al narcotráfico se han diversificado y amenazan con apoderarse de absolutamente todo.

      

    El presidente Calderón hizo bien en declararles la guerra. No tenía alternativa. Es una guerra que no podemos darnos el lujo de perder. Pero no podemos negar que ha sido muy costosa, en dinero y vidas, y que tal vez estamos siguiendo una estrategia equivocada.

      

    Mientras estas actividades sigan siendo tan atractivamente lucrativas, existirán más motivos para involucrarse en ellas que para combatirlas. La estrategia debe enfocarse en dos flancos: una campaña permanente y explícita que muestre las consecuencias reales del consumo de drogas; una campaña tan gráfica que no deje lugar a dudas y tan efectiva que aleje verdaderamente a los mexicanos de estas sustancias.

      

    Pero también atacar la razón de esta actividad: las ganancias. Perseguir el dinero derivado del narcotráfico. Solamente persiguiendo los negocios, giros e inversiones de los narcotraficantes se podrá cortar una de las raíces principales de este problema. Después de todo, Al Capone fue encarcelado por evasión de impuestos, y Eliot Ness era un agente del tesoro. Entonces, como ahora, la clave de todo es clara: atacar las ganancias.

      

    Por ahora debemos, partir de una realidad que no podemos ignorar: México está en guerra y la está perdiendo.

     

     

     

     

     

  • DE LA FIESTA DEMOCRÁTICA A LA TRAGEDIA NACIONAL

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    La democracia mexicana nació tarde y amenaza con morir joven. Apenas el 2 de julio del 2000, se logró finalmente la alternancia de partidos en el poder. El Partido Revolucionario Institucional gobernó de manera ininterrumpida durante 72 años. Siete décadas que significan todo. Avances indudables, pero también estancamientos abismales, corrupción desmedida, crecimiento de una delincuencia tolerada y protegida desde los gobiernos.

      

    Para la mayoría de los mexicanos, el PRI siempre fue sinónimo de un conjunto de vicios políticos y sociales. Aquel PRI lo mismo podía ser delincuente que asesino; defraudador que extorsionador; cacique que secuestrador; narcotraficante que violador; tratante de blancas que amo y señor de un país entero.

      

    Aquel viejo PRI tenía todo menos buena fama. La corrupción era el lubricante que hacía funcionar su maquinaria; los sindicatos proveían votos suficientes y seguros para aparentar una torpe democracia ante los ojos del mundo; los líderes sindicales eran eternos; los diputados y senadores, intocables; ser policía resultaba el negocio más rentable; el influyentismo proporcionaba un escudo indestructible; el nepotismo, un hermoso y fino signo de orgullo presidencial.

      

    Era el mismo viejo PRI lleno de nombres que, con razón o sin ella, se consideraban siniestros. El clan Salinas de Gortari, el clan Hank González, el grupo Atlacomulco, Arturo Durazo, Gonzalo N. Santos, Luis Echeverría, José López Portillo, Elba Esther Gordillo, Manuel Bartlett, Víctor Cervera Pacheco, Gustavo Díaz Ordaz, Plutarco Elías Calles, Roberto Madrazo, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa, Joaquín Hernández “La Quina”, Carlos Romero Deschamps, Arturo Montiel, Mario Marín.

      

    Aquel PRI, achacoso, apolillado y corrupto, era el mismo PRI que la mayoría de los mexicanos afirmaba repudiar. ¿Pero cómo quitarlos de la silla presidencial si ellos eran los dueños de todo, incluida la policía y el Ejército? No en balde Fidel Velázquez, uno de sus líderes sempiternos, había advertido que a balazos habían llegado al poder y ni las balas ni los sufragios podrían removerlos.

      

    Mediante el voto era seguro que no se lograría nada. El PRI, aquel omnipotente partido de Estado, era también el dueño de las elecciones. Compraba votos, robaba urnas, multiplicaba padrones electorales, acarreaba gente, presionaba, enviaba a votar a la misma persona durante todo el día a diferentes casillas, y lograba, incluso, que quienes ya habían muerto acudieran a votar puntual y cumplidamente.

      

    ¿Cómo es que, si la mayor parte del país estaba en contra suya, el PRI seguía en el poder? Y más importante: ¿cómo lograr derrocarlo y cortarle la cabeza?

      

    El milagro se logró hace diez años. No fue obra de un partido. Fue logro de un tipo carismático apoyado por un grupo de empresarios y de sectores influyentes. Vicente Fox tenía todo lo que los mexicanos deseaban ver en un político: que no fuera político, que no fuera del PRI y que se le enfrentara al PRI para domarlo y encerrarlo en el corral.

      

    El efecto Fox logró lo esperado: no se votó por Vicente Fox. Se votó en contra del PRI. De cualquier manera, el milagro se había consumado. Muerta la bestia, la prosperidad nos esperaba. La felicidad se encontraba a la vuelta de la esquina. El milagro económico nacería simplemente porque debía nacer; porque el PRI se había encargado de sofocarlo.

      

    Sin embargo, fue un sexenio perdido. Fox se desinfló, su esposa lo manejó, la frivolidad fue la única nota dominante. Vicente Fox traicionó a la democracia y al pueblo mexicano. Le arrancó la esperanza.

      

    Seis años después, el PAN, partido de Fox, tenía pocas o nulas esperanzas de volver a ganar la Presidencia, pero lo logró. No la retuvo por méritos propios, sino porque los dos partidos opositores abanderaron a sendos candidatos oscuros, temibles, con mala fama y que poca gente fuera de sus círculos de poder querrían ver en Los Pinos. Felipe Calderón no ganó la Presidencia: el PRI y el PRD se empeñaron en perderla. No hubo fraude electoral, solamente una lógica conformista: votar por el menos siniestro. Ése fue Calderón.

      

    Ahora, a dos años de que vuelvan a realizarse elecciones presidenciales, a diez años de que aquel PRI (que para la gente representaba todos los vicios, todos los delitos, todas las culpas, que tenía las manos manchadas de sangre) está de regreso.

      

    ¿Cómo lo logró? ¿Cómo, a pesar de todo esto, ha ganado gobiernos locales, alcaldías, diputaciones? ¿Cómo se perfila para obtener la Presidencia en el 2012, si sus políticos son sus políticos de siempre y sus mañas sus mañas de siempre?

      

    La respuesta parece ser la misma: a pesar de que pocos desean verlos regresar, aún a menos gente le interesa seguir participando en un simulacro electoral en donde nada, pero nada, cambia sin importar si está en el gobierno un partido o cualquier otro.

      

    Nuestros políticos han asesinado la esperanza democrática y con ello han conseguido su propósito: manejar este país sin oposiciones, sin levantamientos, sin inconformidades, porque cada vez menos gente se interesa en lo que sucede. ¿Para qué interesarse si cualquier político de cualquier partido hará exactamente lo mismo? Lo mismo que es igual a nada. Nada que es igual a beneficio exclusivamente personal. Beneficio personal que verdaderamente es sinónimo de política mexicana.

      

    Si el PRI, con toda la mala fama que tenía, tiene y tendrá, acuñada durante 72 años de gobierno, está de regreso, significa que los mexicanos somos sinceramente muy estúpidos o tan conformistas que no merecemos nada mejor que las migajas que a los políticos se les caen de la mesa.

     

     

     

     

     

     

  • ¿POR QUÉ PERDIMOS? ¿POR QUÉ PERDIÓ MÉXICO?

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    El que México haya quedado fuera del Mundial no es una sorpresa. En realidad, la pregunta obligada no era ¿perderá México?, sino: ¿cuándo?

      

    En lo personal, el fútbol no me atrae, mucho menos me apasiona, pero no puedo dejar de advertir las profundas carencias que sufrimos al interior de este deporte, y del deporte nacional en general, que nos condenan a ser un país esencialmente perdedor.

      

    Son muchos los factores que históricamente nos han arrinconado en un punto de conformismo y mera esperanza divina.

      

    Esta vez, como hace cuatro años, Argentina nos dejó en el camino. Cierto, el primer gol no debió ser válido y el segundo se debió a un error garrafal por parte de un jugador mexicano, pero el resultado final pone las cosas en su lugar, lejos de la propaganda y de las falsas esperanzas que las televisoras construyen en torno a la Selección por fines meramente comerciales.

      

    Según la FIFA, Argentina ocupa el séptimo lugar entre las mejores selecciones del mundo, en tanto que nuestro país se ubica en el 17. Ésta es la primera gran diferencia, pero el fondo es mucho más significativo.

      

    Este deporte llegó a Argentina en 1840. Fue el primer país en el continente en organizarse profesionalmente y también el primero en afiliarse a la FIFA, en 1912. Desde entonces, ha ganado dos campeonatos mundiales y dos subcampeonatos, así como medallas en Juegos Olímpicos. Pero también ha conseguido más de cien copas en diversos torneos internacionales. No sólo esto: Argentina se ha levantado con la victoria en mundiales juveniles, sudamericanos, panamericanos y pre olímpicos.

      

    Los triunfos argentinos no son obra de la casualidad, de la combinación de resultados, del mal desempeño de los rivales o del favoritismo por parte de los árbitros. Se trata de un país que ha invertido dinero, trabajo, tiempo, capacitación y seguimiento en jugadores, directivos y entrenadores. Hoy prácticamente todos los equipos importantes del mundo presumen a un argentino como pieza fundamental.

