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Por Carlos Eduardo Díaz
El cine mexicano ha cruzado por diversas etapas, no siempre afortunadas. Desde sus inicios, y hasta la consolidación de la industria a principios de los años cuarenta, se produjeron cintas memorables gracias, en parte, a actores de carácter, a actrices de belleza deslumbrante, a miradas luminosas, labios tentadores y cejas levantadas. Voces profundas que enmarcaban personalidades recias que llenaban por completo la pantalla.
Quienes participaban en aquellas cintas poseían una muy notoria cualidad que los volvía únicos y los distinguía: podían presumir las tablas infalibles que sólo el teatro o la radio pueden otorgar. Voz, dicción, experiencia en radionovelas o incluso en espectáculos populares tales como carpas o caravanas artísticas.
Esta primera camada de actores y actrices (de las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta) se conjugó con grandes directores, con fotógrafos de mirada prodigiosa, con escenógrafos, ambientadores y musicalizadores que dotaron al cine mexicano de un halo de misticismo que ha sobrevivido a través del tiempo.
Pero había alguien más. Un personaje indispensable, aunque muchas veces olvidado y notoriamente opacado por el director: el guionista. La persona que escribe, que adapta, que imagina, que crea e inventa la película antes de que todo el equipo de filmación comience a hacerla suya.
Incluso en los momentos de decadencia de la industria, durante los años setenta y ochenta, se realizaron cintas que, a pesar de ser soberanos churros, contaban con una que otra escena relevante, o bien, con ciertos momentos que, a lo largo de los años, se han vuelto entrañables. A veces, una frase es suficiente para que una película quede grabada en la memoria o se pierda en el olvido.
A continuación presento cien frases memorables del cine mexicano que volvieron inmortal al actor que las expresó, pero sólo porque un escritor tuvo la genialidad de inventarlas.
1.- ¡Pepe el Toro es inocente! (Jesús Arriaga. Nosotros los pobres).
2.- No se puede querer y ser razonable al mismo tiempo (Rita Macedo. Ensayo de un crimen).
3.- Vale más tener la quinta parte de un hombre de primera que cinco quintas partes de un hombre de segunda (Pedro Armendáriz. La noche avanza).
4.- No, no, no, perdónenme, pero para eso hicimos una revolución. En este país el voto se respeta; no es nuestra culpa que la gente siempre vote por mi partido (Damián Alcázar, La Ley de Herodes).
5.- ¡Chachita, te cortaste el pelo! Te lo cortaste… Chachita. Mira lo que te traía: tus peinetas. (Freddy Fernández “El Pichi”. Ustedes los ricos).
6.- Yo te he perdonado. Te he perdonado, pero he venido a matarte (Pedro Infante. Vuelven los García).
7.- Si el trabajo fuera bueno, ya lo tendrían acaparado los ricos (Mario Moreno “Cantinflas”. Ahí está el detalle).
8.- Tú para mí no eres nadie (Dolores del Río. La malquerida).
9.- Quiero que me digas una cosa, sólo una: ¿por qué no me quieres? (Pedro Infante. Angelitos negros).

10.- En cuanto Gloria Revirado pierda su virginidad, se va a morir (Guillermo Orea. Estas ruinas que ves).
11.- Déjame ser un error en tu vida. (Isela Vega. Las siete Cucas).
12.- A mí ninguna mujer me toma en serio porque dicen que ando con muchas, y yo tengo que andar con muchas porque ninguna me toma en serio (Pedro Infante. Dos tipos de cuidado).
13.- ¡Ya llegué, vieja!... ¡Ya me voy, vieja! (Carlos Valadez. A toda máquina).
14.- ¡Sépase, doña pendeja, que soy yo quien se ha estado cogiendo a su marido! (Julissa, Amor libre).
15.- Es tan pequeño mi pueblo que cabe en el corazón (Pueblo de madera. Frase inicial).
16.- Debe ser horrible tenerme y después perderme (Mauricio Garcés. El matrimonio es como el demonio).
17.- Yo hago el amor porque soy un ser sociable, pero lo mío, lo mío, es la chaqueta. (Demián Bichir. Sexo pudor y lágrimas).
18.- Se considera que quien no ha hecho una fortuna a los cuarenta es un verdadero fracaso. Pues bien, entonces yo lo soy (Arturo de Córdova. El rebozo de Soledad).
19.- ¡Échenles mentadas, que también les duelen! (María Félix. La Cucaracha).
20.- Tener un hijo es recibir la condecoración divina que pone Dios en las entrañas de la madre (Jorge Mistral. El derecho de nacer).
21.- Roque Suazo nunca tomará del árbol la fruta que sola ha de caer (Pedro Armendáriz. El rebozo de Soledad).
22.- Paloma, no es posible que Dios te haya cambiado así (Roberto Cañedo. Pueblerina).
23.- ¡Qué hablador! Qué hablador eres, periquito, ¿y ahora no me dices nada? (Pedro Infante. Los tres García).
24.- Si te perdono lo bruto que eres es porque así naciste (Fernando Soler. El lugar sin límites).
25.- Si como lo mueves lo bates… (Pedro Armendáriz. Enamorada).
26.- ¡Tu abuela, que de oficio era chocolatera! (María Félix, en respuesta a la frase anterior. Enamorada).
27.- Vienen por mí, sé que voy a morir, pero antes quiero decirte que no me arrepiento de nada, y que te quiero más que nunca, más que a mi vida. Tú eres mía, Mercedes. Te llevo en la sangre, y no me importa morir después de sentirte entre mis brazos una vez más (Emilio Tuero, Vértigo).
28.- No sigan adelante. ¡Yo lo maté! La justicia de Dios se ha hecho en esta casa (María Félix, Vértigo).
29.- ¿Lo ves, muchacha? Los viejos… los viejos somos así (Joaquín Pardavé. Los viejos somos así).
30.- Yo no soy cobarde, padre, yo soy pacifista, que no es lo mismo. Odio el derramamiento de sangre inútil y también el útil. Si el mundo es muy ancho, cabemos todos. Por eso yo odio la guerra, la guerra fría, la caliente y la guerra tibia, las bombas las odio. Bombas, nada más las yucatecas deben de existir, querido padre (Germán Valdés "Tin Tan". La marca del zorrillo).
31.- Por esa pinche vieja no te voy a pegar, gordo (Eduardo Palomo. La mujer de Benjamín).
32.- ¡Qué comandante ni qué Pantoja! ¡Cholo Parima soy yo para el que me ande buscando sin habérmele perdido! (Alfonso Bedoya. Canaima).
33.- ¡Qué bueno que vinieron! Si no, no sé qué hubiera hecho con tanta comida. (Blanca de Castejón. Escuela de vagabundos).
34.- ¡El que toque a esta mujer, se muere! (Pedro Armendáriz. Las abandonadas).
35.- Mire, ojitos de pescadito en vitrina, nada hay más efectivo que mi autógrafo (Germán Valdés “Tin Tan”. También de dolor se canta).
36.- Mire, boca de bagre, por qué mejor no me lo firma en un vale (Pedro Infante, en respuesta a la frase anterior. También de dolor se canta).
37.- Ahí les dejo mi reputación para que hagan con ella lo que quieran (Mauricio Garcés. Modisto de señoras).
38.- ¡De acuerdo! Así no tengo que soportar más sus desahogos de amargada. Yo qué culpa tengo de que no pueda encontrar un hombre que le haga caso. (Pedro Infante. Escuela de música).
39.- ¿Y de qué me tiene que venir a hablar ese señor? Más vale que le digas que, si es para pedir tu mano, que no lo haga. Perdería su tiempo y me haría perder el mío. Sabes muy bien que por ser la más pequeña de mis hijas, a ti te corresponde cuidarme hasta el día de mi muerte (Regina Torné. Como agua para chocolate).
40.- ¿Y ustedes qué? ¿Se quieren o se van a querer? (Eugenia León. Arráncame la vida).
41.- México en una laguna y mi corazón echándose clavados. ¿Qué cosa será el amor? (Ernesto Gómez Cruz. Los Caifanes).
42.- Y no se burle, señor, de lo que la gente del campo le diga. Los vampiros existen. Duermen de día y salen de noche a buscar sangre de gente joven, que es de lo único que se alimentan (Mercedes Soler. El vampiro).
43.- Nuestra. ¿Pero es que puede haber algo en el mundo que deba llamarse mío y tuyo? (María Félix. Doña Bárbara).
44.- ¡Maldito! Alguna vez regresaré para partirte en dos (David Reynoso – mirando al desierto – Viento negro).
45.- ¡La manga! Hay que tener fe en la vida sin pensar en la muerte (Pedro Armendáriz. Enamorada).
46.- Marcos Vargas, un hombre macho entre los hombres machos (Andrés Soler. Canaima).
47.- Hijo de la chingada, cabrón vanidoso, te odio, pero ojalá te vaya muy bien. (Martha Navarro. La pasión según Berenice).
48.- Tengo ganas de gritar, gritar, hasta que se me seque la garganta (Dolores del Río. María Candelaria).
49.- Yo salgo hasta el final; yo soy el plato fuerte, corazón (Roberto Cobo. El lugar sin límites).
50.-. Y usted también está guapo, ¡cara de buey purgado! (Pedro Infante, Los tres García).
51.- Es mucho más fácil mover las manos frente a una bola de mariachis que gobernar alebrestados y cabrones (Daniel Giménez Cacho. Arráncame la vida).
52.- Dime Susana. Me hace sentir… más mujer (Margarita Sanz. El callejón de los milagros).
53.- Óyeme, Lorenzo Rafael, y óyeme bien: si éste es un doctor científico y le pone la mano a María Candelaria, yo no me hago responsable de su salvación. Y ahí la Virgen que te castigue (Lupe del Castillo. María Candelaria).
54.- El amor quita el hambre. Yo por eso nunca me enamoro (Pedro Infante. A toda máquina).
55.- Hasta un ratoncito inofensivo, cuando lo acorralan, ataca. Y tú me acorralaste a mí (Arturo de Córdova. El esqueleto de la señora Morales).
56.- Ahora ya tengo una tumba donde llorar (Evita Muñoz “Chachita”. Nosotros los pobres).
57.- No me ande con fantochadas. ¿Dónde aprendió eso? ¿No ve que le madrugan cuando está jugando? Matar es cosa seria (Ignacio López Tarso. Los hermanos del hierro).
58.- Elvirita, ¿qué carajos están esperando para servir la cena? (Víctor Junco. Estas ruinas que ves).
59.- A mí me han enseñado en la escuela que el que roba está cometiendo un delito, que es un ser despreciable y enemigo de la sociedad. (Ismael Pérez “Poncianito”. El rey del barrio).
60.- Yo no soy presumido, pero bien sabe Dios que me sobran motivos para serlo (Mauricio Garcés. Modisto de señoras).
61.- ¡Chingue a su madre! Si te gusta el frijol, ¡pues vas! (Daniela Torres. Amarte duele).
62.- La vida no fue fácil, Macario, pero fue bueno vivirla juntos (Pina Pellicer. Macario).
63.- Estoy muy lejos de ser un santo (Enrique Alonso. Ensayo de un crimen).
64.- Para qué nací bonita, mejor me hubiera quedado como las chachas de mi pueblo. (María Félix. La estrella vacía).
65.- Si lo que quieres es que te vuelvan a coger porque ya te gustó, mejor te subimos en tanga al metro (Ana de la Reguera. Ladies Night).
66.- Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. (Vanessa Bauche. Amores perros).
67.- Ni tan altas las trancas ni tan grande el brinco; un méndigo brinquito. Eso es la muerte (Fernando Soler. No desearás la mujer de tu hijo).
68.- Quiero ser blanca para que mi mamá me quiera (Chela Castro. Angelitos negros).
69.- Si le dices a alguien que me viste chillando, te mato (Gonzalo Vega. El lugar sin límites).
70.- Mire nomás cómo ha dejado a su mamá. ¿No le da vergüenza? Toditita destartalada. A ver, ¿dónde están esas chapas que tenía? Esos ojos tan sombreados, esos labios color pitahaya, ¿dónde están? Usted se los comió, ¿verdad? ¡Bribona! Apenas llega al mundo y ya viene haciendo estragos, como la langosta (Pedro Infante. Dos tipos de cuidado).
71.- Si una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz, al fin y al cabo es mujer. Pero cuando la traición viene de quien uno cree que es su mejor amigo, ah, Chihuahua, ¡cómo duele! (Jorge Negrete. Dos tipos de cuidado).
72.- Caifán es el que las puede todas (Ernesto Gómez Cruz. Los caifanes).
73.- Ésta es mi empresa. No pago impuestos, no hay huelgas ni sindicatos, puro billelle limpio, y una que otra pérdida de vez en cuando (Gerardo Campbell. Amores perros).
74.- Los pobres tenemos la riqueza del corazón (José Ángel Espinosa “Ferrusquilla”. La hija de la otra).
75.- Pa qué me dejan sola si ya me conocen (María Eugenia Llamas “La Tucita”. Los tres huastecos).
76.- No son las manchas de tu piel las que me repugnan, sino las de tu conciencia (Arturo de Córdova. El rebozo de Soledad).
77.- ¡Órale, huevoncita, que se nos hace tarde! (Daniel Giménez Cacho. Arráncame la vida).
78.- Si para ser macho hay que trabajar, ahoritita mismo me pongo mis enaguas (Luis Aguilar. Tal para cual).
79.- ¿Y dónde quieres que empecemos a buscar? ¿Por qué no repartimos unos volantes que digan “Soy la virginidad de Alicia y estoy perdida”? Chance y alguien llama (Ana de la Reguera. Ladies night).
80.- Cada quien puede hacer de su culo un papalote (Diego Luna. Y tu mamá también).
81.- No fue disculpa, fue pago. Estamos a mano. Y si algo te debo todavía, cóbrate con Josefita, te la dejo (Fernando Soler. No desearás la mujer de tu hijo).
82.- Señorita Julia, a usted no puedo ocultarle la verdad. Existe el peligro de que Silvia esté trastornada en sus facultades mentales (Joaquín Cordero. El libro de piedra).
83.- Pero si yo tengo la culpa, pero yo para qué me tengo que casar. Si yo antes era feliz con mis nueve viejas (Mauricio Garcés. El matrimonio es como el demonio).
84.- Los muchachos a mí me dicen Tin-Tan porque en mí todo es música (Germán Valdés "Tin Tan". Músico, poeta y loco).
85.- ¡México, creo en ti! Creo… ¡creo que ya nos chingaron la camioneta! (Rafael Inclán. Bienvenido paisano).
86.- Hombre, que yo te vea ante mí manso y humilde, como Cristo ante Pilatos (María Félix. Doña Bárbara).
87.- Cuando el tecolote canta, el indio muere. (Pedro Infante. Tizoc).
88.- Al toque de Diana me llevo a tu hermana, al toque de lista le paso revista. (Canturreada en grupo. Los Caifanes).
89.- ¡Pelados éstos! Creen que por sus méndigos diez quintos ya tienen derecho a humillarlo a uno (David Silva. Esquina bajan).
90.- También tú me conoces, Ramiro, y sabes que soy como soy (Roberto Cañedo. Pueblerina).
91.- ¡Yo soy el mismo de siempre! ¡Cruz Treviño Martínez de la Garza! ¡Tengo la misma alma y el mismo corazón, curtido por las penas, pero más bravo que nunca! Soy el mismo que querrá a Josefita siempre, ¡y malhaya quien lo dude! (Fernando Soler. No desearás la mujer de tu hijo).
92.- En Río Escondido y en todos los pueblos de México hay fuerzas oscuras que mantienen hundido al de abajo en un sueño de esclavo. Pero la más fuerte, la más decisiva de todas esas fuerzas, es la de la ignorancia que pesa sobre ustedes (María Félix. Río Escondido).
93.- Usté qué dijo: éste es aguacate y me lo embarro en mis teleras (Mario Moreno "Cantinflas". Por mis pistolas).
94.- Créame usted, señorita, que ésa es una de esas cosas que ni siquiera se le ocurren a uno por imposibles (Pedro Armendáriz. Bugambilia).
95.- Entonces usted es la mujer que mi esposo se encontró en Chiapas. Me imagino que estará encantada de prestarle a todas horas del día y de la noche su colaboración (Miroslava. La casa chica).
96.- Si ayudo a este prójimo haría una buena acción y Dios me la premiará, pero entonces este prójimo se aliviará y lo primero que hará será amolarnos a todos. Mayormente que tiene los ojos rete pelones y ya me reconoció. No, lo mejor es ayudarlo a bien morir, que al cabo ésta también es una buena acción que Dios me la premiará (Gilberto González. La malquerida).
97.- Pero es que yo ya no soy niña, ya voy a ser señorita, y a los quince se puede tener novio y trabajar (Martha Roth. Una familia de tantas).
98.- Si crees que me voy a casar contigo porque compraste una refrigeradora, te equivocas, ¿lo oyes?, ¡te equivocas! (Martha Roth. Una familia de tantas).
99.- En eso está la prueba de nuestro cariño: jamás interrogar el misterio del pasado, si es que amamos nuestro amor (Arturo de Córdova. La diosa arrodillada).
100.- ¡Caramba! Hasta que te vestiste de hombre, no que siempre andas de mamarracho (Sara García. Los tres García).
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Por Carlos Eduardo Díaz

Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació hace exactamente un siglo: el 12 de agosto de 1911, en el mismísimo barrio de Santa María la Redonda. Sin embargo, para que su popular personaje viera la luz, tuvieron que suceder varios hechos. Primeramente, que el niño Mario llegara a este mundo justo en medio de un México que comenzaba la revuelta armada conocida como “La Revolución”.
Aunque en realidad este conflicto sucedió prácticamente fuera de la ciudad de México, con excepción de los dramáticos hechos de la Decena Trágica, que duraron exactamente diez días, y de ahí su nombre, la revolución mexicana provocó varios fenómenos más: los campesinos tuvieron que llevarse a sus familias; dejar aquel campo tan amado pero tan desprotegido y buscar refugio en la capital del país. O mejor dicho: en las colonias populares y anillos de miseria que comenzaron a cercar a la todavía espectacular “Ciudad de los Palacios”.
Estos barrios, que en muchos sentidos eran una especie de ciudades perdidas, olvidadas y marginadas de todo, adquirieron rápidamente un tinte de ensueño. El barrio era el lugar de pertenencia, al que había que defender y presumir, pero sobre todo, honrar. No se vivía allí como un castigo, sino que el castigo sería vivir en otro lado, en un sitio sin raíces, sin amigos, sin la familia que – aunque pobre – demostraba siempre que la unidad entre todos era la clave de la sobrevivencia y el núcleo perfecto de la alegría. Los vecinos se volvieron amigos, y los amigos se convirtieron en familia. No fue casualidad que al barrio se le exaltara y sus virtudes fueran exageradas, como la camaradería que se muestra en Nosotros los pobres, o en muchas de las canciones de Chava Flores.
Algo más debemos decir sobre la revolución: su efecto fue expansivo. No sólo fue una fábrica de muertos y enfrentó a los mexicanos con los mexicanos, sino que creó una pobreza implacable. Si no había dinero para comer, mucho menos lo había para cosas que se consideraban banales. De este modo, los circos, sin importar su larga tradición en suelo nacional, prácticamente se extinguieron por un tiempo. Bueno, la verdad es que no desaparecieron, solamente se transformaron: se asentaron en medio de esas colonias populares, en el centro de aquellos anillos de pobreza tan llenos de chusma, de gente miserable sin educación, sin casa ni alimentos… pero con mucho corazón, como era efectivamente la creencia. Los viejos circos, algunos sin animales, otros con muchos menos que antes, se transformaron en las carpas.
El teatro en México siempre había sido importante. No en balde Porfirio Díaz ideó el concepto de un magnífico teatro nacional, que terminó por ser El Palacio de Bellas Artes, en 1931. Pero la revolución también provocó una severa crisis en el teatro mexicano. Bien lo dijo Salvador Novo: “¿Quién, con los tiroteos, iba a salir de noche?”. La alternativa nació por consecuencia: los antiguos propietarios de los circos, los viejos artistas, los payasos que se volvieron cómicos, y los espectadores ávidos de siempre, crearon, entre todos, un lugar mítico, mágico, lépero y sabroso: la carpa mexicana.
Incluso cuando el teatro mostró signos evidentes de recuperación, y las noches se llenaron nuevamente de vida alegre, de bailaderos, centros nocturnos, cuando los mariachis y las serenatas regresaron para reclamar su lugar en la vida nocturna de este país, incluso cuando los espectáculos presentaban a enormes artistas, a figurones de relumbrón, a verdaderos gigantes de la música, la comedia y el drama, incluso en contra de las apuestas, las carpas seguían llenándose y presentando puntualmente sus famosas tandas.
En 1935, el escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón le envió una carta al muralista José Clemente Orozco en la que le dice:
¿Que el teatro en México no existe? Sí existe y ha existido, el teatro de Beristáin, la Rivas Cacho, Soto, los escenógrafos Galván y mil “soldados desconocidos” y lo más curioso es que este teatro comenzó en 1910, ¡también! Antes de que los pintores pintarrajearan y se holgaran con repeticiones de ejidos y matracas zapatistas, héroes y tropa formada, ya Beristáin y la famosa Amparo Pérez, la Rivas Cacho y tantos más “servían” a las masas auténticas obras proletarias de un sabor y una originalidad inigualables, ya se habían creado “El pato cenizo”, “El país de la metralla”, “Entre las ondas”, “Los efectos de la onda” y millares más, en donde lo que menos importaba era el libreto y la música, pues lo esencial era la interpretación, la compenetración de los actores con el público, formado éste de boleros, chafiretes, gatas, mecapaleros; auténticos proletariados en galería, rotos, catrines, militares, prostitutas, ministros e “intelectuales en lunetas”.
Fue aquí, en este mundo fascinante de las carpas, donde nació verdaderamente “Cantinflas”, donde adquirió su esencia. Ese delicioso olor a pueblo, a gente de barrio… porque el auténtico “Cantinflas” no es simplemente un personaje que habla mucho y no explica nada, ni un moralista chistoso que, entre broma y broma, alecciona al público en cuestiones de ética y moral, como en las películas El padrecito (1964) o El profe (1971), ni siquiera un mexicano que sale a las calles todos los días a encontrar el sustento familiar desempeñando oficios como barrendero, policía, conserje, bombero, fotógrafo o portero. No.
“Cantinflas”, quiero decir, Cantinflas, con todas sus letras, el que dio origen al personaje, es un bueno para nada que huye del trabajo, que es borracho, gorrón, lacra, mantenido, mujeriego, cínico, aprovechado, confianzudo, incapaz de mover un dedo por alguien que no sea él mismo… y que justamente porque es una escoria social, pero muy a nuestro pesar, y a pesar de las buenas costumbres, causa gracia, y lo que dice no se entiende, hace reír. Éste es “Cantinflas”, el personaje que nació en la carpa, del que el público se enamoró porque se reconoció en él.
Esto es verdad: el público se encontró en el personaje, y Mario Moreno nutrió a “Cantinflas” con los miles de ejemplos que sucedían a su alrededor todos los días. La razón es que el popular cómico se inspiró en un personaje de barrio que existió en realidad: el peladito.
En su afamada obra El perfil del hombre y la cultura en México (1934), Samuel Ramos dice que “El pelado mexicano es un hombre que lleva su alma al descubierto. Representa el deshecho humano de la gran ciudad. Estalla al más leve roce. Sus explosiones son verbales. Ha creado un dialecto propio cuyo léxico abunda en palabras de uso corriente”.
El pelado es grosero, vulgar, alburero y broncudo. El personaje de “Cantinflas” es exactamente igual, pero matizado. En la carpa, Mario presentó una versión de su personaje sin censura, pero en cine, y con los años, fue más ligero cada vez y más apartado de su esencia original para dar gusto a sus seguidores. El actor, Mario, dio de baja demasiado pronto al personaje: el peladito del cine fue olvidado antes que el peladito de la vida real.
Desde luego, no es el mismo cómico al que vemos en la espléndida Águila o sol (1938), que constituye también una especie de documental sobre las carpas, que en Conserje en condominio (1974). Y, en definitiva, su último papel, como “Don Napo” en El barrendero, no tiene prácticamente nada que ver con su obra maestra y una de las joyas invaluables del cine mexicano: Ahí está el detalle (1940).
Mario ganó fama rápidamente, y fue uno de los casos más emblemáticos de una persona que sale del barrio para volverse millonario. Pero lo que la fama le regaló en popularidad y dinero, se lo restó en libertad: no sólo no podía salir a la calle sin que se viera envuelto en una nube de brazos y falsas sonrisas, sino que se volvió reservado: pensaba – quizá con razón – que toda la gente que se le acercaba era para pedirle algo.
Una muy emblemática historia cuenta Eulalio González “Piporro”:
Cuando lo invitaba a comer, me preguntaba siempre:
- ¿Quiénes van a ir?
- No, pues hágame usted el “reparto” para no errarle.
- No… yo ni me meto, usted es el dueño de la casa.
Claro, yo sabiendo de qué pie cojeaba, es decir, que no iba a ninguna casa ajena si había mucha gente invitada, pasaba lista:
- Va a ir fulano, zutano, éste… y el otro.
- Me dijeron que este último se fue de gira y no ha regresado…
Ante aquel veto indirecto, ya me daba cuenta de que no le simpatizaba mucho el “cuate” nombrado en último término y… lo tachaba.
Otra cosa perdió don Mario con los años y la fama internacional: la libertad de seguirle dando vida al genial peladito, al menos en cine, porque en teatro la historia siempre fue diferente. “Cantinflas” fue gracioso en todas sus cintas, pero no grandioso como en algunas de las primeras, cuando no le importaba nada fuera del set y se dejaba llevar por sus impulsos. Aunque hay que recalcar algo curioso: en la que es considerada su mejor película, Ahí está el detalle, prácticamente no improvisó nada. Se ciñó, por un acuerdo previo, al guión.
El productor Jesús Grovas presionó al director Juan Bustillo Oro para que realizara una película cómica que resultara inmortal. Tendría todos los recursos posibles a su alcance, con una sola condición: el actor principal tendría que ser un popular cómico que en carpa era muy socorrido, pero que sus intervenciones en cine habían sido más bien mediocres. Había sido desaprovechado. Grovas creía en “Cantinflas” con los ojos cerrados.
El director, en cambio, no estaba seguro de aceptar la propuesta, y para quitarse la presión de encima, puso a su vez su propia condición: que Mario respetara el guión, que el mismo Bustillo Oro escribiría, y no se saliera de la línea que le fuera marcada. La verdad es que tenía la esperanza de que su requisito no fuera aceptado. Ningún cómico de carpa, y “Cantinflas” menos que nadie, aceptaría trabajar dentro de una camisa de fuerza, sin su libertad para improvisar sobre la marcha. Para su sorpresa, Mario no sólo accedió de buena gana, sino que afirmó: “De eso pido mi limosna”.
El resultado es una cinta prácticamente perfecta, con un gran reparto elegido magistralmente. El ritmo, los diálogos, la trama, el desarrollo de la historia. Un clásico del cine mundial.
Mario Moreno inventó un personaje inmortal, pero no lo inventó solo. Esto no le quita mérito alguno. Al contrario. Las ideas que lo fueron conformando lo convirtieron en el cómico genial que fue, a tal grado que el mismo Chaplin lo admiraba.
Una de sus parejas de rutina, una popular vedette de nombre Yoli, le aconsejó que adoptara la vestimenta de “El Chupamirto”, un personaje de caricatura, a la usanza del peladito de barrio, creado por el dibujante Jesús Acosta “Dux”, y que era publicado en el periódico El Universal. Irónicamente, aunque “El Chupamirto” nació primero, su creador, con el tiempo, lo fue dibujando más y más parecido a “Cantinflas” hasta que se convirtió en la caricatura prácticamente oficial del cómico.
Existe otro hecho genial: durante una de sus primeras actuaciones en la carpa, alguien le gritó desde el público: “¡Ese mi Cantinflas!”, y él adoptó el nombre como suyo hasta la muerte. Otros grandes de la comedia lo ayudaron a pulir su personaje, como por ejemplo su concuño Estanislao Shilinsky, el mismo que después haría pareja con “Manolín”. En tanto, su manera de hablar nació de sus propios nervios de principiante, cuando enredaba tanto las palabras que esta misma confusión provocaba carcajadas entre el público. Pero además, se inspiró también en uno de los músicos de la carpa El salón rojo, quien hablaba demasiado y nadie entendía lo que trataba de decir.
“Cantinflas”, pues, tiene un origen diverso. A esto se debe su originalidad, su fuerza y su permanencia entre nosotros.
Mario Moreno Reyes cumple cien años, pero su genial, único e irreverentemente peladito es para siempre.
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Por Carlos Eduardo Díaz
Murió Manuel Esperón, compositor mexicano, y tal vez la última pieza del gran rompecabezas llamado “mexicanismo”.
Al igual que Diego Rivera en la pintura muralista, Juan Rulfo en la literatura, Emilio “Indio” Fernández en la cinematografía, Gabriel Figueroa en la lente de cine, Pedro Armendáriz en la actuación y Manuel Álvarez Bravo en la fotografía, Esperón contribuyó a la construcción del México que por tantas décadas ha mantenido ocupado a estudiosos e intelectuales. Ese México mágico, mítico, surrealista, en el que conviven afortunadamente el machismo y el valor, la abnegación femenina con la galantería, la serenata con la altanería, la dignidad con el orgullo, la muerte con la vida.
Nacido en la ciudad de México el 3 de agosto de 1911, el talento de Esperón fue innato. Aunque estudió en la Academia de San Carlos (dibujo, pintura, tallado y escultura) y en Bellas Artes (Escuela Popular de Música), la verdadera melodía le recorría la sangre de manera natural. De acompañante pasó a musicalizador de películas dentro de las salas de exhibición, cuando el cine aún era mudo. Pronto, casi sin darse cuenta, su maestría lo condujo a convertirse en director musical de más de 500 películas, para las que compuso cerca de 950 canciones.
La primera cinta en la que intervino fue en La mujer del puerto, de Arcady Boytler, en 1934. Por otra parte, una de sus grandes contribuciones es desconocida: fue él quien introdujo al mariachi al cine nacional. Pero no sólo eso: transformó a estas orquestas de pueblo en verdaderos conjuntos musicales profesionales al invitarlos a estudiar música y así dotarlos de lo necesario para difundirse por el mundo.
Durante la época dorada del cine mexicano, formó una sólida y espléndida mancuerna con el letrista Ernesto Cortázar. Ambos, elevaron la música tradicional – la ranchera – en la esencia melódica del alma mexicana. Lo que se cantaba en esas canciones, tan llenas de galantería, gallardía, valor, altanería y machismo, no era lo que sucedía en las calles del país, sino la idea que los dos compositores le vendieron al mundo: lo que el mundo entero – y con él los propios mexicanos – se imaginaron que sucedía en este país de nopal, machete, tequila y sal.
Don Manuel descubrió a Jorge Negrete, quien anhelaba convertirse en un destacado cantante de ópera. A fuerza de insistencia, el maestro convenció a Jorge de que se arriesgara. Después de que Negrete escuchó el resultado de la canción ¡Ay, Jalisco, no te rajes!, se puso en las manos del compositor hasta convertirse en el inmortal charro cantor.
Fue también el descubridor de Pedro Infante, de quien cuenta una conocida anécdota que nunca pierde vigencia: “Pedro quería cantar como Jorge (Negrete) y lo convencí para que modulara y aprovechara esa media voz, y le puse de ejemplo que Jorge podía llevarle serenata a una muchacha que viviera en el octavo piso y ella lo podía escuchar perfectamente, pero que si él le llevaba serenata a una muchacha que viviera en la planta baja, le iba a ir mejor, ya que le cantaría al oído y hasta besito sacaría”.
Otra muy sabrosa anécdota la cuenta Eulalio González "Piporro" en sus memorias:
"Al sorprenderme la presencia del compositor Manuel Esperón (pues era él, sin que yo lo hubiera sabido antes, el director musical de aquel desfile artístico), le dije al saludarlo: 'Disculpe, maestro, ¿tendré tiempo antes de mi presentación de ir a la botica de la esquina a comprar un rollo de algodón?'. ¿Qué... se siente mal o tiene algún problema de salud? 'No, el algodón es para ponérselo a usted en los oídos, no se le vayan a reventar los tímpanos cuando me oiga cantar.
"El maestro Esperón, que dirigiendo una orquesta donde intervengan ocho o diez o más violines, sabe distinguir entre tantos cuál es el desafinado, me consoló así de mi preocupación: 'Ni se mortifique, Piporro, usted canta feo, pero no muy fuerte'".
Don Manuel nutrió el alma mexicana gracias a composiciones como Así se quiere en Jalisco, Cocula, Serenata tapatía, Flor de Azalea (inspirada en la bellísima actriz Elsa Aguirre, según ella misma me lo confesó en entrevista), Tequila con limón, Me he de comer esa tuna, Traigo un amor, Yo soy mexicano, El charro mexicano, Chaparrita cuerpo de uva, las Coplas de dos tipos de cuidado, Amorcito corazón, Mi cariñito, No volveré, Yo soy quien soy, Osito carpintero, Dicen que soy mujeriego, El aventurero… y literalmente cientos más. La mayoría de ellas en co autoría con Cortázar y otros grandes compositores.
Este México de hoy, que suspira por aquel país de ayer, anhela en realidad los trazos y trozos que el maestro Manuel Esperón ayudó a construir con su maravilloso talento musical. La música de fondo de nuestra historia indudablemente ha de interpretarse en el piano del siempre vivo Manuel Esperón González.
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Por Carlos Eduardo Díaz

El humor es una característica del pueblo mexicano. Las risas, las bromas, los cuentos, chistes y anécdotas son el matiz de las conversaciones diarias. El humor es también la manera de sobreponernos a la desgracia, de ocultar nuestras penas - no de superarlas -, de forjarnos una realidad alternativa, menos trágica.
El sentido de lo gracioso, de lo cómico y de lo chistoso es la mejor forma de llamar la atención, de ser tomados en cuenta, de lograr que quienes ríen con nuestras ocurrencias se olviden por unos instantes de la penosa vida. Aquella que no vale nada, de la que sería mejor morirse.
En el México prehispánico existía una forma básica de teatro, ceremonial, pero también impregnada con tintes de comedia. Fue esta tradición la que utilizaron los frailes españoles en su labor evangelizadora: representaciones teatrales para transmitir enseñazas religiosas, que desembocaron en la creación de pastorelas, con todos sus matices cómicos y contrastantes, que simbolizaban la lucha del bien triunfador contra el mal tan atractivo como trágico.
En el México independiente el teatro mexicano comenzó a forjarse. Obras esencialmente españolas, con el ceceo en la pronunciación y la entonación de nuestros antiguos conquistadores. Era un teatro culto, ajeno a las clases bajas, a las mayorías. Fue hasta la revolución cuando la clase dominante salió de las sombras y se hizo presente en todas sus formas sociales. Aquel "peladito" de habla popular, de lenguaje vulgar y cómico, se apoderó del "género chico": el teatro de revista.
Ya desde los años de Francisco I. Madero se dejaron ver obras cómicas cargadas de crítica social, como el Tenorio maderista, pero sería con Álvaro Obregón que explotaría esta tendencia irremediable. Las carpas, las caravanas artísticas y el teatro frívolo serían los forjadores de los primeros actores cómicos de renombre. De la mano de consagrados como el Cuatezón Beristáin, Amparo Pérez, la Rivas Cacho y el Panzón Soto, surgiría un nutrido grupo de cómicos y comediantes que llenarían las pantallas.
Ahora, presento cien frases y momentos inolvidables de la comedia mexicana en cine y televisión, porque el arte de hacer reír es una de las manifestaciones más ricas y profundas de la cultura popular en nuestro país.
1.- Cuando sea grande, ¡lo voy a matar!... Soy hombre y voy a matar gente y primero a este viejo cochino. Ya ves, anoche me dejó sola y ya sabe que siempre me porto mal (María Eugenia Llamas "La Tucita" en Los tres huastecos).
2.- ("Sinvergüenza, no sé por qué te tengo tanta ley. Lo que menos te importa aquí soy yo. En cuanto entras sólo piensas en comer"). No, nomás en eso. ("No, también piensas en beber, en todo lo que te atragantas"). Pero nomás por el momento, Pacita, y los momentos pasan, y luego los minutos también y hasta los segundos, y luego de segundo en segundo agarra uno el segundo aire. Y luego tú tan chula que eres, y uno tan enamorado. ("Y una tan estúpida. ¿Qué harías sin mí?"). Pues morirme de tristeza. ("Más bien de hambre"). Bueno, pues de las dos cosas, total. ("Parece mentira, los meses vuelan y no podemos casarnos nomás porque tú no trabajas"). Pero ya cambió la cosa, porque ya me mandaron hablar de una oficina. ("¿Para trabajar?"). No, pues una máquina de escribir que se perdió. ("¿Y qué?"). No, ya se aclaró. ("¿Ya la encontraron?"). No, la vendí luego luego. (Mario Moreno "Cantinflas" con Dolores Camarillo en Ahí está el detalle).

3.- ¡Voy! Tan grandote y tan llorón (María Eugenia Llamas "La Tucita" en Los tres huastecos).
4.- "Los cuernos, se los pones a tu abuela". ¡Ja! Está herida, está adolorida, está atormentada. Tiene razón. Debe ser horrible tenerme y después perderme (Mauricio Garcés en Click, fotógrafo de modelos).
5.- Vámonos, tesoro, no te juntes con esta chusma (Florinda Meza como "Doña Florinda" en El Chavo del Ocho).
6.- Qué bonita familia, qué bonita familia (Alfonso "Pompín" Iglesias).
7.- ¡Qué figuraza me diste, Diosito! Espejito, espejito, ¿quién es la más bella de Peralvillo? Ay, ¿escucharon? Clarito se oyó que dijo: tú, Chole. ("Ay, sí, ¿cuál tú, Chole? Dijo: ¡fúchile!"). (Amparito Arozamena como "La Tarántula" y Guillermo Rivas como "El Borras" en Los Beverly de Peralvillo).
8.- Déjate de iglesias y piensa en ti, y en mí que ya estoy viejo. Tú vas a ser el báculo de mi vejez. ("¿El qué, padrino?"). Que tú me vas a tener que mantener cuando sea viejo. ("¿Más? No se apure, yo le daré sus chopas y pura agua para beber"). No me menciones esa bebida incolora, insípida e intrascendente (Andrés Soler y Germán Valdés "Tin Tan" en El ceniciento).
9.- Fue en la arboleda grande. Me salieron dos bandidos por la espalda y ¡cuam! Me tiraron un plomazo. Bueno... Oí el ruido de la bala dos veces. Primero cuando la bala me pasó a mí y luego cuando yo pasé a la bala (Eulalio González "Piporro" en La nave de los monstruos).

