Por Andrea González
Querido hijo mío:
Hoy, mientras los hijos comienzan a hacer cartitas a sus mamás para saludarlas en el día de las madres, yo comienzo con mi inquietud de llegar a ti a pesar de tu poca madurez.
Te cuento que en estos días las mamás seremos festejadas como las reinas del hogar, simplemente por el acto de traer a pequeños como tú al mundo. Tú, hace unos meses, me llevaste a esa categoría… que, déjame decirte, no es nada singular, nada fuera de este mundo… pero sí… es un estado que de un instante a otro la vida cambia; un antes y un después. Un llanto que cambia todo.
Recuerdo todos los meses que poco a poco fuiste creciendo en mi vientre, que te movías y se percibía que nadabas con total libertad, hasta el tiempo en que el espacio se hacía más estrecho para tus acrobacias.
Yo no asumía el cambio que se venía en mi vida. Claro, sentía tus pequeños codos luchando por un espacio, sentía tus patadas y hasta tus hipos que accionaban mi piel todos los días a la misma hora. Estaba consciente de los instantes en que dormías, así como de la música que te gustaba más. Sé que eras capaz de apreciar mi platillo favorito y que podías sentir mis caricias con todo el amor; conocías los olores que detestaba, así como los que disfrutaba, y sentías mi emoción cada vez que visitaba al doctor y me comentaba cuáles eran tus aprendizajes, tus metas y los pasos a seguir para el siguiente control.
Para qué decir cómo me sentía cada vez que me hacían una ecografía y podía sentir tu corazón latir, pero a pesar de todo eso… no dimensionaba la nueva vida que se me venía.
Pero llegó ese instante… luchamos juntos contra mis alzas de presión hasta llegar al día convenido para vernos las caras. Los tres, tu papá, tú y yo despertamos esa mañana emocionados de que vendrías al mundo, y a las 15:30, en medio de la fría sala de pabellón, hubo algo que cambió todo… algo por qué luchar, un llanto que me hizo reaccionar y sentir mi nuevo estado… el de mamá.
Tu llanto era de miedo, sentía tu terror al nuevo lugar a donde te traían, frío, seco y lleno de luz. Mientras tu papá te ponía la música de “1492” de “Vangelis” (que durante meses te pusimos para que escucharas), pude sentir a través de tu llanto que entendías que estabas a salvo y que nosotros estábamos allí. Pero el momento en que vi tu carita y sentí tu cálida piel, comprendí quién era yo: había dejado de ser prioritariamente mujer para pasar a ser MUJER Y MAMÁ a la vez.
Recuerdo que te hablé, y que entre todos los ruidos reinantes, tú reconociste mi voz para bajar la intensidad de tu llanto. Fue un encuentro fugaz al que yo sólo deseaba pasar pronto por el post-operatorio para encontrarte otra vez y ya no despegarme más de ti. Estaba ansiosa y llena de ganas de volver a sentirte, abrazarte y cargarte entre mis brazos para protegerte de lo que fuera. No quería que nadie te cargara, te tocara y te acariciara más que yo. Me volví egoísta… lo sé… pero fue porque desde que supe que venías en camino comencé a cultivar mis deseos de verte y estar junto a ti. Fueron casi nueve meses en los que diariamente te imaginaba e idealizaba el momento en el que nos encontraríamos.
Por suerte, al llegar el momento en el que no nos separamos más, mente y mi corazón pudieron descansar un poco. Sé que en un principio las cosas nos costaron, pero fueron por efectos externos impulsadas por mis ansias de ser una buena mamá. Sé que comencé a enamorarme cada vez más de ti. Hoy ese amor es grandioso y lleno de entusiasmo para jugar y crecer juntos. Sí, crecer juntos, pues yo también aprendo de ti. Sé que he cometido errores, pero son por mi inexperiencia. Ambos nos equivocaremos, será lo normal, pero por mi parte desearé no perjudicarte en nada. Reconozco que has corrido riesgos conmigo, pero créeme que nunca quise que los tuvieras y sufrí mil veces más que tú al ver el peligro en el que estabas. Hoy mi intuición de mamá cobra mayor seguridad y las cosas salen mejor entre los dos.
Tu sonrisa hoy es el mejor de los regalos y sé que soy la más afortunada de tenerla muchas veces al día; tu mirada llena de luz los rincones de mi propio espacio, y tus carcajadas, la mejor música que nunca imaginé tener. Tu piel suave que se rinde ante mis besos es el mejor de los manjares, y tus manos descubriendo el mundo, el mejor indicio de tu personalidad.
Te amo mucho… eres un pedacito que da sentido a todo y se transforma en el resultado de un gran amor.
Eres hermosamente inocente, hambriento por descubrir el mundo que te cobija a pesar de tus pocos meses de edad, eres creativo y feliz… eso sobre todo… se nota que eres feliz y con eso yo soy más feliz también.
Me comprometo a seguir protegiéndote y a velar para que sigas siendo un niño sano y radiante, que crezcas sin apuros y sin presiones, simplemente que te des tus tiempos para que sigas siendo mi terroncito suave de azúcar.
Hoy entiendo el sentido de la palabra mamá… el amor que encierra esas cuatro letras y la responsabilidad que también lo envuelve. Duerme y crece tranquilo, amorcito, que aquí tu mamá velará por ti, porque eres el nuevo motivo de mi vida.
Besitos…
Tu mamá que te ama.