      

    Además de su selección mayor, Argentina cuenta con selecciones sub 23, sub 20, sub 17 y sub 15, selección mayor femenina, sub 20 y sub 17, selección de fútbol playero, así como diversas categorías en el fútbol de salón.

      

    Pero tal vez la fuente de sus logros sea su liga infantil, la cual no sólo detecta el talento temprano en los niños, sino que se basa en un sistema de competencia nacional perfectamente estructurado y apoyado, lo que hace posible localizar a las futuras estrellas de este deporte.

      

    En contraparte, México posee en el fútbol una auténtica mina de oro cuya finalidad no es forjar triunfadores, sino atraer carretadas de dinero a los bolsillos de los dueños y de las televisoras a cualquier costo.

      

    Son pocos los equipos que se preocupan por invertir en la cantera. Las ligas infantiles son escasas, deficientes, sin más capacitación o guía que los gritos de los padres desde la tribuna. Para un equipo profesional, es más rentable comprar a un jugador ya forjado que invertir en los niños o en los jóvenes. Después de todo, lo que importa no son los triunfos, sino la cantidad de dinero que ingrese a sus cuentas bancarias.

      

    El sistema mismo de competencia en el fútbol profesional promueve la mediocridad deportiva, el conformismo y las esperanzas traducidas en millones de pesos. Cada año se juegan dos torneos, lo que promueve que los campeonatos se consigan rápidamente, que los fracasos sean olvidados con un nuevo torneo y nuevas esperanzas, nuevos ingresos económicos. Los jugadores nunca pierden: son los que reciben mejores salarios en todo el continente. El equipo campeón no debe esforzarse demasiado para levantar una copa: tiene la oportunidad de hacerlo aun si su temporada fue mediocre. Después de todo, en el fútbol mexicano, el sistema de porcentajes, repechajes y sorteos no busca formar equipos o jugadores competitivos, sino vender mercancía, publicidad y esperanzas.

      

    Nuestro paso por los mundiales ha sido desastroso: las televisoras nos han vendido esperazas que se traducen en dinero, mucho dinero para una industria a la que no le importan demasiado los triunfos porque en realidad nunca pierde. La afición mexicana, tal vez en busca de una genuina ilusión que la distraiga por unas semanas, es una eficiente consumidora: compra lo que le anuncien, apoya en los triunfos y llora y se desentiende en las derrotas.

      

    La frustración es otro síntoma que resurge puntualmente cada cuatro años. Por eso la tristeza deriva en violencia, verbal o física. Nada resulta tan doloroso como la pérdida de una ilusión. Y la industria del fútbol nacional es justamente lo que hace: vender barata una ilusión cara.

      

    Antes de los partidos se distribuyen chistes, oraciones a santos ficticios, a santos reales, con la esperanza de que la caridad de Dios nos conceda el triunfo. En realidad, solamente de esta manera podríamos conseguir victorias consistentes: si Dios se apiadara de nosotros y lograra que los rivales se fracturaran. No hacemos nada por colocar firmemente una base en nuestro deporte, no tenemos un sistema de detección de talentos, de seguimiento, de apoyos, no tenemos ligas infantiles, canteras. No contamos con una base que forje jugadores competitivos, pero esperamos que la suerte, el arbitraje, la combinación de resultados nos regale lo que nosotros – a diferencia de los países triunfadores – no queremos hacer.

      

    Tras las derrotas, viene el enojo, la irritación, la violencia, el conformismo. Las redes sociales se han llenado con mensajes repletos de insultos en contra de Argentina, como si aquel país tuviera la culpa de nuestros errores y omisiones.

      

    México posee grandes jugadores, pero son garbanzos de a libra. Excepciones sumergidas en una regla que señala que el fútbol mexicano es un negocio, no un forjador de campeones. Mientras Argentina, precisamente por su organización deportiva, puede darse el lujo de elegir entre cientos de jugadores para formar su selección, en México tenemos que escoger entre 30 o 40, porque el resto no tiene el nivel ni la mentalidad para competir internacionalmente.

      

    El que nuestro país haya quedado fuera del Mundial no es una sorpresa. A nadie le gusta perder, pero si nos negamos a trabajar en las bases, y si seguimos construyendo nuestra esperanza deportiva en el mal desempeño de los rivales, en la ayuda que los árbitros nos puedan ofrecer y en la Divina Providencia, seguiremos estancados y condenados a ser el país perdedor que hemos sido.

     

     

     

     

     

     

  • CARLOS, ALIAS "EL MONSI"

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

     

     

    Siempre creí que Carlos Monsiváis era un actor cómico. Para un niño de menos de seis años, era sencillo llegar a esta conclusión. Sus ropas desaliñadas, su cabello alborotado, pero sobre todo las constantes risas que provocaba a sus entrevistadores, sólo podían ser las características de un gran comediante mexicano.

      

    Recuerdo a un Carlos omnipresente en aquella televisión en blanco y negro, que lo mismo asistía a los programas de Jorge Saldaña que a los de revista. En todos, la escena se repetía, era una constante: Monsiváis hablando fluidamente mientras sus interlocutores reflexionaban y reían.

      

    Dudo mucho que a mis cortos años entendiera las palabras o la ironía de Carlos. Pero recuerdo claramente que cada vez que lo encontraba en televisión, lo veía con atención, con la seguridad de estar ante un enorme comediante.

      

    Así, con este tergiversado fanatismo, comenzó mi afición por Carlos Monsiváis. Tuvieron que pasar cerca de dos décadas para que tuviera la oportunidad de hablar con él.

      

    Como buen intérprete de la sociedad mexicana, Carlos aceptaba participar en prácticamente cualquier tipo de programa televisivo. En “El Calabozo” dijo una frase que causó polémica. Afirmó, refiriéndose a los dos conductores: “Ustedes son la esencia de la televisión”.

      

    A todas luces una ironía, la frase fue sacada de contexto con el fin de desprestigiar a Carlos. Evidentemente no lo lograron. Pero durante un debate de pasillo en mis años como estudiante de periodismo, yo, con los aires de quien lo sabe todo, afirmé despectivamente: “Monsiváis es un pen_dejo”.

      

    Uno de mis compañeros me escuchó y me retó a decírselo personalmente. Acepté el reto. Después de todo, ¿cuáles eran las posibilidades que yo tenía de acercarme y hablar con Monsiváis? Lo que yo ignoraba, y mi amigo sabía muy bien, es que Carlos era uno de los invitados al aniversario de mi escuela y yo fungiría como productor asistente del programa de televisión. Es decir, estaría cerca de Monsiváis sí o sí.

      

    Carlos llegó retrasado, pero llegó. Para entonces, se había corrido la voz acerca del reto y un pequeño grupo de amigos esperaba escucharme insultar a Monsiváis de frente, en vivo y a todo color. Mientras lo maquillaban, justo antes de entrar a cuadro, me acerqué a él. No era sencillo lo que tenía que hacer. Me arriesgaba a muchas cosas. Pero tampoco podía dejar de hacerlo. No podía exponerme a la burla escolar.

      

    En un momento en el que Carlos quedó milagrosamente solo, me acerqué, me planté frente a él y lo miré tartamudeando en silencio. Él me devolvió la mirada y yo simplemente me atreví a decir con un hilito de voz: “Don Carlos, perdone, pero es usted un pen_dejo”.

      

    No supe si escuchó mi débil voz, si entendió mi frase nerviosamente entrecortada, pero su sonrisa se abrió divertida a lo largo de todo su rostro y sus ojos chispearon llenos de vida. Estaba a punto de decirme algo cuando me salvó la campana: la voz inconfundible, áspera y pachanguera de Adalberto Martínez “Resortes” lo saludaba desde el otro lado del estudio. Con él venía el luchador “Blue Demon”. Ante mis ojos, los tres se fundieron en un cariñoso abrazo y yo aproveché para esconderme en el bote de basura.

      

    Ignoro si escuchó lo que le dije, o lo que intenté decirle. Pero años después, durante la presentación de la autobiografía de Eulalio González “Piporro”, sus ojos se toparon con los míos y estoy seguro de que volvió a reírse con las mismas ganas que la primera vez.

      

    De Carlos Monsiváis todos tenemos una historia. Se trataba de uno de los poquísimos escritores que pudo presumir de fama, de popularidad. El cariño que la gente le mostraba – incluso quienes nunca se habían acercado a su obra – era abrumador. En una feria del libro en el Palacio de Minería, lo descubrí arrinconado por una veintena de jóvenes y adolescentes que buscaban desesperadamente su autógrafo. Una ocasión escuché decir a unos estudiantes de secundaria, refiriéndose a otro de sus compañeros: “Aquí como lo ves, es el próximo Monsiváis”. Cuando realizaba mi investigación de campo para mi tesis sobre el albur, me hablaron del “Monsi” en la Bondojito, en La Merced, en la Doctores. Lo mismo los boleros que los voceadores, los taxistas que los mecapaleros. Carlos era reconocido en la calle. Era querido. En esto se levantó gran parte de su grandeza.

      

    Cuántas veces he leído emocionado su prólogo al libro Recogiendo Poemas, de Jaime Sabines; o he acudido a su obra recopilatoria A ustedes les consta en busca de color para iluminar un reportaje o una crónica. O repasado fragmentos de Días de guardar, del Nuevo catecismo para indios remisos, o de la biografía de Salvador Novo o de aquel impactante libro que escribió con Julio Scherer sobre los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco.