10.- ¡La traigo muerta! (Mauricio Garcés).
11.- Fue sin querer queriendo (Roberto Gómez Bolaños como "El Chavo del Ocho").
12.- Ay, trompudas, si me muero, ¿quién las besa? (Pedro Infante en Escuela de música).
13.- Cruz, cruz, vete, malvado, que se vaya el diablo y que venga el Niño Jesús. Que todas las plagas y los jinetes del Apocalipsis te caigan sentado en tu pescuezo, malvado (Eduardo Manzano como "El wash and wear" en El show de Los Polivoces).
14.- ¡Arroz! (Mauricio Garcés).
15.- Y si el inspector pregunta por el dinero que mandaron de Monumentos para tapar el hoyo de la iglesia, hay que decirle que sí, que se tapó, pero que se volvió a agujerar (Pancho Córdova como "Don Perpetuo del Rosal" en Calzonzin inspector).
16.- Bueno pero no se enoje (Roberto Gómez Bolaños como "El Chavo del Ocho").
17.- ¡Ahí, madre! (Eduardo Manzano como "Gordolfo Gelatino" en El show de Los Polivoces).
18.- ¿Me quieres hacer el favor de abrir MI puerta de MI casa para poner MI cabeza en MI almohada de MI cama de MI pertenencia? ¡Es inútil, ésta es terca! Pero si yo tengo la culpa, pero yo para qué me tengo que casar. Si yo antes era feliz con mis nueve viejas y con Sócrates y ahora no puedo ni con ésta. ¡Pero me estás perdiendo! ¿Me oyes? ¡Te estás perdiendo de todo esto y eso debe ser horrible! ¿Me oyes, sorda? (Mauricio Garcés en El matrimonio es como el demonio).
19.- Mire, yo soy un chavalo que tiene 28 años. En el barrio me dicen las muchachas "El Griego", por el perfil; uso muy buena garra; los muchachos a mí me dicen Tin-Tan porque en mí todo es música (Germán Valdés "Tin Tan", en Músico, poeta y loco).

20.- Es que no me tienen paciencia (Roberto Gómez Bolaños como "El Chavo del Ocho").
21.- Te sientes muy segura de ti misma, ¿verdad? Siempre has sido la más presumida de todas. Mucho escote para mostrar la pechuga. ¡Ay! Y mucha tela para los codos. Porque los codos son los puntos débiles de la mujer. Hay unas que tienen unos codos que parecen lijas del cero. Llegas tarde porque te crees superior a los hombres, pero estás equivocada. Los hombres son muy superiores a ustedes en todo. Mira qué ojos tienes, qué nariz, qué boca. Mira qué cuello tienes, ni siquiera tienes nuez. Mira qué hombros tienes, en vez de tener unos hombros como los de ellos, fuertes, con pelos y pecas, no, unos hombritos todos débiles, blanditos, tiernitos... mamacita (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
22.- Lo sospeché desde un principio (Roberto Gómez Bolaños como "El Chapulín Colorado").
23.- Y eso ha sido todo por hoy. He querido ser yo personalmente quien hiciera esta presentación, porque en cada plisado, en cada holán, en cada chaquira, en cada trutrú he dejado jirones de mi corazón. Mis dedales, mis agujas y mis hilos están llenos de lágrimas del sacrificio que tuve que hacer para vestir a la mujer mexicana. Muchísimas gracias. Y ahora los invito para que formen sus grupos acostumbrados, digan sus chascarrillos y sus gracejadas y me critiquen a gusto. Ahí les dejo mi reputación para que hagan con ella lo que quieran (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
24.- Mira si son brutos ustedes los indios, que creíais que los españoles y los caballos eran la misma cosa. ("Y todavía lo seguimos creyendo"). (Alfonso Arau como "Calzonzin" en Calzonzin inspector).
25.- El que esté libre de pecado que arroje la primera teja. ¿Era teja? No, no, no. Bueno, pero de todas formas descalabra (Mario Moreno "Cantinflas" en El padrecito).
26.- ¡Nuuunca me hagan eso! Porque aquí... ¡pura vida! (Manuel Espino "Clavillazo").
27.- Fíjate qué suave (Manuel Palacios "Manolín").
28.- ("Porque fíjese que mi papá es presidente municipal de allá del pueblo") A mí el que me gusta es Mauricio. ("No, pero qué le ve a ese tipo, señorita, si le dicen el avión"). ¿Por qué, vuela mucho? ("No, tiene unos labiezotes, mire nomás. Y tiene las tres efes: feo, feo y feo. No, allá en el pueblo, yo soy el que las traigo muertas"). ¡De hambre! ¿Qué decías? ("Nada, estaba yo aquí de hocicón, de hablador"). ¿Qué pretendías? ("Ay, don Mauricio, pretendía yo declarármele a la muchacha"). ¿Así, con ese sistema? Tienes que ser agresivo, galán: ceja levantada, labio mojado, fumas, despedazas, matas; sé agresivo, imperativo. Mira cómo se hace: ¡ven acá, chiquita! Ya está aquí; debe estarlo. Detenme el cigarro. Metes mano en la cintura, como queriendo pelear, agarras bien, mano a la nuca, ¡se derriten! Un poquito de vaho en la oreja; se ponen chinitas, chinitas. Y de repente, sin decir nada más, al ataque luego luego: al beso rápido (Mauricio Garcés con "Los Polivoces" en El aviso inoportuno).
29.- ¿Bueno? Con el doctor Mata. ¿Cómo le va, doctor? Sí, doctor, este, bien, doctor, quería, ¿eh? Sí, doc, pues la otra vez también, eh, bien, doctor, aquí nomás, ¿cómo le fue de año nuevo? Pos ya sabe, pues iba yo a ir temprano allá, creo le dije a usted, no, no le dije, ¿no? Una familia así muy simpática, son dos muchachas y la mamá, a ver qué día se las presento. Pues viera usted, muy flamencas así. La mamá muy simpática, yo creo que le va a caer bien, medio escamada, pero usted ya lo conoce, ¿eh? Ese modito que tiene usted, de repente se arranca. Vamos a ir un día, muy bien todos, sí, doctor, muy bien el profesor, muy lleno de vida. O no, este, se acaba de desmayar, por eso le hablé... pos no me ha preguntado, pos véngase a prisa, aquí lo espero (Mario Moreno "Cantinflas" en El supersabio).
30.- ¡Cállate, cállate, que me desespeeeras! (Carlos Villagrán como "Quico").

31.- ("Señor delegado, he venido para pagar la multa por mi padre, que debe estar preso aquí"). ¿Cómo se llama su padre? ("Don Laureano Palomar"). ¡Ah, sí! Sabe usted, sólo lo hemos detenido hasta que se le pase... este... la... la... ("Sí, sí, ya sé. Quisiera llevármelo a casa, por supuesto después de pagar la multa"). ¿Usted responde por él? Porque es muy bravo. ("Sí, señor"). Entonces: ¡SAQUEN AL VIEJO MARIHUANO! Digo, perdón, señorita: ¡sale ese Laureano Palomar con todas sus chivas! (Oscar Pulido en Dos de la vida airada).
32.- Si serás, si serás, si te digo que no eres más bruto nomás por falta de vitaminas (Ramón Valdés como "Don Ramón" en El Chavo del Ocho).
33.- ("No, aquí no. Aquí pueden vernos"). Mejor, nos van a dar una ovación, a lo mejor un Oscar (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
34.- ¡Hijazo de mi vidaza! ("¡Ahí!"). ¡Cañangas ñangas! Ah, despachándose con la cucharota grandota, ¿verdad? ¡Mironas! Luego se te amontonan, hijo ("Déjalas, es que no puedes prohibirles que se engolosinen, madre. Lo mejor de la vida es gratis"). Ya lo quisieran para un día de fiesta. ¡Y yo lo hice solita! Cosecha 1940. Lo mejor del siglo, según los conocedores. ("Madre, me estás quemando..."). (Enrique Cuenca como "Doña Naborita" y Eduardo Manzano como "Gordolfo Gelatino" en El show de Los Polivoces).
35.- ¡Qué pasotes con los elotes! ¡Qué milanesas con las ésas! ¡Qué Pachuca por Toluca! ¡Qué gacho nacho! ¡Agarra la onda, hijo! Te traigo finto, te traigo finto (Alejandro Suárez como "Vulgarcito" en La Carabina de Ambrosio).
36.- Ay, el cuarto poder, el temible cuarto poder. ("Una mini entrevista para sus admiradoras"). Con todo cariño; para mi público mexicano sea lo que sea. ("¿Cuántos años tiene?"). Bueno, la Biblia, las mujeres y los modistos no tenemos edad. ("Cuando se es tan joven se puede preguntar"). Dicho de esa manera: le tengo que confesar que tengo 41... ¡qué coincidencia! ¿Verdad? ("Ay, ¿tantos?"). Bueno, ni me quito ni me pongo. El vino demasiado viejo está agrio; el vino demasiado joven está verde. Yo estoy en mi punto. ("¿Qué opina de sí mismo?"). Bueno, yo no soy presumido, pero bien sabe Dios que me sobran motivos para serlo (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
37.- Mira cómo digo, Dios, por qué seré tan agradable (Alejandro Suárez como "El Simpatías" en La Carabina de Ambrosio).
38.- Yo como digo una cosa diga otra, y para qué te digo que no si sí (Florinda Meza como "La Chimoltrufia" en Los Caquitos).
39.- ("Sus vitaminas, señor"). ¿De qué son? ("Súper vitaminas"). Qué bueno, porque el otro día me diste anti, antivitaminas, me sentí embarazado todo el día. En el buen sentido de la palabra. ¿Tú crees que me hagan bien? ("Yo supongo que sí, señor, en bien de nuestro prestigio"). Sí, me daría mucha tristeza que me llamaran el latin lover de la Biblia (Luis Manuel Pelayo y Mauricio Garcés en Fray Don Juan).
40.- ¡Te odio con odio jarocho! (Luis de Alba como "El Ratón Crispín" en El Mundo de Luis de Alba).

41.- Éste estaba hablando mal del presidente municipal. ("¿Qué dijo?"). Dijo que era un viejo asesino, burócrata y corrupto. ("¿Y cómo sabe que hablaba de don Perpetuo?"). Pos de quién más (Mario "Harapos" García en Calzonzin inspector).
42.- ¡Pulpos chupeteadores, cómo no les meten un paraguas y se los abren adentro! (Jesús Martínez Rentería "Palillo").
43.- Yo soy Juan Camaney: bailo tango, masco chicle, pego duro, tengo chavas de a montón, ¡tururú! (Luis de Alba como "El Chido" en El Mundo de Luis de Alba).
44.- Yo le puedo hacer a usted un poema inmediatamente. Fijón: Plácidas marchan las rosas sobre los temas de alegría. En la pechuga me siento un ruido, y en el o si quieres lo siento así. Por eso siempre que tú me miras y yo te miro, me quedo así (mueca) (Germán Valdés "Tin Tan" en Músico, poeta y loco).
45.- ¡La Pirinola! ¡Qué tal! ¿Cómo está? Bienvenidos a este programa de concurso que es el más famoso del mundo, por cierto. Mi nombre es Johnny Latino, pero mi nombre no interesa, mi intención es la que cuenta (Víctor Trujillo como "Johnny Latino" en La Caravana).
46.- ¡Lástima, Margarito! ¡Muchachas! ¡Llévenlo al baile! (Víctor Trujillo como "Johnny Latino" en La Caravana).
47.- Ha llegado la hora que todos esperaban, la hora de levantar el raiting. Ya llegó la hora cuchicuchi, ya llegó la hora chimengüenchona, ya llegó la hora ya vas que chutas (Roberto Ramírez Garza "Beto el boticario" en La carabina de Ambrosio).
48.- ¡Porque yo soy chido, chido, chido! (Luis de Alba como "El Chido" en El mundo de Luis de Alba).
49.- A ver, ¿qué es una cosa que empieza con U y termina con S? ("No lo sé"). Pues Un-par-de-botaS. A ver, otra cosa que empieza con D y termina con S. ("¿Con D y termina con S? Tampoco lo sé"). Dos-pares-de-botaS. ("A ver, ¿qué es una cosa así blanca, que es de granja, y se avienta y cuando cae al suelo se separa la yema de la clara?"). Ya sé. ¿Es un huevo? ("No. Tres pares de botas"). (Los Polivoces como "Los Hermanos Lelos" en El show de Los Polivoces, aunque el chiste es original de "Viruta" y "Capulina").
50.- Bueno, soy simpático la primera vez que se me trata, la segunda soy sencillamente delicioso. ("La modestia no es una de sus virtudes"). La falsedad no es uno de mis defectos (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).

51.- Compadre, tengo un dolor aquí (en el hígado) y el doitor me dijo que era por el cigarro (¿Fuma usted mucho, compadre?). No, compadre, lo que pasa es que cuando me agacho a levantar las colillas me entierro el codo (Mario Moreno "Cantinflas" en Sube y baja).
52.- Ahora sí lo agarraron como al enfermo del estómago: corre y corre (Roberto Soto "Mantequilla" como "Tranquilino" en Los tres García).
53.- ¿Se puede saber qué demonios estás planchando, Andobas? ¿Y en esa llanta? ("Son sus pantalones, Don Teofilito. Traté de plancharlos con el burro pero no se podía"). Con el burro vas y le planchas las arrugas a tu abuela, la que está disecada ahí en Guanajuato. ("Da coraje, Don Teofilito, da coraje. ¿Ya vamos a empezar a ofendernos?"). (Eduardo Manzano como "Don Teofilito" y Enrique Cuenca como "Andobas" en El show de Los Polivoces).
54.- Qué bueno que vinieron, si no, no sé qué hubiera hecho con tanta comida (Blanca de Castejón en Escuela de vagabundos).
55.- ¡Papá! ¡Tengo sed! (María Eugenia Llamas "La Tucita" en Los tres huastecos).
56.- Usté qué dijo: éste es aguacate y me lo embarro en mis teleras (Mario Moreno "Cantinflas" en Por mis pistolas).
57.- Quiubo, Chano. ("Quiubo, Chon"). Oye, qué altote se ve ese cerrote, ¿verdad, tú? ("Es rete alto y rete peligroso"). ¿Por qué, tú? ("Hace quince días subieron unos turistas ahí y ya nunca regresaron"). ¿Se murieron? ("No, bajaron por el otro lado"). (Los Polivoces como "Chano y Chon", en El show de Los Polivoces).
58.- A mí también me gustan los hombres como yo, en el buen sentido de la palabra, por supuesto. Somos tan nice. ¿Quiere pasar al probador? ¡Yo soy el probador! (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
59.- ¡Ya llegué, vieja!... ¡Ya me voy, vieja! (Carlos Valadez como "Tarcisio" en A toda máquina).
60.- Me como mi quesito, me desatornillo el ombliguito, doy un soplidito... y los voy a poner como camotito (Luis de Alba como "El ratón Crispín" en El mundo de Luis de Alba).
61.- ¡Por diez mil sapos encantados! Qué mala memoria tengo, no recuerdo dónde dejé mi chocolatote. ¿Qué hacer, Dios mío? ¡No lo encuentro por ningún lado! Si era la última lata que me quedaba. Ya nada soy, ya nada soy sin mi chocolatote, ya nada soy, lo tengo perdidote. Tocan a la puerta, voy a abrir. ("¿Vos sois Cachiruloco?"). El mismo que lleva una hora buscando su chocolatote (Manuel "Loco" Valdés como "Cachiruloco" en Ensalada de locos).

62.- Usted dispense, hay cosas que no se camuflajean a la primera, pero una señorita tan señora como usted, merecería ser señorita, señora (Germán Valdés "Tin Tan" en Músico, poeta y loco).
63.- Chao, mi cabecita de algodón, be careful con esos frenos, madre, no lo olvides. Cómo se me antoja ayudarla, lástima que... esta cochina flojera no deja. Pero a ella le gusto así y ella es la que manda. (Eduardo Manzano como "Gordolfo Gelatino" en El show de Los Polivoces).
64.- ("Pero yo no le pedí que se desnude"). Pídamelo y verá cuánto me tardo. Tengo récord de pista (Mauricio Garcés como "D'Maurice" en Modisto de señoras).
65.- Queridos colegas, ¿qué digo? Ciudadanos, dicho sea con perdón, rateros, trinqueteros, creminales y crápulas, súper machos cabríos, o más mejor: chivos expiatorios de la sociedad, que como aquel que pegó un reparo, y así como ustedes están detenidos, en el aire se detuvo, que viéndolo bien, no tiene la culpa el indio, sino el que hace como que lo redime, y lo hora del hora puro jarabe de chivo. Porque hay chivos y chivas, así como hay ladrones y ladrones, unos porque roban y otros porque ladran más. O como dice la parábola: unos buenos y otros más buenos, pero pa robar, o como quien dice, organizados. Pues como se sabe, el ladrón grande se come al chico, y ladrón que roba a ladrón, si se descuida se va cien años al bote con todo y chivas, todo porque la justicia es ciega y no ve a quién agarra, pero bien que siente lo que recibe, por lo que más vale ser cabeza de ladrón que cola de chivo (Alfonso Arau como "Calzonzin" en Calzonzin inspector).
66.- ("¡Arrivederci, carísima!") Ni tan cara, maestro (Germán Valdés "Tin Tan" y Famie Kaufman "Vitola" como "La Nena" en El rey del barrio).
67. - ("Oh, you are from Chihuahua? I like Chihuahua"). Are you speak English? ("Yes I do. And you?"). No, yo no, yo nunca fui a la escuela. Digo, aquí en México. Fui a Uruapan. ("Oh! Europe, Europa? I like Europe"). No, no Europa, Michoacán. ("Michigan?"). No, no Michigan: Michoacán. Pátzcuaro, the Paricutín, the volcano: ¡tu-tu! (Germán Valdés "Tin Tan" en El revoltoso).
68.- ("No tienes remedio. No has de trabajar nunca"). ¿Y para qué trabajo? ("¿Cómo para qué? Para casarnos"). Ah, ¿y a poco es indispensable que yo trabaje para casarnos? ("Y si tú no trabajas, ¿de qué comemos?"). ¿Y luego don Cayetano? ("¡Descarado!"). No, no ofenda. Mira: yo allá, luego en la noche vengo acá, y tú me esperas aquí, dormimos allá y luego la mitad de lo que tú ganas, pa acá. ("¡Cínico, sinvergüenza, descarado, tragón!"). Nomás no ofenda, jovencita, que aquí también hay dignidad. ("Y si la tienes, ¿por qué no trabajas? No hay nada más noble ni que dignifique más al hombre, ni que sea mejor que el trabajo"). ¡Qué va, chiquita! Mira, nomás le voy a decir una cosa: ¿trabajan los ricos? A que no. Entonces, si el trabajo fuera bueno, ya lo tendrían acaparado los ricos y entonces nomás ellos trabajarían (Mario Moreno "Cantinflas" con Dolores Camarillo en Ahí está el detalle).
69.- No le entendiste porque eres muy bruto, y la cara te ayuda, profesor Pioquinto. ("Pues yo creo que tú tampoco le entiendes. A ver, cántala en español a ver qué quiere decir"). ¡Te la canto! ¡Me canso ganso dijo un zancudo cuando volar no pudo, una pata se le torció y la otra se le hizo nudo, luego le dio laftosa y hasta se quedó mudo y ya mejor no le sigo porque luego yo sudo! (Germán Valdés "Tin Tan" con su carnal Marcelo Chávez en El niño perdido).
70.- Híjole, mano, ojalá que el diablo te envuelva en azufre y que mueras como rata ahogada en cal (Eduardo Manzano como "El wash and wear" en El show de Los Polivoces).
71.- ("Ansina me gusta. Cuando hay cariño, y sólo el amor propio es el que está resentido, el primer beso es el que cuesta trabajo"). A mí ni tanto, yo ni metí las manos (Agustín Isunza y Manuel Palacios "Manolín" en Dos de la vida airada).