      

    Muchas otras veces me topé a Monsiváis, ya en persona, ya sus escritos en los lugares más extraños que pueden imaginarse. Hablando de historia, de política, de fotografía, de pintura, de lucha libre, de ídolos de la música pop, de cine mexicano, y en especial de cómicos y comediantes de la época dorada de la cinematografía nacional, tema que tanto le emocionaba.

      

    La última vez que lo vi fue en un café de chinos en la Calzada de Tlalpan, muy cerca de su casa en la colonia Portales. Se encontraba conversando con dos personas, junto al ventanal. Yo pasé por fuera, caminando, y de nuevo nuestras miradas se cruzaron por un par de segundos. Esta vez fui yo quien sonrió y saludó con la cabeza. Dudo mucho que haya recordado a aquel estudiante de veintidós o veintitrés años que alguna vez trató de cumplir un reto llamándolo pen_dejo.

      

    La muerte de Carlos deja un lugar que no se llenará con nada ni con nadie. Yo no sólo extrañaré su obra y su presencia en los medios de comunicación, sino nuestros brevísimos encuentros en los que Monsiváis me regaló siempre una sonrisa generosa y divertida.

     

     

     

     

     

     

  • EL JEFE DIEGO

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

     

     

     

    Diego Fernández de Cevallos es un político controvertido y un poderoso empresario. Sus actos y dichos pueden no agradar a muchos, pero, indudablemente, sin él no podría entenderse el México actual. Ésta es sólo una de tantas razones por las que su desaparición no puede tomarse a la ligera.

      

    Nacido en la ciudad de México en 1941, Diego es abogado de profesión. Desde que se unió al Partido Acción Nacional, en 1959, ha ocupado importantes cargos públicos. En 1991 fue electo diputado federal. Ya había perdido en las urnas el derecho de ocupar el mismo puesto en tres ocasiones. Fue justamente en su papel como coordinador de su fracción parlamentaria cuando comenzó a ser conocido como el “Jefe Diego”. Posteriormente fue candidato a la Presidencia y senador.

      

    Durante su gestión como diputado, apoyó diversas iniciativas enviadas por el entonces presidente Carlos Salinas. Estas leyes resultaron igualmente controvertidas, aunque la mayoría de ellas eran evidentemente necesarias desde el punto de vista de un estadista, fueron calificadas como sospechosas, oscuras y perjudiciales por un amplio sector populista.

      

    Por esta razón, desde entonces se le ha ligado con el ex presidente. La amistad que los une, sin embargo, jamás ha sido negada por Diego. Incluso se ha dejado fotografiar con el ex mandatario, a sabiendas de que estas imágenes pesan lo mismo que un beso del diablo.

      

    Tal vez esta amistad y el hecho de que nunca ha ocultado su fortuna personal ni la manera en que la ha acumulado sean las principales causas del odio que despierta entre millones de mexicanos.

      

    La polémica es parte de su personalidad. Desde anécdotas ligeras como haberse referido a las mujeres como “el viejerío”, hasta ser señalado como asesor jurídico del líder minero Napoleón Gómez Urrutia, sobre el que pesa una orden de aprehensión, jamás ha pasado desapercibido.

      

    Por ejemplo, defendió al ex gobernador de Morelos Sergio Estrada Cajigal cuando se le pretendía realizar un juicio político por supuestos vínculos con el narcotráfico. También, siendo senador asesoró a la empresa Jugos del Valle en un litigio en el que la empresa logró que la Secretaría de Hacienda le devolviera mil 600 millones de pesos en impuestos.

      

    Años antes, en 1996, defendió a un sobrino del ex presidente Miguel de la Madrid, que era acusado de permitir lavado de dinero en su empresa, Grupo Financiero Anáhuac. Los fondos, según la investigación, habrían pertenecido al capo Amado Carrillo “El Señor de los Cielos”. Tras la muerte del narcotraficante, se citó a Diego a declarar, luego de descubrirse que era apoderado legal de la funeraria donde fue velado Carrillo.

      

    Del mismo modo, Fernández de Cevallos ha sido señalado de enriquecerse utilizando su poder político y sus amistades. En 1996 se le acusó de haber recibido un enorme terreno en Punta Diamante, Acapulco, de manos de Carlos Salinas.

      

    La polémica con que se ha vestido incluye representar a personas afectadas por expropiaciones, apoyar la quema de las boletas electorales de 1988 (cuyos datos y resultados se conservan, a pesar de lo que cree la mayoría), adquirir cientos de hectáreas a precios bajos, ostentar propiedades y empresas, como una mina de mármol.

      

    Resulta evidente que Diego reúne los requisitos necesarios no sólo para ser odiado, sino para ser catalogado como un perverso delincuente protegido por el poder. Todo esto, sin embargo, se debe en gran parte a que nunca ha tenido miedo de exhibir ni sus riquezas ni sus amistades. Con excepción de cuando fue candidato a la Presidencia, nunca se ha preocupado por ser popular ni amado. Al contrario, sabe la animadversión que provoca, pese a la cual se ha negado a contratar seguridad privada. Incluso, él mismo suele manejar sus vehículos.

      

    Ahora que ha desaparecido, y que las investigaciones no han logrado determinar quién lo privó de su libertad ni por qué, es importante replantearnos varios asuntos.

      

    Según un estudio del Grupo Multisistemas de Seguridad Industrial, México ocupa el primer lugar mundial en secuestros, con ocho mil denunciados al año, más los cientos que permanecen en el anonimato. El caso de Diego debe lograr que nuestras autoridades intensifiquen la lucha contra este delito que no ataca exclusivamente a los ricos.

      

    Pero también debe cuestionarnos la moralidad que los mexicanos ostentamos. Apenas unas horas después de difundirse la noticia, las redes sociales mostraron grupos, comentarios y falsas noticias en las que se burlaban de la desgracia del político.

      

    Una persona cualquiera, y un político con mayor razón, puede simpatizarnos o no. Pero burlarse y brincar de alegría por sus tragedias, es la peor carta de presentación que podemos tener como seres humanos.

     

     

     

     

     

  • NUESTRA FALLIDA DEMOCRACIA Y SUS FANTASMAS

    Por Carlos Eduardo Díaz

    Este año es determinante para México pues se conjugan, como nunca antes, el pasado y el futuro con un presente sin demasiadas ambiciones reales.

    En este 2010 se cumplen 200 años del inicio de la guerra independentista. También, cien años de la revuelta armada falsamente llamada “Revolución”. Estamos por llegar, asimismo, a una década de alternancia en el poder. Para terminar, celebramos elecciones en Yucatán, Veracruz, Oaxaca, Durango, Aguascalientes, Zacatecas, Chihuahua, Tlaxcala, Baja California, Chiapas, Puebla, Tamaulipas y Sinaloa.

    Se trata, en la mayoría de los casos, de asuntos diversos con un idealista e iluso común denominador: el afán democrático.

    El bicentenario de la independencia posee severas fallas de origen. España no conquistó el actual territorio mexicano. Fueron los nativos. Los españoles solos, sin ayuda, jamás habrían logrado la hazaña. Tuvieron que echar mano de miles, quizá millones, de indígenas resentidos para quedarse con el poder. Del mismo modo, la independencia no la hicieron los mexicanos, sino los españoles. Fueron los criollos quienes encabezaron la lucha, no para alcanzar la soberanía, sino para depender directamente del rey de España, sin mediación de nadie más.

    Un punto extra: el movimiento que inició Miguel Hidalgo en 1910 fue una mera llamarada de petate. La verdadera lucha por la independencia nació años después y finalizó en 1821, fecha verdadera que deberíamos recordar, pues hasta 2021 festejaremos el auténtico bicentenario de nuestra independencia, no antes.

    La revolución es otro fantasma del panteón oficial que ha sido elevado a los altares patrios. El afán de Madero y la salida de Porfirio Díaz de la Presidencia no marcan el inicio de una “Revolución”, sino de una guerra de guerrillas, de un montón de caudillos hambrientos de poder que se mataron unos a otros hasta que en 1929 fue creado el Partido Nacional Revolucionario (el abuelo del actual PRI) como una manera civilizada de compartir el botín en lugar de arrebatárselo a balazos.

    En todo caso, la verdadera herencia que nos dejó la “revolución” fue un partido de Estado que gobernó ininterrumpidamente por 71 años, a costa de fraudes, compra de favores, presiones, asesinatos y demás delitos impunes en la historia.

    Todos estos vicios fueron los que en el año 2000 se pensaron que quedarían fuera del gobierno. El triunfo pacífico y más o menos civilizado del Partido Acción Nacional abrió la puerta a la esperanza. Finalmente se lograba desterrar al PRI de la Presidencia y todo se solucionaría por arte de magia, por inercia social y política.

    No fue el caso, evidentemente, y los mexicanos sufrimos a causa de uno de los sexenios más tontamente desperdiciados y frívolos. Vicente Fox decepcionó en muchos sentidos. No sólo no fue el presidente enérgico y de bien que se esperaba, sino un personaje blando sin personalidad, aplastado por la ineptitud y opacado por las banalidades de su esposa e incluso por las denuncias jamás aclaradas en contra de sus hijastros.

    Ahora, a una década de aquel momento histórico, el país está paralizado. No solamente por las malas decisiones del presidente Calderón, sino por una oposición empeñada en cerrar el paso a toda ley que signifique progreso, crecimiento, estabilidad, mejoría. También por una serie de vicios que, lejos de exterminarse, se han solapado hasta convertirse en políticamente aceptables, como la presencia de políticos con pasado oscuro en puestos clave.