72.- Una nueva servidora ya tienen a quien mandar, a'i luego les diré l'hora de llevarla a bautizar, y mientras busco compadre para llevarla con el cura, yo los invito a tomar: ¡beban, que aquí está su padre!... El padre de la criatura, no se vayan a pensar (Pedro Infante como "Pedro Malo" en Dos tipos de cuidado).
73.- Déme razón de la "Carambita". ("Por a'i anda también; por cierto que me preguntó por usted"). ¡Consígamela de cura y se la doy de sacristán! (Oscar Pulido en Soy charro de levita).
74.- Cuaco, cuaco, ah qué rechulo el cuaco, cuaco, cuaco, ah qué rechulo el cuaco. ¡Gracias! ("Do you speak English?"). Pues le hago un poquito a la tatacha, estuve dos años de bracero. ("¿Usted gustar tomar algo?"). No, tenkius, mejor prefiero el efectivo, yo no ficho. (Germán Valdés "Tin Tan" en El mariachi desconocido o Tin Tan en La Habana).
75.- ("¡Paco, Paco!, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué te fuiste, Paco?"). Te fuiste Paco a Paco, digo, poco a poco. ("¡Yo quiero estar a tu lado!"). No creo que quepa, señora. ("¡Quiero que vuelva conmigo!"). Solamente que sea con ouija (Mauricio Garcés en una escena de panteón en Fray Don Juan).
76.- ("Qué descaro, venir al entierro. No tiene vergüenza"). ¡No tiene vergüenza!... ¿quién es? ("La otra, ¡la otra!"). ¿Y la dejó a ella por esa defectuosa? ("¿Qué le parece?"). ¡Ay, Paco, Paco! La voy a poner de lazo. ("¡Claro!"). Reciba mis condolencias más sinceras. ("Gracias"). Pobrecita, tan buena que era. ("Tan bueno"). Digo que tan buena persona. ("¿Eran amigos?"). Uff, uff. ("Ay, Paco, cómo te voy a extrañar"). Cómo te vamos a extrañar, Pepe. ("¡Paco!"). Yo le decía Pepe cuando lo extrañaba. ("Vamos, serénese"). No, déjeme solo con mi dolor. Usted también tenga valor, tenga valor como yo. ("Era un gran hombre"). Pobre Popo. ("Le di los mejores años de mi vida"). Yo también... en el buen sentido de la palabra. Pero usted no se los dio. Usted todavía los trae puestos. ("No me importa la crítica de su familia, yo sé que lo hice feliz"). Sí, yo sé que lo hizo usted feliz. ("Pero, ¿cómo lo sabe, le habló de mí? ¿Qué le dijo?"). ¡Qué no me dijo! No está bien criticar a los muertos, pero Poncho era bastante chismosito. ("¡Paco!"). Yo cuando era chismoso le decía Poncho. ("¿Le contó intimidades? ¿Hasta qué extremo?"). Hasta todos los extremos. Cuando se le iba la lengua no había manera de regresársela. Ah, qué Chucho tan boquiflojo. ("¡Paco!"). Cuando era boquiflojo yo le decía Chucho. ("Y sabiéndolo todo, qué pensará usted de mí"). Que fue un hombre muy afortunado en encontrarla. ("Gracias"). Las que a usted le sobran. ("Me siento... me siento muy apenada"). No, no, no, no tiene porqué. Además le sienta a usted muy bien el negro. ("No crea, de verde no me veo tan mal"). Ni de rojo ni de amarillo ni de fucsia. Hasta a oscuras estoy seguro de que se ve usted bien. ("Ay, cómo será"). Quiere saber cómo soy, por qué no lo averiguamos. ("Señor, estoy de luto, por favor"). ¿Está de luto? Yo también estoy de luto. ¡Cómo se nos fue a ir este pobre de Joaquín! ("¡Paco!"). Es que cuando se nos iba yo siempre le decía Joaquín. Qué le parece si nos vamos a nuestro departamento y lloramos a solas, que no nos estén viendo estas viejas chismosas que no respetan nuestro dolor. ¿Qué no se dan cuenta del dolor que desgarra nuestros corazones? ("Pero estoy de luto"). No le hace, yo allá le presto un baby doll negro (Mauricio Garcés y Norma Lazareno en Fray Don Juan).
77.- Maritza, te tengo una sorpresa: no tarda en llegar el profe. ("¿Cuál profe?"). El que contratamos para que nos diera clases de inglés. ("Ah, es verdad, no sé qué estaría pensando"). Tocan, Maritza, debe ser él. ("Ay, y yo con estas fachas, Dios mío. Abre, Andrea, yo siempre cierro"). Está bien, arréglate... ¡Chúpale, pichón! ¡Mira nada más qué cuero, Maritza! ("¡Wooow! ¡Está como quiere!"). (Héctor Lechuga como "Andrea" y Manuel "Loco" Valdés como "Maritza" en Las hermanitas Mibanco, del programa Ensalada de locos).
78.- Good Afternoon. ("Buenas tardes"). Vengo a darle sus clases de inglés. ("Empecemos, teacher, empecemos. Póngase cómodo. ¿Quiere una pijama?"). No, no, no, así estoy bien, muchas gracias. Así que ustedes quieren aprender inglés. ("¡Sí!"). ¿A sus años? ("¡Estamos en la flor de la vida!"). Sí, pero parece flor de calabaza (Alejandro Suárez y Héctor Lechuga como "Andrea" en Las hermanitas Mibanco, del programa Ensalada de locos).
79.- Usted es una mujer de por venir, y no precisamente por lo rápido que cuenta el dinero. ("Ay, señor Garcés, ¿ya ve? Ya volví a equivocarme otra vez"). ¿A su favor o a mi favor? ("Es que cuando usted me habla me atolondro toda"). Y cuando me habla usted me atolondro yo. Que tal si nos atolondramos los dos. ("Yo soy una muchacha decente"). Yo ese defecto se lo corrijo rápidamente. No puedo ofrecerle una eternidad juntos, pero sí un par de horas inolvidables (Mauricio Garcés en Fray Don Juan).
80.- Estimado señor Calzonzin, permítame presentarle a nuestro ilustre periodista. ("¡Ah, caray! Nomás que no traigo dinero"). (Pancho Córdova como "Don Perpetuo" y Alfonso Arau como "Calzonzin" en Calzonzin inspector).

81.- Lo bueno del matrimonio entre El Comanche y yo es que no hay diferencia de religión. ("Cómo de que no. Usted es 160 años antes de Cristo, y él es 1930 años después"). (Amparito Arozamena como "La Tarántula" y Guillermo Rivas como "El Borras" en Los Beverly de Peralvillo).
82.- ¡Ya tiraste la leche! ¿Ahora qué va a comer mi hijo? ("Aquí traigo un aguacate"). Ah, aguacate, canalla, me quieres envenenar a mi hijo. ("¿Por qué?"). ¿Cómo por qué? ¡Aguacate con leche! ("Ay, de veras. Mejor macarrones con leche, pero no traigo macarrones... el aguacate es bueno"). (Marcelo Chávez y Germán Valdés "Tin Tan" en Soy charro de levita).
83.- ("¡Yo soy admirador de la blancura, sí, de la blancura, yo soy admirador de la blancura...!"). ¡Qué blancura ni qué ojo de hacha, cállese ya! (Andrés Soler en Los hijos de María Morales).
84.- Resortes, resortín de la resortera, para servirle a usted donde quiera y como quiera, menos por donde quiera, y mientras Dios quiera. ¡Ay, mamachita! (Adalberto Martínez "Resortes").
85.- ¡Déjelos, déjelos! ("Pero ¿cómo los voy a dejar, comadre, si se las raptan?"). ¡Pues que se las rapten! ("Ay, Dios, pues cómo va hacer eso, por Dios"). ¿Pues no era eso lo que queríamos, que se casaran los muchachos? ("Pos le diré..."). ¡Ningún le diré! ("No se mande, comadre, que me va a desencuadernar"). ¡Luego lo encuaderno! (Emma Roldán y Andrés Soler en Los hijos de María Morales).
86.- Yo no soy cobarde, padre, yo soy pacifista, que no es lo mismo. Odio el derramamiento de sangre inútil y también el útil. Si el mundo es muy ancho, cabemos todos. Por eso yo odio la guerra, la guerra fría, la fría caliente y la guerra tibia, las bombas las odio. Bombas, nada más las yucatecas deben de existir, querido padre (Germán Valdés "Tin Tan" en La marca del zorrillo).
87.- ¡Pero si es que yo no fui! Le juro a usted que fue mi mala suerte. Yo soy tan inocente como una chavalilla de quince abriles (Germán Valdés "Tin Tan" en Calabacitas tiernas).
88.- Es natural que yo sea el mejor conocer de medias, y así puestas es como las conozco mejor. De veras, de veras. Mire usted: yo nada más cierro ojos y agarro así sus medias e inmediatamente sé si son cashers, full fashion o nylon. Permítame usted. ("Después que me las quite, don Jalil"). No, viera que quitadas yo no adivino, no adivino (Joaquín Pardavé en El baisano Jalil).
89.- Mamá, si estás pensando en ese señor para... ("¡Lala! Mi mamá decía siempre que las niñas se las deben ver y no oír"). Pero tu mamá era más inteligente que la mía ("¡Claro! ¡Qué?"). (Anabelle Gutiérrez y Blanca de Castejón en Escuela de vagabundos).
90.- Mire, señora, aunque usted lleve mucha prisa debe respetar los altos. Si todo el que va... ("Ah, usted también se va a poner en contra mía, ¿eh?"). No, mire, abuelita... ("¡Yo no soy su abuela, cochino igualado!"). ¡Entonces entrégueme su licencia! ("Sí se la voy a dar, pero antes me va usted a explicar por qué me va a levantar infracción. ¿Qué hice, qué hice, qué hice?"). ¿No dice que se pasó el alto? ("¿Y para qué ponen el alto cuando yo voy pasando, eh? ¿Para qué, para qué?"). Déme su licencia. ("Sí se la voy a dar, pero antes me tiene que explicar por qué me va a levantar infracción, si no, no le doy nada"). Mire, señora, ya le expliqué en qué consiste su falta, pero no quiere entender, está bien, váyase, le perdono la infracción. ("¿Cómo que le perdono la infracción? ¿Y con qué derecho se toma usted atribuciones que no le pertenecen, eh? ¿Con qué derecho?"). ¡Está bien, entonces le voy a levantar la infracción! ("Con mucho gusto, nomás me dice por qué. ¿Por qué, por qué, por qué, por qué?"). Porque se pasó un alto, le dio un sombrillazo a mi compañero, dos a mí, maltrató al agente del crucero y obstruyó la circulación. ¿Le parece poco? ("Mire, mire, mire, vamos hablando, vamos hablando. Mi marido corrió en la carrera panamericana y mi hijo en la de locutores"). ¿Y qué tiene que ver su marido y su hijo en esto? ("Ah, pues porque usted es de los hombres que les gusta tratar con mujeres solas"). Está bien, su marido corrió en la panamericana, ¿y qué? ("¡Chocó! Fíjese"). (Pedro Infante y Amelia Wilhelmy en A toda máquina).

91.- Señor periodista, ¿no le dije que pusieran un letrero diciendo ‘Prohibido ensuciarse por orden de la autoridad'? ("Pos sí, pero pos jué peor, nomás veían autoridad y se ensuciaban más"). (Pancho Córdova como "Don Perpetuo" y Héctor Ortega como el "Periodista" en Calzonzin inspector).
92.- ¡Oh, Ratón Miguelito! Que cumples cincuenta años y sigues tan jovencito (Alejandro Suárez en La palabra canta, dentro del programa La carabina de Ambrosio).
93.- Crucé un gorila con un mesero ("¿Y qué esperas que salga de ahí?"). Pues no sé, pero lo que salga, van a tener que darle muy buenas propinas (Los Polivoces como "Los Hermanos Lelos" en El show de Los Polivoces).
94.- ¡Pillina! Nunca olvidas darle a tu obra ese toque sexy que me caracteriza y que arrebata y destruye. Madre, te juro que este próximo 10 de mayo tu plancha es tuya (Eduardo Manzano como "Gordolfo Gelatino" en El show de Los Polivoces).
95.- Ahora sí, a cobrar la pachocha. ¡Qué grande eres, magazo, y tan poco que te pagan! (Roberto Ramírez Garza "Beto el boticario" en La carabina de Ambrosio).
96.- Nada de pulque ahorita, compañeros, porque luego ni se acuerdan de lo que hay que gritar de la borrachera que traen. A ver, hagan cola, hagan cola. Aquí el compañero Murillo les va hacer un pequeño aunque sincero regalo: en vista de la espontánea colaboración demostrada, cada uno de ustedes va a recibir cinco pesos. El pulque después, cuando se acabe el acto y regresen los sombreros (Diálogo de la película Calzonzin inspector).
97.- ¿Te das cuenta, chaparro? La carcacha trajo premio ("¡Chispas, si hasta creí que estaba pintada!"). Pues pintada, pintada, yo la despinto. ¿Viste, Tapón?, parece que le he gustado. Nada de parece, la tengo herida. ¡No me esperes en dos tres días! ¿Puedo servirle en algo, preciosa? ("Creo que sí. ¿Usted es de este pueblo?"). Lo que se llama del pueblo, no. Soy de aquí nomás al'quer. Tengo un rancho, el más grande de la región, se llama La Herradura. ("¿Y usted es el dueño?"). Aunque me esté mal en decirlo. De toditito, toditito. ("¿Y es muy grande su rancho?"). Pues se puede galopar por él a caballo todo el día sin salir de sus límites. Hay terreno hasta que se le va la vista. Que alguien reclama de allá pa'cá, pues nomás le baja uno tantito, y lo demás es suyo, no hay problema. Reses, pues no las he contado, pa qué, todas son mías. Solamente me falta ahí una cosa que muy pronto ya tendré: una güereja bien dada llena de vida que lo quiera compartir conmigo. Si usted quiere la invito. ("¿De veras?"). Como que me llamo Lauro y me apellido Ponce, pa servirle. ¿Y usted? ("¿Yo qué?"). Lo que quiera. Digo, usted ¿cómo se llama, pa dónde va? ("Mi nombre es Rebeca y voy para un rancho que tengo por acá"). ¡Ándale, válgame Dios! Además de chula, rica. ¡Gracias, Dios mío, por iluminarme! ¡Qué suerte tienes, Lauro! Y on'ta y cómo se llama el rancho, si quiere yo la llevo. ("No está muy lejos. Y se llama rancho de La Herradura... ¡como el suyo!"). (Eulalio González "Piporro", Rosita Quintana y Armando Soto La Marina "El Chicote" en Calibre 44).
98.- Ay, mi México lindo, mi Jalisco. ("¿Qué, estás chillando, mano?"). No, es que me cayó una paja en el ojo. ("Ah, vaya. Pues vámonos a dormir, mano, que aquí están cayendo muchas pajas"). (Jorge Negrete y Armando Soto La Marina "El Chicote" en Jalisco canta en Sevilla).
99.- Y a ésta, ¿qué le pasa, qué le pasa? ("Señor, ¿no se ha dado cuenta de que usted es un rompecorazones?"). Ya lo sé, ya lo sé. Este atractivo animal que tengo, pero soy noblote, soy noblote (Alfonso "Pompín" Iglesias y César Bono en Mi secretaria).
100.- Qué bueno que se calló la vieja ésa, oiga. ¡Qué mal canta! ("¿Usted cree?"). ¡Ay, ay, ay! Parece becerro con anginas; es horroroso. ¿De dónde sacaría ese loro ese mister Brown? ("De mi casa"). ¿Cómo de su casa? ("Es mi mamá"). Cough ay, digo, eh, eh, eh... su mamá canta muy bonito. Sobre todo el falsete ¡qué bien le sale! ("No trate de componerla, que yo sé que lo hace bastante mal"). Mire, no, no, no lo hace mal su mamá; es un verdadero ruiseñor, cruza de cenzontle con orillitas de canario (Germán Valdés "Tin Tan" y Rebeca Iturbide en El revoltoso).

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Por Carlos Eduardo Díaz

Casi desde sus inicios, el cine mexicano ha incluido entre su producción las cintas de corte fantástico. Seres extraídos de leyendas populares, como La Llorona, fantasmas atormentados y atrapados en viejas casonas y haciendas, vampiros europeos que en nuestro país encuentran un territorio poblado de víctimas potenciales.
También, mansiones malditas, momias que reviven, muertos que se levantan de su tumba para buscar venganza y asesinos dementes que persiguen hermosas – siempre hermosas – mujeres.
Pero también están los héroes que los combaten: profesores, científicos, misteriosos luchadores que ocultan su identidad tras una máscara, o cómicos que se burlan de la solemnidad de las películas serias.
A pesar de las limitaciones de nuestra cinematografía, los ejemplos de este cine son abundantes, aunque la mayoría no deja de ser un churro bienintencionado. He aquí cien películas de este género, salpicadas con un par de buenas comedias.
1.- Dos monjes (1934), de Juan Bustillo Oro. Joya expresionista de los inicios del cine sonoro en México. En un monasterio del siglo XIX, dos monjes pelean y cada uno da su versión de los hechos, que tienen algo en común: la mujer de la que ambos estuvieron enamorados.
2.- Ensayo de un crimen (1955), de Luis Buñuel. Los asesinatos cometidos por Archibaldo de la Cruz, un aristócrata decadente, son producto de sus traumas y de sus frustraciones nacidas en su niñez. Una película perfecta.

3.- El vampiro (1957), de Fernando Méndez. La mejor cinta de vampiros rodada en México. El Conde Karol de Lavud (Duval), Marta y sus dos tías (la siempre joven y la anciana que se oculta tras un enorme crucifijo), Los Sicomoros, la canción de cuna que recorre la vieja casa como un eco infinito…

4.- El escapulario (1968), de Servando González. Ubicada en la época de la revolución, una mujer moribunda le confiesa a un sacerdote que posee un escapulario milagroso que protege la vida de quien lo porta.
5.- Hasta el viento tiene miedo (1968), de Carlos Enrique Taboada. Película de culto, espléndida. Un internado, unas alumnas, una severa directora, y el fantasma de Andrea que por las noches llama a Claudia.

6.- El libro de piedra (1969), de Carlos Enrique Taboada. Una apartada hacienda, un exitoso hombre de negocios recién casado, su hija que habla con un amigo imaginario, una institutriz y Hugo, el niño convertido en estatua para preservar un libro de magia negra.

7.- La mansión de la locura (1973), de Juan López Moctezuma. Basada en una historia de Edgar Allan Poe, un periodista descubre que un manicomio ha sido tomado por un loco que permite a los pacientes hacer realidad sus más perversas fantasías.
8.- Más negro que la noche (1975), de Carlos Enrique Taboada. Una joven recibe una herencia peculiar: una vieja casona y un gato. Ambos pertenecieron a su tía. Cuando el gato muere, la anciana regresa de la tumba.

9.- Alucarda, la hija de las tinieblas (1978), de Juan López Moctezuma. Inquietante visión del vampirismo que mezcla erotismo, lesbianismo y satanismo.
10.- El extraño hijo del sheriff (1982), de Fernando Durán. En un pueblo perdido en el desierto, se provoca una desgracia: la muerte de uno de los gemelos, hijos del sheriff. El fantasma del niño atormenta a los culpables.

11.- El corazón de la noche (1984), de Jaime Humberto Hermosillo. Un instructor de manejo se enamora de una joven sordomuda que pertenece a una sociedad secreta. Para ser correspondido, deberá realizar un sacrificio.
12.- Veneno para las hadas (1984), de Carlos Enrique Taboada. Historia de brujería. Una pequeña niña convence a su mejor amiga de que es bruja. Lo que inicia como un juego, adquiere matices macabros.

13.- Santa sangre (1989), de Alejandro Jodorowsky. Todo transcurre en un circo, propiedad de una familia. El padre es el dueño; el hijo, el ayudante; la madre, sacerdotisa de una secta que venera a una niña cuyos brazos le fueron arrancados mientras la violaban.
14.- La invención de Cronos (o solamente Cronos) (1993), de Guillermo del Toro. Una fresca visión del vampirismo, donde la vida eterna está asociada, sí, a la ingesta de sangre humana, pero también a la alquimia y a la magia.

15.- Sobrenatural (1996), de Daniel Gruener. A partir de un asesinato que al parecer no tiene nada que ver con ella, la vida de una joven mujer se transforma en un sueño macabro.
16.- Kilómetro 31 (2007), de Rigoberto Castañeda. La leyenda de La Llorona en una de sus últimas adaptaciones cinematográficas.
17.- Orlak en el país de Frankenstein (1960), de Rafael Baledón. Un criminal ayuda al doctor Frankenstein a escapar de la cárcel. Juntos, continúan el trabajo de animar seres creados a base de cadáveres.
18.- Terror y encajes negros (1985), de Luis Arcoriza. Una mujer es perseguida por un psicópata que vive en su mismo edificio. El hombre asesina mujeres para arrancarles la cabellera.
19.- Cazador de demonios (1983), de Gilberto de Anda. Un chamán es acusado de la muerte de un niño, por lo que es condenado a morir. Sin embargo, regresa y adopta la forma de un hombre lobo (nahual).
20.- El grito de la muerte (1959), de Fernando Méndez. Dos vaqueros desentierran una estatua de una mujer llorando. Investigan en el pueblo cercano, donde les informan la identidad de esa mujer, cuyo fantasma vaga por las noches entre sollozos.
21.- 100 gritos de terror (1965), de Ramón Obón. Dos historias: Pánico y Miedo supremo. En la primera, un hombre decide asesinar a su esposa mediante sustos; en la segunda, un doctor queda encerrado en una cripta donde está sepultada una mujer recién fallecida, que despierta entre gritos de horror.
22.- Santo contra las lobas (1972), de Rubén Galindo. Una bien lograda película de género, donde el luchador se enfrenta a un culto satánico en el que todos sus integrantes son licántropos.
23.- Santo contra las mujeres vampiro (1962), de Alfonso Corona Blake. Santo debe proteger a una joven asediada por una secta de vampiros, que desea realizar con ella un ritual sangriento.
24.- El baúl macabro (1936), de Miguel Zacarías. El doctor Maximiliano Renán captura a hermosas mujeres para desmembrarlas y con sus partes intentar salvar a su esposa, aquejada de una mortal enfermedad.
25.- La maldición de Nostradamus, Nostradamus y el destructor de monstruos, Nostradamus y el genio de las tinieblas, La sangre de Nostradamus (1959), de Federico Curiel. Se trata de una serie de películas que originalmente fueron doce episodios. Todas tienen al mismo personaje: un vampiro encarnado magistralmente por Germán Robles, quien fuera el Conde Lavud.
26.- Rostro infernal (1962), de Alfredo B. Crevenna. Tres episodios la componen: Error fatal, La trampa, y el que da nombre a la película. Todos tratan del Conde Brankovan, quien devora cerebros humanos.
27.- La noche de los mil gatos (1970), de René Cardona Jr. Un millonario seduce mujeres en Acapulco, las lleva a su hogar y las asesina. Conserva sus cabezas en frascos de vidrio; despedaza los cuerpos y con ellos alimenta a su millar de gatos siempre hambrientos.
28.- El sacristán del diablo (1992), de Jorge Luke. Una criatura venida del infierno persigue y asesina a sus víctimas.
29.- Muñecos infernales (1960), de Benito Alazraqui. A raíz de una ceremonia vudú, unos hombres son maldecidos y después comienzan a morir.
30.- Doctor Satán (1966), de Miguel Morayta. Un médico que practica el satanismo comienza a crear una nueva raza de zombis.
31.- J-ok’el (2007), de Benjamin Williams. Un estadounidense viaja a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, para investigar la desaparición de su hermana, atribuida a La Llorona.
32.- Cañitas. Presencia (2007), de Julio César Estrada. Basada en el libro homónimo de Carlos Trejo, sobre lo que supuestamente sucedió en una casa de la ciudad de México después de jugar con una ouija.
33.- Fe, esperanza y caridad (1972), de Alberto Alcoriza, Luis Bojorquez y Jorge Fons. Tres historias, tres tramas impactantes. Un espectáculo circense cuya mayor atracción es un hombre crucificado; una anciana provoca por placer el asesinato de un niño; una terrible escena de violación múltiple que comienza como una comedia y termina como algo fatal.
34.- La Llorona (1931 o 1933), de Ramón Peón. Cinta que dio origen al cine fantástico y de horror en México. Un drama basado en la centenaria leyenda.
35.- El fantasma del convento (1934), de Fernando de Fuentes. Dos hombres y una mujer se extravían de noche. Un desconocido les informa que pueden refugiarse en un convento cercano, donde habitan los monjes de la Orden del Silencio. Lo que les espera nunca lo olvidarán.
36.- El misterio del Rostro Pálido (1935), de Juan Bustillo Oro. Experimento de cine expresionista revalorada en nuestro tiempo a causa de su elaborada trama sobrenatural.
37.- Nostradamus (1937), de Juan Bustillo Oro. Adaptación de la novela de Michel Zevaco sobre el enigmático vidente.
38.- Angeluz (1997 o 1998), de Leopoldo Laborde. Un adolescente pertenece a una raza animal, extinguida en la Edad Media al confundirla con demonios.
39.- Las lloronas (2004), de Lorena Villarreal. Tres generaciones de una familia son maldecidas: todos los hombres mueren a temprana edad para dejar solas a sus mujeres.
40.- Spam (2008), de Charlie Gore. El horror se desencadena a causa de un mensaje de correo electrónico que causa la muerte a quien lo reciba y no lo reenvíe.
41.- Pánico en la montaña (1989), de Pedro Galindo III. Dos jóvenes buscan un tesoro en una mina que, aseguran los lugareños, está maldita.
42.- Trampa infernal (1990), de Pedro Galindo III. Unos jóvenes cazadores se internan en los bosques de Michoacán. Ahí habita un viejo y loco soldado norteamericano que asesina a quien traspase sus dominios.
43.- El ataúd del vampiro (1957), de Fernando Méndez. Secuela de El vampiro pero filmada simultáneamente. Unos ladrones roban el ataúd del conde Lavud, quien revive en el depósito de cadáveres de un hospital.
44.- El vampiro sangriento (1962), de Miguel Morayta. El campo mexicano del siglo XIX. La familia de un doctor ha luchado durante generaciones contra una raza malévola. Sólo le falta uno, al que encontrará muy pronto.
45.- La loba (1965), de Rafael Baledón. Un doctor investiga las transformaciones humanas en animales. La razón es que su hermosa hija, en noches de luna llena, se convierte en loba y sale al campo a asesinar.
46.- La tía Alejandra (1979), de Arturo Ripstein. Una anciana se muda a vivir con su sobrino y su familia. Primero dulce, después amargada, la tía Alejandra es en verdad una cruel bruja.
47.- La maldición de La Llorona (1963), de Rafael Baledón. Una joven y su marido visitan a su anciana tía, la cual vive en una remota casona. La tía no ha envejecido, pero esconde secretos, feroces perros, un criado deforme, a su marido torturado encerrado en el calabozo, y un antiguo esqueleto al que desea revivir.
48.- El libro de piedra (2008), de Julio César Estrada. Remake de la película de Carlos Enrique Taboada. No muy bien lograda, pero con algunas escenas que logran impactar.
49.- La Llorona (1960), de René Cardona. Un matrimonio adinerado contrata una institutriz, sin imaginar su verdadera identidad.
50.- Pedro Páramo (1967), de Carlos Velo. Basada en la novela de Juan Rulfo, la película narra lo que sucede en Comala, un pueblo habitado por rencores y fantasmas.
51.- El castillo de los monstruos (1957), de Julián Soler. Una torpe comedia protagonizada por Antonio Espino “Clavillazo”, cuyo – quizá – único mérito es volver a disfrutar de Germán Robles en el papel de siniestro vampiro, como lo hizo en la cinta homónima.
52.- La invasión de los vampiros (1961), de Miguel Morayta. Un vampiro comienza a extender la plaga hasta que lo matan. Sin embargo, todos aquellos a quienes mordió y mató, se levantan de sus tumbas.
53.- El triángulo diabólico de las Bermudas (1978), de René Cardona. Un crucero navega cerca de este famoso sitio. Pronto comenzarán a ocurrir extraños sucesos a causa del hallazgo de una muñeca.
54.- Doña Macabra (1971), de Roberto Gavaldón. Eficiente sátira al cine de horror. Un ambicioso matrimonio busca en la casa de la tía de la mujer un tesoro, sin sospechar las sorpresas que Doña Macabra les reserva.
55.- Santo y Blue Demon contra Drácula y El Hombre Lobo (1971), de Miguel Delgado. Los antiguos monstruos vuelven a la vida, y sólo hay dos personas capaces de detenerlos.
56.- La puerta y La mujer del carnicero (1968), de Luis Alcoriza e Ismael Rodríguez y Chano Urueta. Dos historias. La primera, los invitados a una fiesta descubren una puerta que conduce a oscuro pasillo donde camina un hombre. La segunda, un asesinato provoca alucinaciones a quien lo cometió.
57.- Macario (1959), de Roberto Gavaldón. Un pobre campesino desea comerse algo él solo, sin compartirlo con sus hijos. Su esposa roba un guajolote y él va al bosque a comérselo. Se le aparecen Dios y el diablo, a los que no les convida. Sólo a la muerte, quien le da un regalo en recompensa.
58.- La Llorona (1933), de Fernando de Fuentes. Adaptación al mito mexicano más famoso de todos los tiempos.
59.- El mundo de los vampiros (1960 o 1961), de Alfonso Corona Blake. Pretendía ser la tercera parte de El vampiro. Esta vez, es el conde Sergio Subotai el voraz vampiro al que se debe combatir.
60.- Tintorera (1972), René Cardona Jr. Terror oculto. Cuerpos mutilados aparecen en las playas de Cancún. El responsable, un hambriento tiburón. En su momento, se aseguró que habían utilizado cuerpos humanos para darle realismo a la cinta.
61.- La señora muerte (1967), de Jaime Salvador. Una desfigurada mujer ordena a un grupo de científicos que secuestren a hermosas jóvenes para implantarle sus partes y así lograr ser bella otra vez.
62.- Ella, Lucifer y yo (1952), de Miguel Morayta. Un hombre desesperadamente enamorado vende su alma al diablo con tal de ganar el amor de una hermosa cantante.
63.- El hombre y el monstruo (1959), de Rafael Baledón. Un pianista desesperado cambia su alma a cambio de talento. La letra pequeña del contrato dice, sin embargo, que cada vez que interprete una melodía, se transformará en monstruo.
64.- El jinete de la muerte (1980 o 1981), de Federico Curiel. Un gallero se convierte en emisario de la muerte. Él debe llevarle las almas de los recién fallecidos.
65.- La muerte enamorada (1951), de Ernesto Cortázar. Comedia. La muerte llega por un agente de seguros al que todo le ha salido mal. Durante su vida, prometió entregar tantos años con tal de revertir su suerte. El hombre pide un favor: unos días más para disfrutar de su familia; ella accede con la condición de vivir con él para vigilarlo.
66.- El barón del terror (1961), de Chano Urueta. Un criminal hereje es condenado a la hoguera, pero antes de morir maldice a sus ejecutores. Doscientos años después regresa para vengarse, asumiendo la identidad de un extraterrestre que devora cerebros.
67.- Museo del horror (1963), de Rafael Baledón. Varias mujeres desaparecen misteriosamente, lo que provoca pánico en la ciudad. Todo parece apuntar hacia un museo de cera, cuyas figuras son impactantemente reales.
68.- Autopsia de un fantasma (1966 o 1968), de Ismael Rodríguez. Comedia. Un fantasma es condenado a vagar por una casona hasta que no encuentre el amor verdadero.
69.- Ángeles y querubines (1971), de Rafael Corkidi. Historia de vampiros con impecable fotografía. Una mujer vampiro seduce a un hombre, sólo para entregarlo a una impactante dama: el demonio.
70.- La cámara del terror (1972), de Jack Hill y Juan Ibáñez. Presencia del actor Boris Karloff en el cine mexicano. Un científico prueba en mujeres jóvenes una piedra que modifica las emociones humanas.
71.- Dimensiones ocultas (El secreto de la ouija) (1989), de Rubén Galindo. A los 17 años, un joven recibe un singular regalo: una ouija con la que hace contacto con un espíritu.
72.- Ladrones de tumbas (1989), de Rubén Galindo Jr. Un grupo de profanadores de tumbas encuentra una cripta donde está enterrado un inquisidor español que trató de engendrar al hijo del diablo. Al sacarle el hacha que tiene clavada en el pecho, revive en busca de una virgen para consumar su plan.
73.- Cementerio del terror (1985), de Rubén Galindo. Versión nacional de Evil Dead. Unos jóvenes juegan con magia negra y por error reviven a un cruel asesino.
74.- Espiritismo (1961 o 1962), de Benito Alazraqui. Una dolorida madre le pide un favor al demonio: que reviva a su hijo.
75.- Santo en la venganza de la momia (1970), de René Cardona. En una expedición por ruinas mayas, un cruel sacerdote, que fue enterrado vivo, regresa del más allá.
76.- El imperio de Drácula (1966 o 1967), de Federico Curiel. Éric del Castillo interpreta eficientemente al Barón Draculstein.
77.- La huella macabra (1963), de Alfredo B. Crevenna. Continuación de El rostro infernal, contiene tres historias: El beso de la muerte, El murciélago fantasma, y la que da nombre a la película.
78.- Los diablos del terror (1959), de Fernando Méndez. En Nuevo México, aparece un grupo de jinetes enmascarados con formas de demonios.
79.- Misterios de ultratumba (1958 o 1959), de Fernando Méndez. Dos médicos amigos se hacen la promesa de que el primero que muera regresará a contarle al otro los misterios del más allá. Cuando uno muere, comienza una serie de asesinatos y posesiones.
80.- El ataque de los pájaros (1987), de René Cardona Jr. Una reportera y su novio investigan el violento comportamiento de unas aves; entonces son atacados por éstas.
81.- El ahijado de la muerte (1946), de Norman Foster. Un niño crece presumiendo un regalo sobrenatural: su madrina y protectora es la misma muerte.
82.- La cabeza viviente (1961), de Chano Urueta. Unos arqueólogos encuentran una tumba azteca, con una cabeza perfectamente conservada y la momia de una princesa. La cabeza comenzará a castigar la profanación.
83.- Satánico Pandemonium (1973 o 1975), de Gilberto Martínez Solares. En 1679, una monja es violada en un convento y poseída por el demonio.
84.- Chanoc contra el Tigre y el Vampiro (1972), de Gilberto Martínez Solares. El popular héroe de acción tendrá que enfrentar a un feroz tigre, mientras es perseguido por el Conde Franquenhausen, un sanguinario vampiro.
85.- Vacaciones del terror (1988), de René Cardona III. Una bruja que fue quemada maldice al pueblo. Deja una muñeca y un amuleto. Tiempo después, un matrimonio recibe una casa como herencia. Su pequeña hija es poseída por el espíritu de la bruja, que, por medio de la muñeca, continúa sus ritos de maldad.
86.- Las visitaciones del diablo (1967), de Alberto Isaac. Un joven arquitecto regresa de Europa para vivir en la casa de sus tíos. Ahí, alguien finge ser el diablo.
87.- La daga del diablo (2005), de José Medina. Una daga usada por una secta satánica para realizar sacrificios humanos durante la Colonia, posee una antigua maldición.
88.- Bajo la sal (2008), de Mario Muñoz. Un policía es enviado a investigar una serie de crímenes ocurridos en las inmediaciones de una salinera. Lo que encontrará supera su razón.
89.- El (1952), de Luis Buñuel. El acoso, la desesperación, el síndrome de persecución y la angustia llevados magistralmente al extremo.
90.- El ángel exterminador (1962), de Luis Buñuel. Varios matrimonios de la alta sociedad quedan atrapados de forma misteriosa en una casa, tras una fiesta. Al pasar los días, el encierro provoca que su parte animal emerja.
91.- El esqueleto de la señora Morales (1959), de Rogelio A. González. Un taxidermista se venga de su dominante esposa y la asesina, la destaza y conserva su esqueleto.
92.- Los confines (1987), de Mitl Valdés. Espléndida, desconcertante, llena de imágenes oníricas, espectrales y grises, echa mano de los lamentos y los ecos para transportar a la pantalla los cuentos de Juan Rulfo Diles que no me maten y Talpa, así como un fragmento de Pedro Páramo.
93.- Ladrón de cadáveres (1956), de Fernando Méndez. Sin lugar a dudas, la mejor película del género. Mezcla a la perfección la trama sobrenatural con la lucha libre mexicana, logrando escenas impactantes, como un rostro desfigurado.
94.- La zona (2007), de Rodrigo Plá. Familias de la alta sociedad, cansadas de la delincuencia, se mudan a vivir a una ciudad de lujo, amurallada. Tres ladrones logran entrar, lo que desata una cacería donde los límites entre el bien y el mal simplemente no existen.
95.- La herencia de La Llorona (1946 o 1947), de Mauricio Magdaleno. Un joven regresa a su casa, una antigua hacienda cuidada por su madre y su abuela. Al querer apoderarse de la propiedad, comienzan a escucharse unos profundos y doloridos sollozos.
96.- Los vampiros de Coyoacán (1973), de Arturo Martínez. Cinta de luchadores cuyo principal atractivo es el de disfrutar por última vez a Germán Robles en el papel de un legendario vampiro.
97.- Mary, Mary, Bloody Mary (1974), de Juan López Moctezuma. Una visión diferente, surrealista y asfixiante del vampirismo en esta coproducción México-Estados Unidos.
98.- El río de las ánimas (1964), de Juan José Ortega. Una extraña mezcla de cine de horror con tintes fantásticos, que en realidad es un western que presume a Germán Robles como actor.
99.- El pantano de las ánimas (1956), de Rafael Baledón. Western donde dos vaqueros se enfrentan a un monstruo en un apartado lugar.
100.- Los cachorros (1973), de Jorge Fons. Basada en la novela de Mario Vargas Llosa, un niño es castrado por un perro y crece en medio de traumas y severos conflictos. Una magnífica obra psicológica.