    Seguimos siendo el país pobre que hemos sido siempre. Un país pobre sentado en una mina de oro que no somos capaces de aprovechar. Las reformas están detenidas o se aprueban a medias, los laberintos fiscales impiden la sana recaudación, las imposiciones legales rayan en lo injusto, la desconfianza y el desencanto prevalecen. Millones de mexicanos subsisten en pobreza extrema. Incluso, algunos municipios poseen índices de subdesarrollo similares a los de países africanos que sobreviven en la miseria. En contraparte, se presume al hombre más rico del mundo y a una pequeña lista de súper millonarios entre las personas más adineradas del planeta.

    La educación está estancada y no hay manera de sacarla de ese bache, porque el sindicato es perfectamente intocable. La violencia ataca por todos los frentes. El narcotráfico crece. La lucha contra el crimen organizado nos presenta detenciones de grandes capos, pero la nota roja nos muestra el surgimiento de nuevos cabecillas cada vez más violentos. La inversión extranjera es ahuyentada por todos estos factores aunados a la falta de certezas, garantías e infraestructura.

    En este mismo marco, diversos estados del país celebran elecciones. Gobernadores, diputados, autoridades locales. Pero el desencanto, la apatía y la desconfianza pesan más que cualquier promesa ilusa. ¿Para qué votar? ¿Algo cambiará si está un partido en lugar de otro? La maquinaria electoral está andando. Es tiempo de promesas, de grandes y visibles obras, de nuevos impuestos disfrazados que signifiquen recursos libres de reportes para gastar en campaña y apoderarse así de la verdadera riqueza. Las apuestas están echadas. No sólo para este año, sino para el 2012, cuando tendremos nuevo presidente. Cada quien ha elegido ya a su gallo. La poderosa maquinaria llamada Televisa desde hace mucho promueve al suyo: es inepto, con mentalidad provinciana, protector de su tío (su antecesor en el gobierno y acusado de enriquecimiento ilícito), sin capacidad, con grandes fallos y carencias, pero guapo. Guapo y con una novia famosa. Lo suficiente para que los millones de mexicanos desinteresados en la política pero enganchados al mundo frívolo de la farándula voten por él. Es la democracia mexicana.

    En cada estado donde se celebrarán elecciones existen asuntos pendientes. En Zacatecas, el PRI de Nuevo León ha enviado camionetas como regalo. En Veracruz, el gobernador mantiene un pequeño y mediocre feudo desde donde se sueña presidente; no le alcanzará, pero nadie evitará el saqueo. El “Gober precioso” sigue despachando sin problemas en Puebla. En Tamaulipas asesinan a un candidato panista. En Aguascalientes se le otorga el registro a un candidato con orden de aprehensión en su contra (si se favoreció a Andrés Manuel hace seis años por la misma causa, ¿por qué no a alguien más?). En Yucatán existen amenazas de violencia. Oaxaca sigue y seguirá sufriendo por el poder desmedido de sus caciques convertidos en gobernadores. Chihuahua tiene en Ciudad Juárez un inmenso problema de violencia que no se ve la manera en que terminará.

    Cada entidad presenta problemas que se han omitido, olvidado, se han dejado crecer. Estados donde se efectuarán elecciones y cuyas calles lucen tapizadas de propaganda electoral, promesas que nadie cree y nadie cumplirá. Millones de pesos destinados a una supuesta democracia histórica de la que todos desconfían, de la que nadie espera nada.

    Estamos en un país poblado de fantasmas. Un país que posee, sin duda, la democracia simulada más cara y tristemente eficiente del mundo.

  • SORDERA GUBERNAMENTAL = LEVANTAMIENTO SOCIAL

    Por Carlos Eduardo Díaz

    Un nuevo levantamiento social se está gestando en la ciudad de México. No será necesariamente violento, pero sí tan notorio como para llamar la atención de los medios de comunicación y paralizar la ciudad con bloqueos y plantones. La causa es un gobierno local, de base supuestamente izquierdista, que se ha encargado sistemáticamente de ocultar información e ignorar las peticiones ciudadanas.

    El jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, anunció la construcción de una serie de vialidades de cuota, como segundos pisos, y la conocida como Súper Vía Poniente; esta última, un antiguo y controvertido proyecto que históricamente ha contado con la desaprobación de la ciudadanía.

    La idea de esta arteria vial sería desahogar la zona de Santa Fe (una pequeña ciudad de lujo ubicada al Poniente de la ciudad) y conectarla con el sur pasando por zonas boscosas y habitacionales, al igual que barrancas teóricamente protegidas por las autoridades ambientales.

    El proyecto no es nuevo, pero ha sido cancelado y aplazado en varias ocasiones por la cantidad de gente a la que afectaría y por los daños a la ecología que igualmente ocasionaría.

    Por principio de cuentas, debemos ser claros en algo: la zona de Santa Fe (llamada también City Santa Fe) es un proyecto que se construyó contra toda lógica, violando las opiniones de expertos que demostraban su fracaso.

    Desde la época colonial, Santa Fe se destacó por su actividad minera, siendo la arena su principal producto. Entre la década de los treinta y los cuarenta del siglo pasado, la creciente industria de la construcción demandó más cantidad de arena, lo que ocasionó terrenos irregulares, huecos de varios kilómetros de diámetro y cientos de metros de profundidad y la desviación del principal río que abastecía de agua a la región.

    En los años sesenta, la sobreexplotación de arena derivó en que se hiciera imposible la extracción, por lo que los dueños de las minas las vendieron al entonces Departamento del Distrito Federal, el cual las convirtió en rellenos sanitarios; es decir, en basureros.

    Diez años más tarde, se creó un plan para poblar la zona de industrias y dar trabajo a las miles de familias que subsistían entre la basura. La marginación era evidente y sus consecuencias, notorias. Por ejemplo, los cientos de adolescentes y jóvenes que no tenían mejor alternativa que unirse a los grupos violentos, como la banda de Los Panchitos.

    Crear industrias que significaran fuentes de trabajo fue la consigna, no así la edificación de zonas habitacionales, pues se consideraban inviables porque llevar agua potable e introducir drenaje resultaba imposible dadas las condiciones del suelo, entre ellas, el terreno débil, inestable y altamente contaminado.

    Cuando el presidente José López Portillo construyó en Cuajimalpa su conjunto residencial conocido popularmente como “La colina del perro”, los basureros comenzaron a desaparecer. Era evidente que el área contaría con un impulso de urbanización, como sucede en todo lugar donde habita un ex mandatario. Exactamente fue como sucedió: importantes inversionistas comenzaron a construir edificios de oficinas hasta que la Universidad Iberoamericana levantó allí su sede. Entonces, desoyendo las opiniones urbanistas, Santa Fe explotó hasta convertirse en lo que ahora es: un sitio exclusivo, con una plusvalía en aumento, repleto de edificios de oficinas, centros comerciales, escuelas y residencias, pero terriblemente mal trazado e incomunicado.

    Fueron muchos los intereses detrás de esta zona. No importó que técnicamente se hubiera demostrado su inviabilidad a mediano plazo. Los inversionistas, entre ellos el millonario estadounidense George Soros, tenían lista la cartera y era la única razón necesaria para construir.

    Las condiciones actuales del subsuelo no han variado, a pesar de las decenas de capas de arena sobre los millones de metros cúbicos de basura, la cual sigue filtrándose y contaminando suelos y agua.

    Para lograr levantar la pequeña ciudad de lujo, el entonces regente de la ciudad Manuel Camacho, asesorado por su secretario de Gobierno, el actual gobernante de la ciudad, Marcelo Ebrard, desalojó a los habitantes de las colonias populares y comenzó la traza de los accesos viales.

    Hoy en día, los problemas persisten. Llevar infraestructura energética e hidráulica a la zona es costoso y complicado. Santa Fe posee solamente una vía de acceso, que no es suficiente para los miles de habitantes y población flotante que labora en los edificios corporativos. Se calcula que existen 70 mil empleados, 4 mil 311 casas habitación, 8 millones de visitantes al año, cuatro universidades y 13 mil 500 estudiantes (Wikipedia).

    Claramente, Santa Fe requiere de más y mejores vías de acceso. La idea de conectarla con la zona sur, mediante la avenida Luis Cabrera, sin embargo, representa una torpeza. Esta vialidad, localizada en una delegación ajena a Santa Fe, se encuentra saturada gran parte del día, es estrecha y no cuenta con posibilidades de ampliación a menos que se expropien cientos de predios que se localizan al margen.

    Ésta es precisamente la raíz del problema: el gobierno del Distrito Federal se ha encargado sistemáticamente de ocultar la información sobre esta nueva carretera, a pesar de que ya ha anunciado cerca de 123 expropiaciones a casas habitación. Los vecinos han solicitado datos, tener acceso al proyecto, incluso audiencias con Marcelo Ebrard, pero sus peticiones han sido ignoradas.

    Ante esto, se ha creado un movimiento de resistencia civil, hasta ahora pacífico, que pretende ampararse contra las expropiaciones, a pesar de que el propio Ebrard ha insistido en que los amparos no detendrán la obra.

    El siguiente paso del movimiento es comenzar con bloqueos y cortes a la circulación, pues sus marchas, respetuosas de las vialidades, no han servido para nada.

    El afán de Marcelo Ebrard es mantener la información en secreto, a pesar de las exigencias de su propio partido. La incertidumbre gira en torno a los propietarios de la zona sur. Nadie conoce el proyecto, las afectaciones que provocará, los predios que serán expropiados, los problemas viales que ocasionará, el golpe a la ecología al atentar contra uno de los últimos pulmones con que cuenta la ciudad.