Foto: Alucarda
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Por Carlos Eduardo Díaz
Bastaba con que la cámara se acercara a sus ojos para que el cine se llenara de suspiros. No era necesario nada más. Aquella joven se apoderaba de la pantalla y lo demás era lo de menos. Su mirada amplia, sus pestañas rizadas y perfectamente definidas, su cabellera recién peinada, jamás demasiado larga ni demasiado corta, sus cejas de capricho, sus labios abultados, sus mejillas tan tersas que parecían imposibles, coronaban uno de los rostros más hermosos no sólo de la pantalla grande, sino del país entero.
Carmen Yolanda Sáinz Reyes nació el 30 de marzo de 1930 en la ciudad de México. Desde muy joven comenzó a estudiar ballet en el Instituto Nacional de Bellas Artes, en aquellas épocas cuando el gran Salvador Novo era el amo y señor de la institución.
Gracias a su talento natural y a su inusitada simpatía, logró ingresar a muy temprana edad a la industria fílmica. Tenía 16 años cuando debutó en Recuerdos de mi valle, dirigida por Miguel Morayta. La película se conoció también con dos nombres alternativos: Desamor y El valle de mis recuerdos.
Su entrada fue por la puerta grande, pues el elenco de la cinta incluía actores y actrices consagrados, como Andrés Soler, Crox Alvarado, Emma Roldán, Víctor Manuel Mendoza y Rafael Muñoz “El Enano Santanón”, quien años después usaría el disfraz de “El Zorrillito Apestoso” en las versiones para cine de Caperucita Roja.
Su debut fue todo un éxito, sin embargo tuvo que esperar tres años para participar en otro rodaje. La paciencia le dio un premio. En 1949 es elegida por el genial director Miguel Zacarías para actuar en Escuela para casadas, una comedia de situaciones con Luis Aldás a la cabeza. El reparto era de primer nivel: Rosario (Charito) Granados, Queta Lavat, Leticia Palma, Silvia Pinal, Óscar Pulido y Jorge “Che” Reyes.
Luego, vinieron un par de cintas que no trascendieron demasiado: Prefiero a tu papá, en 1952 y, al año siguiente, Acuérdate de vivir. En la primera, actuó bajo las órdenes de Roberto Rodríguez, alternando con el enorme e imponente don Fernando Soler, Emilia Guiú, Joaquín Cordero y dos entrañables actrices: Amelia Wilhelmy y Delia Magaña, quienes unos años antes habían interpretado al hilarante dueto de “La Guayaba” y “La Tostada” en Nosotros los pobres y Ustedes los ricos.
En Acuérdate de vivir, de Roberto Gavaldón, la joven Yolanda enfrenta su primer reto actoral: no ser opacada por las consumadas y famosas Libertad Lamarque y Carmen Montejo.
La experiencia fue fructífera y de gran aprendizaje. Si ya en Prefiero a tu papá se había lucido con su memorable actuación, ahora, las enseñanzas que adquirió de parte de aquellas grandes figuras le sirvieron para consagrarse definitivamente en su siguiente proyecto, de la mano de Ismael Rodríguez, el director de cabecera de Pedro Infante.
Rodríguez tenía el deseo de juntar en una película a los dos grandes charros del cine nacional: Jorge Negrete y el mismo Infante. Parecía un imposible. Ambos gozaban de la fama justamente ganada y existía una rivalidad natural de por medio. Pedro se sentía intimidado ante la potente voz de Negrete, en tanto que Jorge se encelaba por el gran arraigo del que Infante gozaba entre el público.
La tarea no fue sencilla. El guión sufrió diversas modificaciones. Jorge aseguraba que Pedro tenía más peso por ser amigo íntimo del director. Infante exponía los mismos argumentos, con la diferencia de que consideraba que el papel de Negrete tenía más relevancia por tratarse no sólo de “El charro cantor”, sino del mismísimo fundador y secretario de la Asociación Nacional De Actores.
Además de dirigir la cinta, Ismael Rodríguez escribió el argumento junto con Carlos Orellana, quien interpretó al simpático árabe Don Elías. Ambos lograron el milagro: balancear la trama de modo que los dos celosos actores por fin estuvieron conformes.
El resultado fue una de las mejores películas en la historia del cine mexicano, y sin duda la mejor comedia ranchera de todos los tiempos: Dos tipos de cuidado, que se filmó en agosto de 1952 y se estrenó el 5 de noviembre del año siguiente en los importantes cines Mariscala.
En la cinta, Yolanda interpreta a María, la hermana de Jorge Bueno y novia de Pedro Malo. A su belleza personal, le sumó la belleza de su personaje. En una de las escenas más recordadas, Jorge y Pedro bailan “de a cachetito” con sus respetivas novias. Yolanda luce su hermosura con orgullo, pero no con altivez. Se trata de una joven en plenitud, poseedora de una mirada que hiere de tan bella.
El baile, lento y armonioso, es amenizado por la voz de los dos protagonistas, pero también de las dos actrices protagónicas: Carmelita González y la misma Varela. Pocas veces se ha logrado una escena tan íntima y tan tierna a la vez, que destaca también por la letra de la canción, la cual hace alusión al gozo por sentir junto, muy junto, el cuerpo de la persona amada. “Qué dicha es tener así, mi cielo, sintiendo tu corazón latir, bebiendo con ansiedad tu aliento, quemándome en tu mirar feliz. Hay gente que de dolor se muere, celosa de carecer de amor, qué importa la gente así, si Dios te ha traído a mí. Que se haga la voluntad de Dios”.
Esta película significó un parte aguas definitivo en la carrera de Yolanda. En 1954, el Directorio Artístico Mexicano decía de ella: “Mide 1.69 y pesa 56 kgs.: de ojos café claro, pelo castaño claro, tez apiñonada, siendo su boca pequeña y su nariz recta (…) Esta simpática artista gusta de los deportes, de los cuales prefiere la natación y equitación. Carmen Yolanda domina a la perfección el baile internacional”.
Las ofertas comenzaron a llegarle por diversos medios. Filmó ¿Mujer… o fiera?; Al diablo las mujeres (Por culpa de una mujer); La sombra de Cruz Diablo, que retomó el antiguo personaje de un diestro espadachín muy famoso en el cine de episodios; La fuerza de los humildes y Lo que le pasó a Sansón.
En esta última, protagonizada en 1955 por Germán Valdés “Tin Tan”, su vida personal cambió para siempre. El productor, Fernando de Fuentes Reyes, se enamoró perdidamente de ella, y tras cinco años de noviazgo, contrajeron nupcias el 11 de marzo de 1960.
Yolanda había entrado a una destacada familia dedicada por entero al cine. No sólo su marido estaba involucrado en la industria, sino que su suegro, Fernando de Fuentes (quien falleció en 1958), era un importante director, pilar de la cinematografía nacional. Fue él quien dirigió clásicos inmortales como El compadre Mendoza (1933), ¡Vámonos con Pancho Villa! (de 1935, y considerada por algunos críticos como la mejor película mexicana de todos los tiempos), Cruz Diablo (1934), Allá en el rancho grande (que en 1936 inauguró la comedia ranchera), ¡Así se quiere en Jalisco! (1942), Doña Bárbara (1943), Jalisco canta en Sevilla (1949), Crimen y castigo (1951) y Los hijos de María Morales, en 1954, entre muchas más. Además, fue productor, escritor y editor.
Su marido, Fernando de Fuentes hijo, por su parte, produjo decenas de cintas, entre ellas No me defiendas compadre, Las locuras de Tin Tan, El Sultán descalzo, Juan sin miedo y Los Beverly de Peralvillo.
Para Yolanda, la vida no podía ser mejor. Su carrera no dejaba de ascender, su belleza traspasaba fronteras, su talento crecía, su vida personal era un verdadero cuento de hadas.
En 1957 había sido nominada al Ariel como mejor actriz por la película Los amantes. La terna incluía a Lilia Prado, por la cinta Talpa y a Silvia Pinal, quien resultó la ganadora gracias a Locura pasional. Para muchos, sin embargo, Yolanda fue la verdadera triunfadora, pues Silvia había perdido el Ariel un año antes, cuando protagonizó Un extraño en la escalera.
Esta pérdida no le importó. Su talento y la luz de su mirada eran conocidos en prácticamente todo el continente. Prueba de ello es que, años antes, el Comité Ejecutivo de la Feria de Octubre de 1949 (realizada en Perú) le confirió el título de Reina de la Simpatía y del Encanto Azteca.
Una de sus actuaciones más gratamente recordadas la realizó en 1956, cuando encarnó a la bellísima novia de Víctor Valdés, personaje interpretado por Pedro Infante en Escuela de rateros. Esta cinta, dirigida por Rogelio A. González, también pasaría a la historia por otra razón: fue la tercera película a color que protagonizó Pedro y la última que completó antes de su trágica muerte. Escuela de rateros es una divertida cinta sin pretensiones, con un entretenido guión basado en los enredos, en las confusiones, en la comedia de situación. Cine absolutamente blanco, inocente, que hacía reír sin necesidad de malas palabras ni albures. Justo como fue la carrera de Yolanda.
En 1965 participó en su penúltima película, que resultó ser una de las más trascendentes: El niño y el muro. Coproducción española realizada en Berlín, en uno de los momentos más tensos entre las dos Alemanias. La trama es tierna y reflexiva. Yolanda es la madre de Dieter, un pequeño de cinco años que vive en Berlín Occidental y lleva mucho tiempo ahorrando para poder comprarse la pelota que tanto desea. Cuando por fin la tiene, y al jugar con ella, por accidente la lanza al otro lado del muro. Ahí, Martha, una niña de su misma edad, la encuentra y se niega a devolvérsela. Para convencerla, Dieter le regala su ratón. Así, por medio de un agujero en la muralla, ambos entablan una profunda relación de amistad que ni las disputas políticas de su país dividido pueden terminar.
La cinta obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival del Mar de Plata de 1965, y en el Festival de Valladolid, España, recibió la Carabela de Plata.
Yolanda también incursionó en televisión, con la comedia “Las 5 advertencias de Satanás”. Transmitida por Canal 4, era encabezada por Fernando Soler y sus Comediantes, y basada en la divertida y homónima obra de teatro escrita por Enrique Jardiel Poncela.
Su legado cinematográfico es amplio y variado. También con Luis Aguilar actuó en El 7 leguas; después participó en Con quién andan nuestras hijas, con Silvia Derbez; El Sultán descalzo, La casa del terror y Locos peligrosos con “Tin Tan”; ¡Viva la juventud!, al lado de Andy Russell y María Victoria; La torre de marfil, con Ernesto Alonso; Escuela de rateros, junto a Pedro Infante; Quiero ser artista, con Adalberto Martínez “Resortes”; Isla para dos, en compañía de Arturo de Córdova; y La hermana blanca, con un elenco de lujo: Manuel Arvide, Doña Prudencia Grifell y Andrea Palma.
Su última intervención en la pantalla grande fue en la película Departamento de soltero, en 1971, bajo la dirección de René Cardona Jr. Ahí, luce la plenitud de su rostro, maduro y luminosamente bello, al lado del galán por excelencia, Mauricio Garcés.
Entonces, luego de 33 películas importantes más participaciones especiales, se retiró a disfrutar de su familia: su esposo, quien falleció el 25 de octubre de 1991, y sus cuatro hijos, Yolanda, Gabriela, Fernanda y Fernando, este último también dedicado a la industria; ha producido Magos y gigantes, El agente 00-P2 y la serie de televisión El chavo animado. Yolanda siempre disfrutó la vida en familia. De hecho, desde muy joven se hizo cargo de sus hermanos hasta sacarlos adelante.
En 1988, la actriz apareció brevemente en la película Diana, René y El Tíbiri, que protagonizaron Pedro Armendáriz hijo, Lucha Villa y Humberto Zurita. Pero fue todo. El resto de su vida la transcurrió prácticamente sin vida pública, sin escándalos ni manchas en su espléndida carrera.
El 29 de agosto de 2009, murió Yolanda Varela, a los 79 años. No sólo nos dejó un legado cinematográfico inmortal, sino, más importante, el testamento duplicado de su vida: la maestría de su talento y el don terrenal de su belleza inigualable.

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Por Carlos Eduardo Díaz
Tal vez jamás alcanzó la clasificación de estrella, pero nunca le hizo falta. Su verdadera estrella fue el cariño de su público que lo reconocía, lo recordaba, le entregaba una fervorosa simpatía donde lo encontraba. Su personalidad era simpática, bonachona. Su personaje, entrañable, parte indispensable en la historia de la comicidad mexicana. Sus frases, sencillamente, inmortales. “Ha llegado la hora cuchi cuchi, ha llegado la hora chimengüenchona, la hora ya vas que chutas”. “Beto el Boticario” nació en Monterrey, Nuevo León. El 19 de agosto cumpliría 82 años de vida.
Fue en la Sultana del Norte donde vio la primera luz el niño Roberto Ramírez Garza, que en su segundo apellido llevaba la pertenencia a una ciudad repleta de Garza, De los Garza y De la Garza.
Su profesión le vino por herencia. Fue hijo de Roberto Ramírez “El Conde Boby”, un genial imitador, ventrílocuo y cómico de vena alburera, como lo requería el trabajo en las carpas y en las caravanas artísticas en las que participaba. Cuenta una historia que era tan grande el amor que “El Conde Boby” sentía por su oficio, que una vez que perdió la cabeza de su muñeco, él perdió también la suya y se volvió loco. El joven Beto recibió también este legado, pues años después admitiría que toda su vida vivió de hacerse el loco.
Lo cierto es que, aunque nunca olvidó sus orígenes regiomontanos, fue la ciudad de México la que labró su destino. Aún era muy joven cuando encontró trabajo cerca de su nueva casa, en la popular colonia Nativitas. Sin experiencia, ejerció el digno oficio de “chin chin” en una botica, antecesora de las actuales farmacias. Beto nunca trabajó detrás del mostrador atendiendo a los clientes. Su trabajo era más bien sencillo: barría el local. Pero el hecho de trabajar en este sitio fue suficiente para que sus amigos lo apodaran “El Boticas”.
En 1952 emigró a la ciudad de Tijuana, como integrante del grupo “Los Braceros”, conjunto que se desintegró al poco tiempo, a pesar de haber alcanzado cierta fama. Entonces, alejado de su familia, con la necesidad a cuestas y con el gusto por los escenarios ya metido en la sangre, decidió abrirse camino por sus propios méritos: inició su carrera como mago, sin nunca haber recibido la apropiada instrucción para ello.
Tiempo después, así recordaría sus inicios: "Por supuesto que con ese aprendizaje desde un principio empecé a cagarla; es decir, nada de poses serias, actitudes mamonas y trucos complicados, sino un cuate en plan cotorro y chambón, como quien dice, “Beto el Boticario”, para servir a ustedes”.
Esto fue verdad. Desde un principio, su carrera como mago se alejó de lo convencional. La primera vez que se presentó en público, en la ciudad de Mexicali, el anunciador le preguntó cuál era su nombre de batalla, para introducirlo con los asistentes. Después de pensarlo, contestó: “Don Beto”, mote que utilizó poco tiempo, pues sólo a él le convencía.
Fue un par de años después cuando, ya en una caravana artística, un cómico amigo suyo (cuya identidad nunca reveló) le dijo que el nombre de “Don Beto” no emocionaba a nadie. Necesitaba algo diferente, original, que se quedara en la mente de los espectadores. Entonces recordó su viejo apodo de barrio, “El Boticas”. No necesitó mucho para encontrar su mote inmortal, “Beto el Boticario”.
Cierta ocasión, al presentarse en la ciudad de Tijuana, ante un público nutrido por estadounidenses que cruzaban la frontera para disfrutar con libertad lo que en California estaba prohibido, su historia cambió para siempre.
El maestro de ceremonias se dirigía al respetable en inglés, naturalmente. ¿Cómo presentar al “Boticario”? La solución le pareció sencilla, lo llamó The Drugstore Keeper.
¿Quién? The Drugstore Keeper!, repetía el presentador. Dos, tres veces se escuchó aquel anuncio, pero el escenario continuó vacío. De pronto, Beto se dio cuenta de que se trataba de él, corrió y llegó tan de prisa que se tropezó con su material de trabajo ya dispuesto en el lugar. Todo fue un caos. Las cajas cayeron al piso, las jaulas con palomas y conejos rodaron, su mesa de trabajo dio vueltas, revelando los secretos de su magia. Se había arruinado… ¿o no?
El público no lo podía creer, guardó silencio mientras observaba aquel desastre… súbitamente, sin embargo, el lugar se llenó con aplausos, carcajadas, gritos de sorpresa y aprobación. Aquél era el mejor número cómico que jamás habían visto.
Esa noche, en Tijuana, los secretos de “Beto el Boticario” fueron descubiertos, pero él encontró el camino que lo llevaría a la fama: realizar “experimentos” chuscos, hilarantes, donde revelaba el truco como parte culminante de su presentación. También entendió que su nombre artístico era el correcto, ya que en sus números había de todo, como en botica de pueblo. Lo mismo hacía magia que cantaba, tocaba la guitarra, imitaba, contaba chistes y se lucía como ventrílocuo, en honor a su padre.
El cine siempre lo atrajo. Desde niño era un asiduo visitante. Cada domingo asistía al “cine de piojito”, el cual, los fines de semana, presentaba tres películas a precio de una, generalmente los nuevos episodios de series que se quedaban en suspenso durante siete días.
Así, al regresar a la ciudad de México, en 1956, quiso conocer este mundo maravilloso, por lo que acudió a los estudios CLASA (Cinematográfica Latinoamericana S.A.), aquella importantísima productora que había lanzado joyas como Vámonos con Pancho Villa, Calabacitas tiernas, Distinto amanecer, Salón México y La ilusión viaja en tranvía. Su sorpresa fue doble: primero, no lo dejaron entrar; después, gracias a su credencial de la ANDA, logró ingresar, sólo para descubrir… que no había nada.
Toda la acción se desarrollaba dentro de los foros, a donde no podía entrar porque estaban grabando. Desconsolado, se sentó en un pequeño jardín a contemplar la soledad y escuchar el silencio. En eso estaba cuando apareció de pronto el productor Paco Pro, quien después sería su compadre, y le preguntó si era actor. Como la respuesta fue afirmativa, le pidió que lo ayudara a realizar un casting a gente nueva a la que quería probar. Entre estos actores debutantes se encontraban Paco Michel y Alfonso Arau.
La ayuda que le solicitaba no tenía complicaciones: aprenderse un parlamento y decirlo con quienes realizarían la prueba. Sin embargo, esta pequeña actuación improvisada impactó al director Mauricio de la Serna, quien lo eligió para la película. La cinta se llamó El buen ladrón (1957) y su personaje, el “Charifa”. Su interpretación le valió el Ariel como Actor Revelación. Posteriormente, también un Heraldo. Ésta fue su segunda película. En la primera había aparecido brevemente: Caras nuevas, de Mauricio de la Serna (1956).
A partir de entonces, su carrera despegó. Participó en El cariñoso, al lado de Miguel Aceves Mejía; El hombre del alazán, con Fernando Casanova; Neutrón, el enmascarado negro, protagonizada por Wolf Ruvinskis; las hilarantes Suicídate mi amor, Tin Tan el hombre mono y La tijera de oro, con Germán Valdés “Tin Tan”; Guantes de oro, estelarizada por Álvaro Ortiz y Rodolfo “Chango” Casanova; Aventuras del látigo negro, secundando a Julio Alemán; A ritmo de twist, con Manuel “Loco” Valdés; Santo contra el rey del crimen, Santo contra el cerebro diabólico y La venganza de las mujeres vampiro, con Rodolfo Guzmán Huerta mejor conocido como “Santo, el enmascarado de plata”; Alias El Rata, con el inigualable Eulalio González “Piporro”; El aviso inoportuno, alternando con la dupla Enrique Cuenca-Eduardo Manzano, “Los Polivoces”; la estupenda El águila descalza, de Alfonso Arau… y así hasta completar más de 85 en que participó.
Su última aparición en la pantalla grande fue en 1990, en la cinta …Y melón se comió las plumas, película desde luego alburera, protagonizada por Guillermo de Alvarado “Condorito”, José Natera, Polo Ortín y Leticia Perdigón.
Pero, sin duda, su gran permanencia entre el público se la debe a un programa de televisión al que él mismo bautizó como La carabina de Ambrosio. El nombre alude a algo que no sirve para nada, o bien, que no funciona para lo que fue ideado. El dicho “Ser como la carabina de Ambrosio” nació en el siglo XIX gracias a un salteador de caminos sevillano llamado precisamente Ambrosio, quien para sus atracos utilizaba una carabina que no estaba cargada con pólvora, sino con fibras de cáñamo.
El programa, en cambio, funcionó de maravilla y se mantuvo al aire entre 1978 y 1987. Producido por Humberto Navarro, se anunciaba como “Un show cómico-mágico-musical”.
La labor de Beto era interrumpir al anfitrión poco después de que comenzara a cantar. Así, ni César Costa, ni Gualberto Castro, ni Fito Girón ni Manolo Muñoz lograron terminar jamás una canción, pues entraba a escena “El Magazo”, “Beto el Boticario”, siempre entre una espesa nube de hielo seco.
“Ha llegado la hora de levantar el raiting”, “Ha llegado la hora que todos esperaban, la hora cuchi cuchi, la hora chimengüenchona, la hora quítate que ai te voy…”. Su ayudante, la bailarina brasileña Gina Montes, enfundada en reveladoras vestimentas, traía el material que el maestro utilizaría. Él siempre agradecía en inglés: “Thank you”; ella, siempre contestaba… bueno, sólo contestaba: “Denankiu”, seguido por una coqueta risa. Para aumentar el misterio, en ocasiones usaba un mítico lenguaje a base de la letra “F”. “Gifinafa, lafas cofosafas defel mafagafazofo”.
Sus trucos de magia eran cómicos. Siempre revelaba el secreto. Algunos de sus números se volvieron clásicos, como “El Globo”, cuando, luego de inflarlo, lo sostenía con dos dedos, y mientras dejaba escapar el aire y el globo se desinflaba, con su otra mano hacía ademanes mágicos. Al final, el globo se desinflaba por completo, ante la risa de todos, y él exclamaba: “¡Qué chulada de truco!”.
Otro de los inolvidables era la aparición de una paloma. Para eso, pedía a gritos: “¡Una jaula, una jaula!”. Alguien gritaba fuera de escena: “¡No hay jaula!”. “¿No hay jaula? Entonces… ¡no hay paloma!”.
Al finalizar su participación, solía decir algo como “Ahora sí, a cobrar la pachocha”, “¡Qué grande eres, magazo, y tan poco que te pagan!”.
Beto también participó en el programa Siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco. Ahí, aparecía siempre al ritmo de la pieza musical que lo identificaría de por vida: “Angel”, de Wes Montgomery, interpretada por la orquesta de Gustavo Pimentel alias “El Zopilote”.
Durante una entrevista, así reviviría aquellos tiempos: “Recuerdo muy bien cuando en 1972 Raúl Velasco me pidió que me integrara a su programa, ya que en ese tiempo la madre de mis hijas, Gloria, agonizaba debido a una larga y penosa enfermedad. Moralmente destrozado, rechacé la oferta de Raúl, pero fue la misma Gloria la que me ordenó aceptar, diciéndome que eso me iba a ayudar mucho. Y dicho y hecho, monté una rutina y luego pa'l real, me saludaban hasta en los camiones y me dieron un diploma porque me aventé 86 programas ininterrumpidos”.
Sus anteojos, parte vital de su personaje, eran falsos: sólo usaba el armazón. Así era su personalidad: cómica ligera. Así también lo recordó el “Piporro” en su autobiografía, en aquellos tiempos cuando trabajaban en el elenco del Teatro Iris:
“Te voy a dar un chiste para que lo cuentes en tu rutina – me dijo ‘Bertoldo’ (como siempre lo llamé) en una de aquellas funciones que compartíamos. Palabra que me pareció bueno el chascarrillo, pero cuando lo conté ante el público, pues simple y sencillamente… ¡no pasó nada! Al terminar mi presentación y salir del escenario, encontré al ‘Boticario’ que había estado ‘entre cajas’ observando mi actuación muerto de la risa y más cuando le informé sin ocultar mi frustración: ‘Fíjate que el chiste que me contaste, no me pegó cuando lo dije…’. ‘Yo lo había contado antes – me respondió – y tampoco se rió nadie… por eso te lo di… a ver si a ti sí”.
Con "Piporro" y Manuel Tamez "Régulo"
Su última aparición en televisión fue en la telenovela Gotita de amor, en 1998. Al año siguiente, participó en el video de la canción Tú necesitas, de Aleks Syntek.
Con esa vocación que le vino por herencia, con ese amor por la magia y por la comicidad, con esa sangre ligera, amable, llena de bondad, aseguraba que desde niño su destino se había trazado. “De pequeño, me decían Betito, el Maguito. De joven, me llamaban Betoa, el Magoa. De grande, me veían por la calle y decían: ahí va Betazo, el Magazo. Ahora ya nada más me dicen Betón…”.
El 28 de julio de 2009, murió Roberto Ramírez Garza, a los 81 años, víctima de complicaciones cardiovasculares. Pero “Beto el Boticario” sigue vivo. Su mejor truco fue meterse muy adentro del corazón de la comedia mexicana.
“No me molesta que me hayan encasillado en el personaje del ‘Magazo’, ya que ese señor es, valga la redundancia, mío de mí, es decir, soy yo y no hay más, y si los hay, pues son imitaciones pinchonas".
Por supuesto que así es y seguirá siendo. Cómo negarlo. ¡Magazo!

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Una encuesta ha revelado cuáles son las diez mejores frases del cine, según los participantes. Esta lista, sin embargo, es escueta, y deja fuera a muchas muy importantes. Por eso, ahora les presentamos algunas de las mejores y más memorables frases de película. Opinen y aporten sus favoritas.
La lista de las mejores diez quedó de la siguiente manera:
1.- “Luke, yo soy tu padre”. Darth Vader (Star Wars II: The empire strikes back)
2.- “Espejito, espejito, ¿quién es la más bonita del reino?”. Reina (Blancanieves y los siete enanos)
3.- “¿No deberías sentirte afortunado, vago?”. Clint Eastwood (Harry el sucio)
4.- “Tócala otra vez, Sam”. Humphrey Bogart (Casablanca)
5.- “Hola, Clarice”. Anthony Hopkins (El silencio de los inocentes)
6.- “¡Más potencia, Scooty!”. William Shatner (Startrek)
7.- “Francamente, querida, me importa un bledo”. Clark Gable (Lo que el viento se llevó)
8.- “Si lo construyes, ellos vendrán”. Kevin Costner (Campo de sueños)
9.- “Toto, creo que ya no estamos en Kansas”. Judy Garland (El mago de Oz)
10.- “Señora Robinson, está usted intentando seducirme, ¿verdad?”. Dustin Hoffman (El graduado)
Algunas inolvidables:
"Si hubieras mantenido mi amistad, los que maltrataron a tu hija lo hubieran pagado con creces. Porque cuando uno de mis amigos se crea enemigos, yo los convierto en mis enemigos". Marlon Brando (El padrino)
"Nuestro amor es como el viento, no puedo verlo, pero sí sentirlo". Shane West (Un paseo para recordar)
"Hay momentos en la vida en el que un hombre razonable debe admitir que ha cometido un error terrible... lo cierto es que yo nunca fui un hombre razonable". Ewan McGregor (Big Fish)
"Puede haber honor entre ladrones, pero nunca lo habrá entre políticos". Peter O´toole (Lawrence de Arabia)
"Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar". Al Pacino (El Padrino)
"Usted tampoco podría ser una alcachofa, porque incluso las alcachofas tienen corazón". Audrey Tautou (Amelie)
"Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad". Al Pacino (El precio del poder)
"Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder". Leonardo DiCaprio (Titanic)
“Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene... y es verdad”. Albert Finney (Big Fish)
"Este es, para mí, el mejor momento del día: cuando me masturbo en la ducha. A partir de aquí, todo va peor". Kevin Spacey (American Beauty)
"No voy a hacerte daño, Wendy, sólo voy a arrancarte tu jodida cabeza". Jack Nicholson (El resplandor)
"¡Al infinito y más allá!" Buzz Lightyear (Toy Story)

"Aquí Bridget Jones, diosa del sexo salvaje y con un hombre muy malo entre las piernas". Renée Zellweger (El diario de Bridget Jones)
"Si quieres que te diga la verdad... no sé si mi mujer me dejó porque bebía, o bebo porque mi mujer me dejó". Nicolas Cage (Leaving Las Vegas)
"Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes". Vanessa Bauche (Amores perros)
"No subestimes el poder del lado oscuro". David Prowse (El imperio contraataca)
"No permitas que nadie diga que eres incapaz de hacer algo, ni siquiera yo. Si tienes un sueño, debes conservarlo. Si quieres algo, sal a buscarlo, y punto. ¿Sabes?, la gente que no logra conseguir sus sueños suele decirles a los demás que tampoco cumplirán los suyos". Will Smith (En busca de la felicidad)
"A veces es más fácil vivir en la mentira". Tom Hanks (Atrápame si puedes)
"¿No los odias? Esos silencios incómodos. ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos? Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un p uto minuto y disfrutar del silencio". Uma Thurman (Pulp Fiction)
"El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía". Kevin Spacey (Sospechosos comunes)
"No me acuerdo de olvidarte". Guy Pearce (Memento)
“Puede que nos quiten la vida, ¡pero jamás nos quitarán... la libertad!". Mel Gibson (Braveheart)
"¿Ya terminaste?, porque me importa una mierda lo que sepas o no sepas... te voy a torturar de todos modos. No para obtener información. Es divertido para mí torturar a un policía. Puedes decir lo que quieras, pero yo ya lo he escuchado todo. Lo único que puedes hacer es rezar por una muerte rápida… que no vas a tener”. Michael Madsen (Reservoir Dogs)
"Siempre tendremos París". Humphrey Bogart (Casablana)
"Louis, éste es el comienzo de una gran amistad". Humphrey Bogart (Casablanca)
"El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos". Ingrid Bergman (Casablanca)
"Hamburguesas: la piedra angular de un desayuno nutritivo". Samuel L. Jackson (Pulp Fiction)
"No quiero necesitarte... porque no puedo tenerte". Clint Eastwood (Los puentes de Madison)
"Mi nombre es Bond, James Bond". Sean Connery (007 contra el Doctor No)