    Estamos ante un gobierno sordo que oculta el proyecto y oculta también los intereses que existen detrás de la obra. Mientras todo esto pasa, en la zona sur de la ciudad todos los días se nutre más un movimiento que exige información ante la negativa de las autoridades.

    Se trata de un movimiento pacífico, pero incluso las causas más justas y pacíficas pueden salirse de control si se topan con una roca sorda y arbitraria como lo es el actual gobierno de la ciudad.

    El cielo entre basura

    A pesar de estar construidos sobre los antiguos basureros, y que la infraestructura es claramente insuficiente, en Santa Fe existen más de 20 rascacielos y están construyéndose cerca de 30 que cuentan con más de cien metros de altura; el más alto tendrá 235 metros. Es claro que los intereses económicos pueden más que la sensatez y el control de la ciudad.

  • ¿QUIÉN ES EL CULPABLE DEL DETERIORO DEL PAÍS?

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    La tragicomedia es clara: en México nadie es culpable aunque se demuestre que es culpable. Todos estamos libres de culpas, por eso podemos aventar la primera piedra. Y la segunda y la tercera. La culpa no es mía, es de quien estuvo antes que yo en el cargo, yo acabo de llegar, seis años no son suficientes para cambiar las cosas, tres años, mucho menos. Se trata de lavarse las manos, de nadar de a muertito, de jugar a pasarse la pelota hasta que le caiga al descuidado, no al responsable verdadero.

      

    Cada año sucede el mismo cuento: en épocas de lluvias, decenas de comunidades son inundadas por la creciente de los ríos. Ahora sucedió fuera de temporada: las aguas negras afectaron a millones. Pérdidas materiales, humanas, cierre de autopistas.

      

    ¿Quién es el responsable? El gobierno federal, por medio de la Conagua, pasa la bola al gobierno estatal y éste al municipal. ¿Cuántos años llevamos sin que se invierta en infraestructura que impida estas tragedias puntualmente anuales? Nada se puede hacer si el Servicio Meteorológico Nacional equivoca constantemente sus predicciones, se defienden.

      

    ¿Pero quién aprueba los asentamientos irregulares, quién los promueve, quién los tolera? ¿Quién gana votos al comandar a los paracaidistas que se instalan junto a ríos, al pie de las montañas, al borde de barrancos y sobre las minas? Nadie. En México todo sucede por sí mismo, nadie lo provoca. La política es la verdadera mano invisible que hace pero no hace, que promueve y se esconde. Que avienta piedras y mira hacia otro lado.

      

    Ciudad Juárez es otro botón de muestra. Se trata solamente de una ciudad, pero es el reflejo de lo que sucede en muchos otros lados. Muertes, masacres, asesinatos cada día. El narcotráfico y la violencia son las verdaderas autoridades. La situación es mucho peor; los periódicos no muestran la realidad, me dice un pariente que vive en la frontera.

      

    Los jóvenes de Juárez intercambian armas como si fueran canicas, aseguran investigadores al diario Crónica.

      

    ¿Quién es responsable de todo esto? ¿Quién lo permitió? ¿Quién toleró que la delincuencia se colara hasta los huesos? El presidente asegura que es responsabilidad del estado; el estado apunta al municipio. El presidente municipal finge y desvía la mirada. Las autoridades se quejan las unas de las otras. Quejas, sólo quejas.

      

    ¿Usted vive tranquilo? Porque yo, no. Yo vivo con miedo y yo creo que muchos de mis compañeros vivimos igual, le dijo un joven al encarar al gobernador de Chihuahua; el mismo mandatario que apunta insistentemente con su dedo acusador al presidente Calderón mientras se lava las manos con comodidad.

      

    NO a la generación del NO, firman en un desplegado connotados intelectuales y personajes públicos. La generación del no: los diputados que una y otra vez han echado para atrás las reformas, las han detenido, ignorado y congelado. Las reformas urgentes, necesarias, indispensables que el país necesita. Las reformas que, al no existir, nos han condenado a vivir como vivimos.

      

    El PRI prometió apoyarlas finalmente. A cambio, pidió que Acción Nacional no se aliara con el PRD con miras a las siguientes elecciones estatales. El pacto estaba hecho. Pero el PAN armó la alianza y el PRI en venganza juró trabar toda reforma, sea la que fuera. El secretario de Gobernación renunció al PAN para intentar permanecer como un interlocutor parcial. ¿Quién aprobó las alianzas? ¿Qué tienen en común un partido de derecha con uno de izquierda que, más allá del hambre de presupuesto, se acusan continuamente de ser los causantes de todos nuestros males? ¿Qué clase de ética dirige las acciones de los priistas que ponen condiciones al desarrollo del país y su condición es mantener los gobiernos estatales en los que siempre han gobernado y a los cuales han explotado tanto?

      

    ¿Quién armó todo esto? ¿Quién lo permite, quién lo tolera, quién se beneficia? ¿Quién es el culpable de que el PRI esté de regreso, que no tengamos reformas, que la inversión se escape, que nuestra competitividad vaya a la baja, que nuestro sistema educativo no logre ser evaluado y nuestros alumnos tengan niveles de país de cuarta? ¿A quién podemos reclamar si en México nadie es culpable, ni siquiera los culpables?

      

    José Vázquez Villagrana, alias “El Jabalí”, supuesto operador  de “El Chapo” Guzmán, afirmó tras ser detenido que en Sonora están prohibidos los secuestros, las extorsiones, los robos y los cobros de piso. Los prohibió el mismo “Chapo”, el narcotraficante que logró escapar de una cárcel de máxima seguridad, el que un cardenal señaló su domicilio, el que aparece en crónicas de sociales, el que ha conservado prácticamente intacta su estructura operativa mientras sus rivales son exterminados, el que aparece en la lista de la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo.

      

    Cuando las autoridades no cumplen su labor, dejan un espacio que alguien con poder pronto ocupará. Si Rafael Caro Quintero prometió pagar la deuda externa del país si lo dejaban vender droga libremente, el “Chapo” ha ido más allá. Regala juguetes, despensas, protege a la ciudadanía. Las autoridades se lavan las manos, pero el “Chapo” actúa. En Sonora está prohibida la delincuencia. La prohibió uno de los delincuentes más buscados.  Mientras los cuerpos policíacos se avientan la bolita y se dedican a extorsionar al ciudadano, Joaquín Guzmán trabaja sin necesidad de propaganda. ¡Larga vida al “Chapo”! ¡El “Chapo” para presidente! Él sí cumple lo que promete.

      

    ¿Quién es el culpable de que el país esté al borde del abismo? ¿Quién, quiénes? ¿El presidente, los gobernadores, los presidentes municipales, los policías, la educación o acaso todos como sociedad? En México nadie es culpable aunque se demuestre que es culpable, y ésta es una de nuestras tragedias más vergonzosas que nos atan a vivir en la pobreza.

     

     

     

     

     

     

  • LAS LECCIONES QUE NOS DEJA EL TERREMOTO EN HAITÍ

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    Desde luego son lamentables todas y cada una de las secuelas que ha dejado el terremoto en Haití. Sin tener aún cifras cercanas a la realidad, se estima que el número de muertos puede alcanzar los 200 mil. Se trata de una tragedia no sólo para la población local, sino para el mundo.

      

    Toda tragedia, sin embargo, arroja lecciones que los seres humanos debemos aprender, ya sea para ser mejores, ya para evitar que la acción inevitable de la naturaleza nos golpee con tanta fuerza.

      

    Un terremoto es algo que no puede preverse con suficiente tiempo. De muchas maneras, estamos expuestos a los caprichos geológicos de nuestro cambiante planeta. Pero ahora más que nunca resulta claro que un desastre natural produce más daños en un país con una economía pobre que en una nación próspera.

      

    Haití es el territorio más empobrecido de Occidente. Su estilo de vida, según los indicadores, sólo puede compararse con el de las naciones más pobres de África y Asia. Su ingreso anual promedio por persona es de apenas 772 dólares. Cerca del 80% de la población subsiste en la pobreza, en tanto que 70% sufre pobreza extrema.

      

    Igualmente, 75% de los haitianos vive de la agricultura; una actividad precaria en extremo, pues el poco terreno disponible para la siembra se enfrenta a un suelo sobre explotado y erosionado a causa de la deforestación. Según estudios, este país cuenta solamente con 2% de superficie arbolada. Según el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, Haití ocupa la posición 150 de entre 177 naciones.

      

    Su alimentación es igualmente exigua. La mayor parte de la población no cuenta con ingresos suficientes para comprar productos básicos. Uno de sus alimentos más populares es una galleta que se vende a muy bajo precio, la cual se elabora con manteca vegetal, sal y como ingrediente principal, lodo; es decir, tierra con agua.

      

    A causa de la extrema deforestación, Haití sufre también escasez de agua potable. Sin embargo, la demanda interna de madera es tan alta que la tala de árboles persiste y aumenta sin control. Con ello, el suelo se vuelve más improductivo rápidamente. Una de sus grandes ironías es que mientras sufre la carencia de agua, las tormentas suelen azotar su territorio con frecuencia, lo que ocasiona millones de dólares en pérdidas y vidas humanas.

      

    Haití, que comparte isla con la República Dominicana, es un país castigado históricamente. Desde que primero fue parte de España, que la cedió a Francia, y después cuando obtuvo su independencia, sus gobiernos han sido tiránicos y crueles. Ya sea por medio de la dictadura apoyada por los Estados Unidos o por los gobiernos surgidos de revueltas armadas, se trata de un país que no ha gozado de tranquilidad, estabilidad ni crecimiento. Sus malas prácticas, elaboradas o toleradas desde las alturas, provocan que la calidad de vida de los haitianos contraste severamente con la de sus vecinos de isla, a pesar de compartir las condiciones básicas de clima y suelo.

      

    Es claro que un terremoto no puede prevenirse con suficiente antelación, pero también es cierto que a causa de la miseria en que subsisten los haitianos, la tragedia ha resultado aún más terrible. Sin un aeropuerto adecuado para recibir la ayuda internacional, sin una red carretera que facilite la distribución, sin una infraestructura que haga posible el que más gente sea auxiliada, sin combustibles suficientes, la tragedia humanitaria en Haití está lejos de ver el final.

      

    Todo desastre, sin embargo, trae consigo un pequeño viso de esperanza. El mundo entero se ha conmovido y ha comenzado a trabajar. En México, los ciudadanos han actuado sin esperar la iniciativa del gobierno. Los centros de acopio reciben diariamente ropa y víveres. Las donaciones en efectivo son también constantes.

      

    Nadie puede cuestionar la solidaridad de los mexicanos, que tenemos muy presentes las tragedias que hemos vivido, como los terremotos de 1985 o la explosión en la refinería de San Juanico, en 1984. Ante las tragedias, los mexicanos somos generosos. Es una pena, sin embargo, que nuestro espíritu humanitario aflore solamente en estas condiciones, y que el resto del tiempo nos empeñemos en destruirnos mutuamente.

      

    El terremoto en Haití nos deja lecciones de sangre. Ante la acción inevitable de la naturaleza, debemos estar preparados, y nada nos prepara mejor que contar con una economía sana, competitiva, que haga posible que nuestro modo de vida nos aleje de las muertes que pueden evitarse. Las tragedias naturales deberían ser la muestra más palpable de que todo gobierno irresponsable, de que todo populismo, de derecha o izquierda, nos condena irremediablemente a otras tragedias mayores.

     

        

    Otras muertes

     

      

    Ante los muertos en Haití, no puedo dejar de pensar en los muertos en México. En abril del año pasado, se estimaba que, en dos años, cerca de 46 mil mujeres habían interrumpido su embarazo voluntariamente, gracias a la despenalización del aborto en la ciudad de México. No logro entender cómo nos conmueven tanto las muertes ajenas y celebramos como una victoria los más 46 mil abortos practicados en el Distrito Federal.

     

     

     

     

  • POPULISMO, CARIDAD Y BAJOS PRECIOS

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    El jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, anunció una serie de medidas en apoyo a los capitalinos en tiempos de crisis. Se trata de congelamientos en los aumentos ya aprobados, descuentos y exenciones en servicios y tarifas. Nadie en su sano juicio podría criticar el que un gobierno le cobre menos, pero los motivos y las razones de fondo no dejan de ser cuestionables y perversos.

      

    El “Decálogo anticrisis” dado a conocer por Ebrard incluye congelamiento de las tarifas de licencias de conducir y trámites en el Registro Civil, en el Registro Público de la Propiedad, delegaciones y Tesorería; descuentos fiscales a grupos vulnerables; descuentos en el impuesto predial, en derechos de agua e Impuesto Sobre Nóminas; viajes gratis en transporte público para la población más vulnerable; inyección de mil 500 millones de pesos al Programa de Equidad en la Ciudad; ampliación, en 500 millones, del presupuesto del sector salud, así como del Programa de Medicamentos Gratuitos; y reducción de 2 mil millones de pesos en gastos del gobierno por medio de medidas de austeridad.

      

    A causa de los incrementos ya aprobados que no entrarán en vigor, el gobierno local dejará de recibir 300 millones de pesos, según sus propias cifras. Sin embargo, las medidas de austeridad lo harán ahorrar dos mil millones de pesos, también sus mismos números.

      

    Cuando, en diciembre pasado, se anunciaron los incrementos, el gobierno de la ciudad fue duramente criticado por su insensibilidad. Nadie que conozca la operación de la ciudad puede negar que se requiere de mayor presupuesto para su correcto funcionamiento. El Distrito Federal necesita más dinero, es un hecho. El enojo por parte de los capitalinos fue justificado, sin embargo. Que un gobierno que requiere más dinero simplemente exprima a sus ciudadanos, es injusto y perverso.

      

    Ahora, las medidas de ahorro parecen querer revertir esa mala imagen. Cambiar la óptica con que gran parte de los mexicanos ve al gobierno de la ciudad de México; un gobierno supuestamente de izquierda.

      

    Desde luego, este anuncio beneficiará a Marcelo Ebrard en su siempre urgente necesidad por mejorar su imagen presidenciable. Lo que me parece cuestionable es que las medidas hayan venido después del enojo; después de que los capitalinos mostraron su enojo y su rechazo a los incrementos en precios y tarifas. Si el gobierno local es perfectamente capaz de lograr un ahorro de 2 mil millones de pesos simplemente apretándose el cinturón, la pregunta sería por qué pretendieron cargarles la mano a los ciudadanos para extraerles 300 millones. Se trata de algo que nuestro gobierno de izquierda debería explicarnos.

      

    Desde luego, nadie está en contra de los congelamientos, de los descuentos y de las exenciones. Nuestros bolsillos los agradecen. Pero pretender, como proponen algunos, aplicar la misma determinación a los productos y servicios en general, es no haber aprendido nada. Los controles de precios no garantizan que los productos y servicios estarán al alcance de nuestra mano. Al contrario: generan escasez, desabasto, promueven el mercado negro, la inflación y finalmente derivan en una enorme crisis económica.

      

    Lo mejor que puede hacer el gobierno no sólo en tiempos de crisis sino en cualquier tiempo, es sacar las manos del mercado. Pretender controlar todo desde las alturas burocráticas es un rotundo error. Lo que acaba de suceder en Venezuela es la muestra más evidente de lo que sucede cuando un gobierno trata de convertirse en amo y señor de la política, la economía y la sociedad.

      

    El anuncio de Ebrard es políticamente rentable, pero económicamente populista y perverso. Si el gobierno se ve en la necesidad de tomar estas medidas es porque el país está en crisis; una crisis que era inevitable, pero que se ha magnificado a causa de que nuestros políticos han frenado las reformas que el país necesita urgentemente, mismas que nos volverían más competitivos y por tanto más prósperos. El propio partido al que pertenece Ebrard se ha encargado de frenar sistemáticamente nuestro avance económico. Al parecer, nuestro principal partido de izquierda busca con desesperación preservar la pobreza y con ello conservar su clientela electoral.

      

    En la lógica de Marcelo, el papel de un gobierno es el de convertirse en un Estado protector que otorgue caridad a los ciudadanos. Ni él ni su partido, y tal vez ni el resto de los partidos, entienden que el rol de un gobierno es simplemente proteger a sus ciudadanos, establecer reglas competitivas y vigilar que se cumplan, sin intervenir en nada más.

      

    No deja de ser paradójico, sin embargo, que Ebrard se haya visto en la necesidad de anunciar congelamientos y bajos precios porque los capitalinos no tienen dinero, el cual tendrían si tanto él como su partido dejaran de frenar las reformas que nos son urgentes y nos colocarían como un país atractivo a la inversión y por tanto competitivo.

      

    Nadie puede renegar por el anuncio hecho por Marcelo Ebrard. Todos agradeceremos pagar menos cuando se nos había advertido que pagaríamos más. Pero hacerlo en un afán populista, caritativo y perverso, es un indicador del porqué México se mantiene estancado y atado al designio de la suerte.

     

     

     

     

     

     

  • EL MEXICANÍSIMO ARTE DE PERDER EL TIEMPO

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    Los mexicanos comenzamos el 2010 sin demasiadas esperanzas. Iniciamos el año en que celebraremos el bicentenario y el centenario de dos guerras civiles que resultaron muy costosas en todos los terrenos y que nos condujeron al estancamiento y al aislamiento en otros tantos.

      

    Este año que estamos estrenando nos trajo también un alza generalizada en los precios de productos y servicios. Incremento tan espléndidamente realizado que se llevó a cabo en medio de nuevas leyes que levantaron polémica y distrajeron la atención pública; también de detenciones y muertes de prominentes criminales. Así, la elevación de uno por ciento a la tasa del IVA pasó sin demasiadas protestas. Lo mismo sucedió con los incrementos al agua, a la gasolina, al Metro, a la luz, al predial. En suma, a absolutamente todo lo que los mexicanos consumimos y utilizamos.

      

    En el papel, todo incremento de precios tiene una o dos razones de ser: aumentar la calidad del producto y garantizar su abasto, y/o cubrir el incremento de las materias primas con que se fabrica, vende o comercializa dicho producto o servicio.

      

    Si nos fiamos de la primera razón, sería lógico esperar que los mexicanos gozaremos de mejores servicios por parte del gobierno. No faltará el agua, la electricidad, contaremos con mejores vías públicas, mejores carreteras, mejores servicios médicos y educativos.

      

    Si atendemos a la segunda, por efecto dominó, sería razonable creer que nuestros ingresos aumentarán también. Si lo que consumimos sube porque suben las materias primas, nuestra actividad económica (empleo) tendría que verse igualmente beneficiada.

      

    Lamentablemente, no será el caso ni de una ni de otra. Si la teoría nos indica una cierta lógica en el costo/beneficio del aumento de precios, la realidad nos muestra que cada incremento nos pega donde más nos duele: en nuestro bolsillo y en nuestra calidad de vida.

      

    Si los gobiernos federal, estatales y municipales, junto con todos los órdenes de gobierno y dependencias, exigen más dinero para su operación y en teoría para beneficio colectivo, las mejoras simplemente no se ven, no se perciben, no se encuentran por ninguna parte.

      

    Sí se nota, sin embargo, una creciente ola de campañas de publicidad, promoción de imagen de los futuros candidatos, de políticos; historias que la prensa nos traerá mañana acerca de enriquecimientos ilícitos, desfalcos al presupuesto, beneficios personales a costa del presupuesto.

      

    Es decir, por más explicaciones que nos den (que no es el caso) sobre a dónde se irá nuestro dinero público, los mexicanos sabemos que llegará a los bolsillos de nuestra clase política. Nuestros impuestos servirán para seguir construyendo la candidatura de Enrique Peña Nieto, para solventar las exigencias de nuestros costosísimos sindicatos, para costear los viajes, comidas y reuniones de nuestros legisladores, para pagar pensiones millonarias, para “regalarnos” espectáculos populares y populistas, para seguir alimentando a un monstruo estatal que no tiene llenadero.

      

    Uno de los errores u omisiones más perversos de nuestros legisladores es el de pretender exprimirnos. Aprobar nuevos impuestos y nuevas cargas fiscales y después esconder la mano; lamentarse de lo que alguien (nadie quiere saber quién) aprobó en detrimento de los ciudadanos. El PRI aprobó un paquete fiscal repleto de nuevos incrementos; ahora, ese mismo PRI llora y maldice a quienes lo aprobaron. Mañana, ese PRI lanzará, con nuestro dinero, a su sonriente y encopetado candidato para que se convierta en nuestro presidente. Ése que nos conducirá al progreso, a la abundancia, a la prosperidad.

      

    En realidad no importa qué partido sea. Unos y otros se benefician con nuestros recursos. Tenemos una clase política inútil, gigante y costosísima. Una clase política que debería modificar su naturaleza, pero que no lo hará porque esa misma clase política tendría que aprobar las modificaciones. Son tan astutos como para robar impunemente, pero no tan estúpidos como para suicidarse.

      

    Su estupidez, sin embargo, va más allá. Su afán es matar a la gallina de los huevos de oro. Nuevos impuestos sin generar riqueza; exprimir bolsillos cada vez más vacíos sin procurar llenarlos; hartar a la gente para provocarla.

      

    Esta clase política, tan nuestra, tan costosa y tan falta de visión, es experta en perder el tiempo. Lo que otros países han logrado hacer sin demasiadas complicaciones, es justo lo que en México nos negamos a realizar con insistencia. Volteamos la mirada ante los ejemplos de Brasil, España, Corea del Sur, Irlanda. Hemos perdido tiempo en construir para seguir igual; en cambiar para que nada cambie. Hemos caminado en círculos que rodean la miseria, el estancamiento, la corrupción y la impunidad.

      

    La misma sociedad mexicana sufre de estos vicios. No me queda claro si como sociedad nos hemos contagiado de los males de nuestra clase política, o si nuestra clase política es de este modo porque fue generada en las entrañas de una sociedad que es así por naturaleza.

      

    Lo que me queda claro es que ahora que estamos por comenzar a celebrar el inicio de nuestras dos más grandes guerras civiles, deberíamos preocuparnos más por atender los problemas actuales que no hemos podido o querido solucionar, y que no son más que el reflejo de lo que sucedió ayer, hace uno y dos siglos. Una serie de problemas que ayer dejamos pasar y que ahora estamos haciendo lo mismo a causa de nuestro mexicanísimo arte de perder el tiempo en tonterías.

     

     

     

     

     

     

  • MATRIMONIOS GAYS, ADOPCIONES Y DEMÁS CORTINAS DE HUMO

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    El pasado lunes 21 de diciembre, la ciudad de México se convirtió en la primera entidad del país, y de hecho de América Latina, en permitir los matrimonios entre personas del mismo sexo. Igualmente, se legisló para permitir que esas parejas puedan adoptar un niño.

      

    La primera medida me parece correcta. Más allá de moralismos, estoy convencido de que dos personas adultas, del sexo que sean, son perfectamente capaces de decidir sobre su vida en pareja y firmar un contrato que los proteja y les otorgue derechos y obligaciones. El matrimonio civil a fin de cuentas es eso: un contrato que dos personas firman en pleno uso de su libertad, en teoría por razones de amor, para darle certeza jurídica a su relación y a lo que resulte.

      

    Nadie obligará a los homosexuales a casarse, pero tampoco nada se los impedirá. Lo harán en el ejercicio de su libertad gracias a que podrán hacerlo.

      

    El tema de las adopciones resulta más controvertido. Fuera de los prejuicios, no conozco ningún estudio serio que demuestre que los niños que viven en un hogar homosexual sufren daños psicológicos. Sin embargo, si en el matrimonio homosexual solamente hay dos implicados que por voluntad entablan esta relación, en el caso de las adopciones se trata de un tercero, el niño o la niña, que se verá afectado.

      

    Repito: no conozco ningún estudio que indique que un niño que crece en un hogar con estas características sufra algún trastorno. Pero conozco a la sociedad y he presenciado los actos de discriminación, intolerancia y violencia que sufre la comunidad gay. Se trata de hechos y acciones que no terminarán, al menos en el mediano plazo, por mucho que la ley otorgue garantías y castigue a los agresores. La Constitución nos otorga ciertas garantías a los mexicanos, pero el hecho de que estén plasmadas en papel no significa que se hagan efectivas, pues las propias autoridades se encargan de violarlas.

      

    Sucederá lo mismo con estos niños legalmente adoptados. Por mucho que la ley reconozca a sus padres adoptivos, por mucho que la legislación los proteja, sufrirán la misma suerte que la comunidad gay a la que pertenecen sus padres: burlas, ofensas, agresiones, discriminación.

      

    En este sentido, los legisladores cometieron un error. Si la función principal de un Estado es la de proteger a sus ciudadanos, los diputados del Distrito Federal han abierto la puerta para que los niños adoptados en esta circunstancia queden desprotegidos en los hechos. Los han convertido en víctimas potenciales de rechazo y repudio. Sinceramente me parece que en esta ley pesó solamente el afán de populismo y no la sensatez jurídica que debería regir nuestra vida social.

      

    El PRD, partido que lanzó y aprobó la iniciativa, sufre de urgencia por mejorar su imagen y volverse a ubicar ante la opinión pública como instituto de izquierda. Estas acciones así lo demuestran, pues van más encaminadas a levantar polvo que a cimentar el camino.

      

    Curiosamente, el día de hoy, dos días después de aprobadas las leyes y en plena polémica, los mismos diputados perredistas aprobaron el paquete fiscal que regirá la ciudad el próximo año. Entre las medidas, se prevén incrementos en diversos servicios y tarifas, como agua, predial, el Metro, entre varios más.

      

    Sin duda, los matrimonios entre homosexuales y la adopción de niños no dejan de ser leyes que intentaron alejar la mirada de lo verdaderamente importante, de aquello que nos afecta directamente, de los golpes reales que recibiremos los ciudadanos a manos de un partido que afirma defender nuestros intereses.

      

    Mientras la polémica se centraba en lo escandaloso, los capitalinos hemos sufrido un nuevo golpe, deslizado con tanta perversidad que no levantó demasiada ámpula porque se ocultó tras una eficaz cortina de humo.

     

       

    ¿Y las flores?

     

      

    El camellón de la avenida Insurgentes sur, desde el centro comercial Perisur hasta la salida a Cuernavaca, fue tapizado hace unos días con miles de flores de nochebuena. Hoy, absolutamente todas se han marchitado por falta de riego y cuidados. La compra masiva de flores elevó los precios notoriamente. Si a principios de la temporada costaban diez pesos, después de que el gobierno delegacional acaparó la compra, la misma flor se vendió en 35 pesos. ¿Quién nos dará cuentas de los miles de pesos salidos de nuestros impuestos que fueron arrojados a la basura?

     

     

     

     

     

  • TRES AÑOS DE GOBIERNO, TRES AÑOS SIN GOBIERNO

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    El presidente Felipe Calderón cumple tres años al frente del Gobierno. Se trata de la mitad de su administración, la cual no ha terminado de cuajar y ha transcurrido sobre la línea de la mediocridad política.

      

    Hace tres años, las circunstancias apuntaban hacia sucesos diferentes. Calderón venía de ganar en unas elecciones controvertidas, calificadas por muchos como fraudulentas. Su principal opositor, Andrés Manuel López Obrador, había recibido un nutrido apoyo en las urnas, que se fue desvaneciendo a causa de sus acciones y decisiones violentas, como la toma del Paseo de la Reforma, una de las principales arterias viales de la ciudad de México.

      

    La accidentada toma de protesta del presidente, la constitución de un “gobierno legítimo” al mando de un “presidente legítimo”, y el ser nombrado “presidente espurio”, parecían indicar que la administración de Calderón sería accidentada, llena de principio a fin de fuertes oposiciones, incluso violentas. No fue el caso, en parte por la pérdida de popularidad que afectó a Andrés Manuel.

      

    Es verdad que sobre el presidente no se levantaban demasiadas expectativas. Si con Vicente Fox, su antecesor, las ilusiones sobrepasaron con creces a la realidad, y el fracaso fue el resumen final de su administración, con Calderón las esperanzas eran mucho más modestas.

      

    Al inicio de las campañas electorales, el presidente se ubicaba en un lejanísimo tercer lugar. A la cabeza se encontraba López Obrador, que venía construyendo su campaña gracias a su protagonismo en los medios de comunicación, seguido por Roberto Madrazo, un político controvertido, incluso oscuro, pero tajantemente más conocido que Calderón.

      

    Para gran parte del electorado, el voto tuvo una razón de ser: votar por Felipe Calderón era la manera más eficaz para evitar que tanto Andrés Manuel como Madrazo llegaran a la Presidencia. Ésta fue la verdadadera causa del apretado triunfo del presidente. El voto favoreció al que se percibía como menos malo, o en todo caso, como menos siniestro.

      

    Las expectativas no estaban del lado de Calderón. Tal vez ésta era su mejor arma, la cual no supo aprovechar. Durante sus años dentro de la política, Felipe se había mostrado como un político sensato, moderado, incluso inteligente. Tomando en cuenta que Vicente Fox fue un político mediático que pecó de protagonismo ramplón, y de ahí derivó gran parte de su fracaso, contar con un presidente gris, opaco como Calderón, abría ciertas esperanzas de prosperidad.

      

    Felipe, sin embargo, no logró aprovechar el momento. Confío demasiado en una supuesta fortaleza de la economía mexicana y subestimó la crisis que se avecinaba desde los Estados Unidos, en tanto que tomó medidas erróneas.

      

    Ahora, la debacle de la economía es el principal punto en contra que le reclaman sus opositores. Si durante su campaña electoral se presentó como “El presidente del empleo”, la crisis ayudó a caricaturizarlo a causa de la pérdida de millones de trabajos formales. De igual modo, su promesa de eliminar el impuesto a la tenencia vehicular, no pasó de ser una idea electorera e irrealizable.

      

    Contrariamente a las medidas exitosas que se tomaron en otros países como Brasil, en México, Calderón decidió enfrentar la crisis aumentado los impuestos y creando nuevos. En su lógica, la pobreza se combate exprimiendo los bolsillos de los contribuyentes cautivos. El gobierno quita y el gobierno da menos de lo que quita, pareciera ser la norma.

      

    El ridículo económico llegó más allá. Si antes se remendaban las finanzas para salir del paso, ahora el remiendo rasgó todavía más el agujero. Sus medidas económicas no sólo no ayudaron a evitar la asfixia, sino que apretaron la cuerda al no crear incentivos de inversión y por tanto deteniendo la creación de nuevos y mejores empleos.

      

    En el terreno político, Calderón ha pecado de iluso. Su mayor traspié había sido el escándalo de su entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, el cual se olvidó tras su trágica muerte a causa de un accidente aéreo.

      

    Su determinación al combate del crimen organizado ha resultado también controvertida. Se ha llegado a sugerir, incluso, que la guerra en contra del narcotráfico es una causa perdida. Al menos mientras se mantengan las actuales políticas y estrategias. Sin embargo, se trata de una guerra que los mexicanos no podemos darnos el lujo de perder, pero también de una guerra que nos ha costado y nos seguirá costando millones de pesos y miles de vidas.

      

    Hasta hoy, su mayor logro ha sido la eliminación de la paraestatal Luz y Fuerza del Centro. Una empresa que durante décadas fue ineficiente, corrupta y voraz. Extinguirla, y con ella borrar a su poderoso y costoso sindicato, abre la esperanza de que finalmente se establezca el orden en el oscuro sindicalismo mexicano.

      

    Felipe Calderón cumple tres años al frente del gobierno mexicano. Se trata de un balance que arroja resultados mediocres. Por mucho que las circunstancias hayan estado en su contra, es claro que el presidente simplemente no ha logrado encontrar la forma más adecuada para gobernar y sacar adelante a un país tan complejo como el nuestro.

     

       

    ¿Cuál es la receta?

     

       

    El presidente Calderón cada vez ha perdido más apoyo popular. Los mexicanos, sin embargo, tenemos la firme y falsa creencia de que una sola persona nos librará de la pobreza y nos conducirá a la prosperidad. Mientras tanto, mi vecindario amanece cada día más lleno de basura, las bardas lucen nuevos graffitis, la forma de conducir un automóvil empeora a pasos notables. Por más que esperemos que una sola persona nos saque de nuestra miseria, los mexicanos nos empeñamos más todavía en vivir como animales.

     

     

     

     

     

     

  • ADMINISTRAR LA POBREZA... AJENA

    Por Carlos Eduardo Díaz

     

    ¿Qué haría usted con 29 mil 682 pesos? ¿Para qué le alcanzarían? Tal vez para saldar deudas, pagar un pequeño viaje, dar el enganche de algún producto o servicio. En nuestros tiempos, 30 mil pesos no alcanzan para demasiadas cosas, pero, sin duda, la población más pobre de México haría maravillas con este presupuesto.

      

    Pues bien, estos 29 mil 682 pesos por mexicano es justamente lo que el gobierno federal gastará el próximo año. Una cantidad que, multiplicada por los 107 millones de personas que somos en este país, asciende a 3 billones 176 mil millones de pesos.

      

    Se trata de una cantidad que no logramos concebir. No estamos hablando del billion estadounidense, el cual significa mil millones. En nuestro sistema, un billón se traduce como un millón de millones. Una cifra que no alcanzamos a entender debido a su magnitud.

      

    ¿Qué haríamos con 29 mil 682 pesos? Si consideramos que en el presente año, el salario mínimo, según cada una de las tres zonas geográfica del país, es de 51.95 pesos, 53.26 y 54.80 pesos, es sencillo saber que los mexicanos más pobres harían maravillas con ese dinero.

      

    Ahora bien, cuando el gobierno federal reparta el presupuesto y cada entidad, municipio, secretaría, órgano, instituto y demás comiencen a gastarlo, ¿cuánto recibiremos en verdad los mexicanos? ¿Recibiremos mejores servicios públicos, contaremos con mejor infraestructura, con más empleos, con un país más seguro y moderno, con oportunidades de crecimiento, con un sistema de salud que llene nuestras necesidades, con una educación de calidad? E igualmente importante: los políticos que gastan este presupuesto multimillonario que sale de nuestros impuestos, ¿nos entregarán cuentas claras, oportunas y transparentes? ¿Sabremos en qué se gastó cada peso que pagamos?

      

    Por desgracia, todos sabemos que no será así. La realidad es que no veremos mayores beneficios para nosotros que los pocos que ya tenemos. Tendremos que pagar más impuestos, mayores tarifas en los productos y servicios deficientes que controla el Estado, veremos cómo nuestro dinero va a parar a manos de una burocracia ineficiente y voraz, de líderes sindicales millonarios que dicen representar a trabajadores pobres. Los políticos seguirán enriqueciéndose, continuaremos pagando salarios, prestaciones y privilegios para una clase política que devora pero no aporta. Y de todo esto, no recibiremos cuentas.

      

    Uno de los grandes problemas con los impuestos en nuestro país es que son elevados, que nos son cobrados a un compacto sector de la población que estamos registrados ante Hacienda y que saldamos oportunamente nuestras cuentas y recibos, en tanto que millones de personas los evaden, están exentos por alguna trampa legal o virtualmente se roban los servicios, como la luz y el agua. A ellos los protegen las leyes elaboradas en su beneficio o la apatía de las autoridades para regularizarlos.

      

    El resto de los mexicanos somos explotados por cobros cada vez mayores, sin que recibamos beneficios equitativos. Nuestros sistemas de salud y educación públicas son ineficientes. Si deseamos recibir atención médica de calidad o que nuestros hijos cuenten con una educación de primera, tenemos que pagar miles de pesos para acceder a los servicios privados.

      

    La entidad más favorecida para el siguiente año es el Estado de México, donde su gobernador ha venido construyendo su candidatura presidencial. El presupuesto que recibirá, lo sabemos, terminará en anuncios en medios de comunicación que difundirán la imagen de un político “guapo”. La educación también contará con un sustancial aumento: un sector dominado por un poderoso sindicato que impide el escrutinio, la evaluación de escuelas y docentes y dirigido por una mujer corrupta y millonaria. Incluso, las secretarías que el presidente Calderón había planteado desaparecer debido a su ineficiencia e inutilidad, resultaron favorecidas y fortalecidas. Con esta acción, nuestros legisladores han enviado un claro mensaje: están dispuestos a continuar alimentando un aparato burocrático sin llenadero pero que aporta miles de votos.

      

    En teoría, los aumentos que sufriremos los mexicanos en el 2010 tienen como finalidad combatir la pobreza. Pero incluso los programas que han demostrado su eficacia en este sentido sufrieron recortes que fueron a parar al gasto corriente. Es mentira que este presupuesto combatirá la pobreza. La verdad es que sólo fortalecerá el gasto de una clase política que ya se prepara para la gran contienda presidencial del 2012. Por eso nadie deseaba adjudicarse la paternidad de estos aumentos, pues significaban golpes en la imagen de partidos y políticos, pero casi todos celebraron su aprobación, pues se traduce en millones de pesos para gastar y así construir candidaturas y campañas electorales adelantadas.

      

    ¿Qué haríamos los mexicanos con 30 mil pesos? Sin duda, mucho más de lo que los políticos harán por nosotros con exactamente el mismo dinero extraído, a golpes de impuestos, de nuestros bolsillos.

     

     

     

     

     

     

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