"¿De qué sirve confesarme si no me arrepiento?". Al Pacino (El Padrino III)
"Sólo soy una chica, delante de un chico, pidiéndole que la quiera". Julia Roberts (Notting Hill)
"Prefiero haber olido una vez su cabello, un beso de sus labios, una caricia de su mano, que toda una eternidad sin ella". Nicolas Cage (City of Angels)
"Sólo busco un momento que dure eternamente". Heath Ledger (Casanova)
“Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un gángster”. Ray Liotta (Buenos muchachos)
"Lo malo siempre es más fácil de creer". Julia Roberts (Pretty Woman)
"La vida no es más que un interminable ensayo de una obra que jamás se estrenará". Artus de Penguern (Amelie)
"La vejez es la única enfermedad de la que uno ya no espera jamás curarse". Everett Sloane (Ciudadano Kane)
“Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal, y como yo las hago”. Robert de Niro (Casino)
"Todos nos volvemos locos alguna vez". Anthony Perkins (Psicosis)
"Con tu permiso, me voy a casa, a tener un ataque al corazón". John Travolta (Pulp Fiction)
"Cuando van a cortarte el cuello, de qué te sirve preocuparte por la barba". Kokuten Kodo (7 samuráis)
"¡Soy el rey del mundo!". Leonardo DiCaprio (Titanic)
"Si nos roban a nuestros seres queridos, la forma de hacer que vivan más tiempo es no dejar de amarlos nunca. Los edificios arden, las personas mueren, pero el amor verdadero es para siempre". Rochelle Davis (El Cuervo)
"Señor, no es por vicio ni por fornicio, sino para dar un hijo a tu servicio". Marco Leonardi (Como agua para chocolate)
“Eres tan maravillosa que un hombre preferiría el infierno al cielo sólo por estar contigo”. Robin Williams (Más allá de los sueños)
"El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo? Pues... olvida el intelecto y escucha al corazón. Porque lo cierto es que vivir sin eso no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad... en fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo, porque si no lo intentas, no habrás vivido". Brad Pitt (¿Conoces a Joe Black?)
"Estoy a veinte minutos de allí. Llegaré en diez". Harvey Kitel (Pulp Fiction)
"Regresaré" (I'll be back). Arnold Schwarzenegger (Terminator)
"Al fin y al cabo, mañana será otro día". Vivien Leigh (Lo que el viento se llevó)
"He venido aquí esta noche porque me he dado cuenta de que quiero pasar el resto de mi vida con alguien. Y quiero que el resto de mi vida empiece ya". Billy Crystal (Cuando Harry conoció a Sally)
"¿Tú crees que dos amigos puedan tener una noche de sexo y al día siguiente seguir siendo amigos?". Meg Ryan (Cuando Harry conoció a Sally)
"Que la Fuerza te acompañe". Alec Guiness (Star Wars)
"Mi mujer es una alcohólica, la mejor persona que he conocido. Tiene 600 clases distintas de sonrisas... todas te iluminan la vida. Pueden hacerte reír a carcajadas. Así, sin más. Pueden hacerte incluso llorar. Así, sin más. Y eso sólo sus sonrisas". Andy García (Cuando un hombre ama a una mujer)
"¿Cuántas vidas vivimos?, ¿cuántas veces morimos? Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte, todos”. Sean Penn (21 gramos)
"Todo el mundo hace daño a todo el mundo, ésa es la condición humana". Dominic West (28 días)
"No seas el eslogan de nadie, porque tú eres poesía". Sandra Bullock (28 días)
"¡Espartanos! Desayunad bien, ¡pues esta noche cenaremos en el infierno!". Gerard Butler (300)
"Dios no está con nosotros porque odia a los idiotas". Clint Eastwood (El bueno, el malo y el feo)
"Los niños nunca deberían ir a la cama; cuando despiertan son un día más mayores". Johnny Deep (Descubriendo Nunca jamás)
"Hijo, cuando veas a una mujer guapa, sólo recuerda que en algún lugar hay alguien cansado de tirársela". Jude Law (Alfie)
"Odio cómo me hablas y también tu aspecto, no soporto que conduzcas mi coche ni que me mires así. Aborrezco esas botas que llevas y que leas mi pensamiento. Me repugna tanto lo que siento que hasta me salen las rimas. Odio, odio que me mientas, y que tengas razón. Odio que alegres mi corazón. Pero aún más que me hagas llorar. Odio no tenerte cerca y que no me hayas llamado. Pero sobre todo odio no poder odiarte, porque no te odio, ni siquiera un poco. Nada en absoluto". Julia Stiles (Diez razones para odiarte)
"Las cicatrices nos enseñan que el pasado fue real". Anthony Hopkins (Dragón rojo)
"¿Qué sabes tú del amor sublime? ¿Alguna vez has amado a una mujer hasta conseguir que emanara leche como si estuviera dando a luz al mismo amor y sólo pudiese alimentarlo o reventar? ¿Alguna vez has saboreado a una mujer hasta hacerla creer que podía quedar satisfecha sólo consumiendo la lengua que la había devorado? ¿Has amado de tal modo a una mujer que el sonido de tu voz en su oído provocara una explosión de placer de tal intensidad que sólo el llanto pudiese aliviar?". Johnny Deep (Don Juan de Marco)
"En la vida sólo hay cuatro cuestiones importantes: qué es sagrado, de qué está hecho el espíritu, por qué vale la pena vivir, por qué vale la pena morir. La respuesta a todas es la misma: el amor”. Johnny Deep (Don Juan de Marco)
"Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae". Gary Oldman (Drácula, de Bram Stocker)
"Te amo demasiado para condenarte". Gary Oldman (Drácula, de Bram Stocker)
"El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante. Lo que no significa alocadamente, sino disfrutando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental: el amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida". Robin Williams (La sociedad de los poetas muertos)
"No es personal, sólo negocios". Al Pacino (El Padrino)
"Amistad y dinero... agua y aceite". Al Pacino (El Padrino)
"Si hay algo seguro en esta vida, si la historia nos ha enseñado algo, es que se puede matar a cualquiera". Al Pacino (El Padrino II)
"No odies a tu enemigo... nubla tu buen juicio". Al Pacino (El Padrino III)
"No diré ‘no lloren’, pues no todas las lágrimas son amargas". Ian McEllen (El Señor de los Anillos: El retorno del rey)
“Veo gente muerta”. Haley Joel Osment (El sexto sentido)
"Pase lo que pase, sobrevive. Yo iré a buscarte. Por mucho que me cueste, por muy lejos que estés, te encontraré". Daniel Day-Lewis (El último de los mohicanos)
"Cobraré por matar japoneses, sioux, cheyennes, todo lo que usted me mande matar, pero a usted lo mataría gratis". Tom Cruise (El último samurai)
"Molly, no te imaginas… cuánto amor me llevo". Patrick Swayze (Ghost)
"Haz que se pregunten por qué sigues sonriendo". Kirsten Dunst (Elizabethtown)
"He aquí el mayor secreto que nadie conoce, he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote y el cielo del cielo de un árbol llamado vida, que crece más de lo que el alma puede esperar o la mente ocultar. Es la maravilla que mantiene las estrellas separadas. Llevo tu corazón, lo llevo en mi corazón". Cameron Diaz (En sus zapatos)
"Harry, no es bueno recrearse en los sueños y olvidarse de vivir". Richard Harris (Harry Potter y la piedra filosofal)
"No se ve bien más que con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos". Tom Hanks (Forrest Gump)
"La diferencia entre el predicador y yo es que el predicador trabaja para Dios... y yo soy Dios". Robert de Niro (Hombres de honor)
"Pelea no bueno, pero si tener que pelear, gana". Pat Morita (Karate Kid)
"¿Es que no entiendes que todo lo que he hecho lo he hecho por ti? ¿Que todo lo que hay de especial en mí eres tú?". Ethan Hawke (Grandes esperanzas)
"Ella sólo te romperá el corazón. Es un hecho. E incluso, aunque te prevenga, aunque te garantice que ella sólo te lastimará horriblemente, tú la perseguirás... ¿no es maravilloso el amor?". Anne Bancroft (Grandes esperanzas)
"Dame tu mano. ¿Sabes qué es esto? Es mi corazón... y está roto. ¿Puedes sentirlo?". Ethan Hawke (Grandes esperanzas)
"Si le soy sincero, estoy considerando muy seriamente el comerme a su esposa". Anthony Hopkins (Hannibal)
"La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento". Will Smith (Hitch)
"No inventes, no engañes, no robes ni bebas; pero si inventas, invéntate un mundo mejor; si engañas, engaña a la muerte; si robas, róbate un corazón, y si bebes, bébete los mejores momentos de tu vida". Will Smith (Hitch)
"¿A eso le llamas suplicar?, ¡puedes hacerlo mucho mejor!". Uma Thurman (Kill Bill)
"Lo que aquí se ha planteado es: ¿cuánto es lo bastante borracho? Y la respuesta es: que depende de las células del cerebro. Con cada vaso de licor que tomas, acabas con cientos de esas células. Pero eso no importa mucho, porque tenemos millones. Primero mueren las de la tristeza, así que estás sonriente. Luego mueren las del silencio y todo lo dices en voz alta, aunque no haya ninguna razón. Pero eso no importa, porque después mueren las de la estupidez y hablas con inteligencia. Y por último, las células de los recuerdos. Ésas son difíciles de matar". Matt Damon (Bagger Vance)
"Me olvidaba decirte que… que tengo unas ganas de hacerte el amor que no te puedes imaginar, pero esto no se lo diré a nadie, sobretodo a ti. Deberían torturarme para obligarme a decirlo. Que quiero hacer el amor contigo no sólo una vez, sino cientos de veces, pero a ti no te lo diré nunca, sólo si me volviera loco te diría que haría el amor contigo aquí, delante de tu casa, toda la vida". Roberto Benigni (La vida es bella)
"Algunas personas oyen su voz interior y viven sólo de lo que escuchaban. Esas personas se vuelven locas. O se convierten en leyenda". Tantoo Cardinal (Leyendas de pasión)
"Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí... De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas... Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti... Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos... Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya". Meryl Streep (Los puentes de Madison)
"Estoy perdida, ¿eso tiene arreglo?". Scarlett Johansson (Lost in translation)
"Tengo un cumplido estupendo para ti: puede que yo sea la única persona sobre la faz de la tierra que sepa que eres la mujer más fantástica de la tierra. Puede que yo sea el único que aprecie lo asombrosa que eres en cada una de las cosas que haces y en cómo eres con Spencer... Spens, y en cada uno de los pensamientos que tienes y en cómo dices lo que quieres decir y en cómo casi siempre quieres decir algo que tiene que ver con ser sincero y bueno. Y creo que la mayoría de la gente se pierde eso de ti, y yo les observo preguntándome cómo pueden verte traerles su comida y limpiar sus mesas y no captar que acaban de conocer a la mujer más maravillosa que existe. Y el hecho de que yo lo capte, me hace sentir bien conmigo mismo". Jack Nicholson (Mejor… imposible)
"Dios hizo la Tierra redonda para que no pudiéramos ver el final del camino". Meryl Streep (África mía)
"Es más fácil aprender mecánica que conocer la psicología masculina. A una moto la puedes llegar a conocer a fondo, pero a un hombre, jamás". Carmen Maura (Mujeres al borde de un ataque de nervios)
"Ese momento cuando besas a alguien y desaparece todo lo que tienes alrededor, y lo único que existe eres tú y esa persona. Y te das cuenta de que esa persona es el único hombre al que debes besar el resto de tu vida y sientes por un momento algo realmente asombroso y quieres reír y también llorar. Te inunda la felicidad de haberlo encontrado y te invade el temor de perderlo al mismo tiempo". Drew Barrymore (Jamás besada)
"Oye, ¿y si probamos la acupuntura?, ¿tú crees que con agujas pueda curarse la infelicidad?". Cecilia Suárez (Sexo, pudor y lágrimas)
"La soledad me ha perseguido siempre. A todas partes. En los bares y en los automóviles, calles, tiendas... en todas partes. No tengo escapatoria. Soy el hombre solitario de Dios". Robert de Niro (Taxi Driver)
"Hasta la vista, baby!". Arnold Schwarzenegger (Terminator)
"Internet no es más que otro medio para ser rechazado por una mujer". Tom Hanks (Tienes un e-mail)
"Tienes un e-mail, sí, poderosas palabras". Tom Hanks (Tienes un e-mail)
"La gente dice que cambiar es bueno, pero lo que en realidad significa es que algo que no querías que pasara, ha ocurrido". Meg Ryan (Tienes un e-mail)
"He sido mejor hombre contigo como mujer de lo que nunca había sido con una mujer como hombre". Dustin Hoffman (Tootsie)
"Creí que éramos invencibles. Ahora sé que las cosas que hacemos a la gente que amamos no se olvidan y, para seguir juntos, no hay que olvidar, sino perdonar". Woody Harrelson (Una propuesta indecorosa)
"Tienes cuatro sonrisas, y una es sólo para mí". Kate Bosworth (El chico de mi vida)
"El amor no se acaba sólo porque no te vea". Julianne Moore (El ocaso de un amor)
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Por Carlos Eduardo Díaz
“El teatro dicen que es el pan de los pobres, porque muchas veces hemos trabajado sin que nos paguen un centavo”. ¿Trabajar sin recibir ni un centavo? ¿Y quién podría hacer una cosa semejante? Tal vez alguien profundamente enamorado de su trabajo; alguien que considere al escenario como su hogar, como su vida entera, como su cuna y lugar de nacimiento. Alguien que presuma de tener la actuación en la sangre, la risa en todo el cuerpo, los aplausos como motor de cada día. Alguien que cumpliera todo esto… alguien como Amparito Arozamena.
María Amparo Arozamena Sánchez nació el 24 de agosto de 1916, en la ciudad de México. La profesión que ejerció toda su vida le vino por herencia. Su padre fue un personaje enorme que cultivó una amplia gama de artes; uno de los pioneros del cine mexicano: Eduardo “Nanche” Arozamena.
Don Eduardo derrochaba talento. Fue cantante, argumentista, guionista, director y actor. Su vida entera (17 de octubre de 1880-1951) se la dedicó a los escenarios. Comenzó su carrera en la compañía teatral de las hermanas Moriones, donde se destacó como gran barítono en operetas y zarzuelas. En teatro, llamó la atención gracias a su maestría en obras como El soldado de chocolate y La viuda alegre; en el cine mudo mexicano alcanzó la cima en 1917, cuando fue argumentista, guionista, director y actor de la cinta La soñadora. Después, logró el estrellato en el cine sonoro, tanto en México como en Hollywood. Escribió cuentos y una columna semanal para El Universal Ilustrado.
En el cine, su magia sigue viva gracias a las 97 películas en las que participó. Entre ellas, las joyas inmortales Perjura, Los de abajo, Ahí está el detalle, El gendarme desconocido (donde también actuaría Amparito), ¡Así se quiere en Jalisco!, Flor Silvestre, Doña Bárbara, La vida inútil de Pito Pérez, Canaima, Río escondido, La malquerida, La mujer que yo perdí, y Un gallo en corral ajeno (1952), última película donde apareció.
Don Eduardo se casaría con la tiple (soprano) del Teatro Principal, Clemencia Sánchez. Su matrimonio les daría seis talentosos hijos: Eduardo, Juan, Lupe, Luisa, Carmen y la más pequeña, Amparito. No había duda: todos habían nacido con buena estrella, con los escenarios metidos en las venas.
Amparo incursionó en el espectáculo a la edad de cinco años, en la compañía teatral de su familia. Ella misma recordaba su debut con toda claridad. "En el primer papel que hice en el teatro de chiquita, con mi hermana Carmen, que en Paz descanse, bailábamos de marineritos. Decía ‘Amparo ya se sabe el baile muy bien y en tal pueblo van a debutar’. Y debutamos con mucho éxito, muy contentos. Pero de repente se me reventó el elástico del pantalón y se me empezaron a caer los pantalones, y el público feliz, aplaudiendo y muy contentos, y yo bailando muy seria”. Por aquel primer trabajo, Amparito cobró nada más y nada menos que diez centavos.
Su primer papel estelar fue a los 10 años, en la obra El hada de barro, donde interpretó a Cupido. Para entonces, su hermano Juan había formado una compañía teatral con toda su familia, excepto su padre, quien decidió mudarse a Hollywood una larga temporada. Y fue precisamente Juan quien compondría una de las piezas musicales más importantes, populares y reconocidas en todo el país, la ya clásica Las chiapanecas.
Gracias a esta compañía, realizaron extensas giras, muchas de ellas con localidades agotadas, en países como Cuba, España, Brasil, Argentina y Chile. En este último país, Amparito encontró su segundo hogar. Allí vivió y trabajó durante seis años, tiempo en que cosechó aplausos y gran reconocimiento, además de que encontró a su primer gran amor, al cual perdería más tarde… en los brazos de otra.
Al paso del tiempo, las mujeres de la casa deciden independizarse; entonces fundan la “Compañía Mexicana Hermanas Arozamena”, que las lleva a una exitosa e increíble gira de ¡diez años! Diez años. Algo imposible de concebir en nuestros días. Sus presentaciones conquistan al público más exigente. Chile, donde radicaban, pero también Perú, Colombia, Costa Rica, Panamá. Prácticamente no hay país de Sudamérica que no se les entregue por completo.
"Lo más importante para las hermanas Arozamena es que habíamos triunfado con una revista mexicana, dando a conocer el folclore, las tradiciones y costumbres, así como la música y el pensamiento de los mexicanos", recordaría Amparito muchos años después.
Al regresar por fin a México, Amparo es ya toda una señorita. Está por cumplir 19 años y goza de cierto reconocimiento internacional. Entonces, las hermanas Arozamena obtienen un contrato para presentarse en el Teatro Politama, en la conocida calle de Las Vizcaínas. Casi al mismo tiempo, deciden reintegrarse a la compañía familiar. Una vez juntos, recorren el país. Una gira larga y productiva que coronan con un ambicioso cierre: actuar en el Teatro Esperanza Iris al lado de la sensación cubana Rita Montaner “La Única”, aquella joven de voz encantadora para quien Moisés Simons compuso la sabrosa canción El Manisero.
El éxito era completamente suyo. La familia Arozamena gozaba de reconocimiento y prestigio, al grado de alternar con figurones de la talla de Agustín Lara, Pedro Vargas, Las Hermanas Águila, María Conesa y Margot Alvariño, la actriz cubana de El romance del palmar.
En 1938, a los 22 años, Amparo trabaja ya al lado de grandes cómicos. No es que la joven sea una actriz cómica propiamente dicho; sucede que su dominio de los géneros le permite lo mismo interpretar un drama que decir un chiste, alternar en una comedia, bailar virtuosa o graciosamente, demostrar sus aptitudes para el canto e incluso ser actriz de apoyo para cómicos como Mario Moreno “Cantinflas”, José Medel, Daniel “El Chino” Herrera, Adalberto Martínez “Resortes”… y con el tiempo, tantos más, logrando destacar, nunca ser opacada, al lado de “Clavillazo”, “Mantequilla”, “Borolas”, “Palillo”, el “Harapos” García, Eduardo II El Polivoz, Guillermo Rivas “El Borras”, Mauricio Garcés… y casi todos los de la época.
Su primera película mexicana fue Almas encontradas, en 1933. A ella le siguieron más de 120 y 60 obras de teatro. Además, fue pionera de la televisión mexicana, actuando en Teleteatros con Ángel Garasa, Rafael Banquells y Chucho Valero. Su talento la llevó a participar en 61 telenovelas, la primera en 1962, junto a Maricruz Olivier: Borrasca.
En cine, su legado es amplio, variado, rico en matices y en sentimientos. Logró dramas estupendos, lució su cuerpo bien formado en bailes suntuosos, regaló sonrisas, carcajadas con su gracia natural. Perfidia, alternando con María Teresa Montoya, Domingo Soler, Carlos López Moctezuma y su padre, Eduardo. El gendarme desconocido, con “Cantinflas”, Gloria Marín y Julio Villarreal. ¡Qué verde era mi padre!, al lado de Evita Muñoz “Chachita” y Mimí Derba… y en fin, título tras título.
El rey de Sinaloa, La justicia de Pancho Villa, Hasta que llovió en Sayula, Yo soy usted, Cuando los padres se quedan solos, El mago, La hija del penal, Canas al aire, Al son del mambo, Pecado de ser pobre, ¡Baile mi rey!, Nosotras las sirvientas, Ahí vienen los gorrones, El caso de la mujer asesinadita, Tres desgraciados con suerte, México nunca duerme, El dolor de pagar renta, ¡Qué padre tan padre!, Cri Cri el grillito cantor, Ruletero a toda marcha, Un yucateco honoris causa, Las hijas de Don Laureano, El patrullero 777, hasta la última que filmó, Reclusorio III, en 1999. Y muchas más, para sumar más de 120 cintas en su productiva carrera.
Sin embargo, su enorme popularidad se la debió a la televisión, en especial a un programa inmortal del que se hicieron dos películas: Los Beverly de Peralvillo.
En ese programa, Amparito era “La Tarántula”, la molesta y abusiva suegra que le hacía la vida imposible a su yerno, el abnegado y siempre simpático Borras Lascuráin de Los Montero.
Aquella familia se convirtió en un clásico. Sus modos, sus costumbres, su forma de vida reflejaban la gracia de la clase baja mexicana. Y también sus apodos: “La Pecas”, “La Musaraña”, “El Bigos”, “El Comanche”, el tío “No somos nada”, el tío “Pelochas”, el tío “Pelucas”, el tío “Gelatina”, el tío “Burbuja”… la familia política del sufrido “Borras” a quien él debía mantener; familia que incluía cuñado, concuña, bebé por venir y parientes que llegaban sin parar.
Amparito logró destacar y ser recordada como la vieja arpía, la vieja mamut, “La Tarántula”; la causa de los suspiros de "El Bigos" y del "Comanche", quien resultó el ganón. Un personaje que recibió el cariño del público mexicano y se hizo inmortal.
En el terreno personal, se casó dos veces, la primera con Roberto Serna, con quien procreó a su único hijo. Permaneció viuda muchos años hasta que, en 1952, aceptó unir su vida a la del jugador del América Ramón Barón Ortega, de quien enviudó en 2006.
Los últimos años de Amparito fueron difíciles. Las enfermedades la aquejaban, la edad comenzaba a pesar, la desesperación por el encierro la volvía loca. Quería volver a actuar. Esa pasión que traía en la sangre la impulsaba a regresar, a subirse al escenario… pero ya no pudo hacerlo. Durante una de sus últimas entrevistas recordó uno de sus peores dolores. "La última obra que hice fue en México: El amor es broma, en el Teatro Hidalgo. Yo me despedí y me metí a mi camerino a llorar, porque era la última vez que trabajaría en teatro”.
Precisamente ése era su peor temor. “Estoy pensando que a lo mejor nunca más voy a escuchar la ‘tercera llamada’ de un foro, porque ahora tengo más miedo de salir, sobre todo con tanta inseguridad. Vayan a pensar que soy una vieja rica…”.
Finalmente, con el alma llena de dolores, al ver morir a sus padres, a todos sus hermanos, a sus dos esposos y a su hijo único, Amparito Arozamena comenzó a ser eterna el 30 de abril de 2009. Precisamente el Día del Niño.
Talentosa, ágil, ligera. Tal vez nunca fue la máxima estrella de una película, pero no hizo falta: nadie logró opacar su luz interior, la luz perfecta del talento que demostraba cada día.
María Amparo, Amparito, “La Tarántula”. Una actriz de sangre y dinastía que se mantiene viva gracias a su genialidad y a su sonrisa siempre generosa y transparente.

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Por Carlos Eduardo Díaz
Cierta ocasión, un reportero le preguntó a María Félix si era lesbiana. Ella, siempre segura, de respuesta fácil y pronta, simplemente contestó, altivamente: “Si todos los hombres fueran tan feos como usted, pues sí sería lesbiana”.
María. María Bonita. La Doña. La perfecta y última diva del cine mexicano. Controversial, ególatra, encantadora. Calificada como la mujer más bella del mundo. Amada por muchos, deseada por casi todos, igual admirada que temida. La encarnación de un mito que ella misma construyó. María nació gracias a su inteligencia, pero también gracias a su vanidad. Ella misma edificó su leyenda, alteró la verdad, se inventó a sí misma.
María de los Ángeles Félix Güereña nació el 8 de abril de 1914, en la ranchería El Quiriego, en Álamos, Sonora. Su edad fue por muchos años parte de sus innumerables secretos. Al escritor Paco Ignacio Taibo I, antes de comenzar las entrevistas que llevarían a la realización de la biografía titulada La Doña, lo obligó a jurar sobre una Biblia y dos velas que jamás revelaría su edad. Taibo mantuvo el juramento, pero en su lugar, publicó en la primera página de la obra su acta de nacimiento, la cual obtuvo sin mayores complicaciones en el registro civil.
Hija de Bernardo Félix, descendiente de indios yaqui, y de Josefina Güereña, de ascendencia española, María encarnó la belleza sublime de dos mundos que en ella lograron conjugarse. Tuvo once hermanos. Su estrecha relación con su hermano Pablo alertó a su madre, quien, temiendo un amor incestuoso, optó por separarlos. El joven fue enviado a un colegio militar, donde poco tiempo después se suicidó. Entonces corrió el rumor que Pablo había terminado con su vida a causa del inmenso dolor que le causó la ausencia de su amada hermana.
Lo cierto es que la niñez de María fue inusual. Su carácter venía de nacimiento como una marca indeleble. Se aficionó a los juegos de hombres y logró ser una gran jinete. Los caballos siempre la emocionaron. En ellos veía la libertad y también la vida. Domarlos, sentarse en ellos y lograr que la obedecieran, representaba una metáfora de su propia leyenda.
Su belleza estaba más allá de toda duda. Fue nombrada reina de la belleza estudiantil en Guadalajara, a donde la familia se había mudado. Su coronación logró que su fama se difundiera por todas partes. Los pretendientes no paraban de llegar, los suspiros se multiplicaban. Pero ella siempre conquistó, jamás se dejó conquistar. Es la mujer quien elige, afirmó en diversas ocasiones.
Su primer matrimonio fue con Enrique Álvarez, con quien concebiría a su único hijo, el también actor Enrique Álvarez Félix. A los dos los abandonaría años más tarde. Tiempo después, con la ayuda de Agustín Lara, secuestró a Enrique, sólo para enviarlo a internados en el extranjero. Aquella madre amorosa y consentidora que su hijo recordaba, se volvió de pronto una mujer exigente, dura, con aire implacable.
Durante un viaje a la ciudad de México, y mientras contemplaba escaparates en el centro histórico, justo entre las calles Palma y Madero, el director Fernando Palacios la descubrió. Aquella parecía ser una visión celestial: el rostro más hermoso jamás imaginado, mirando fijamente las mercancías, apoderándose de todo con sólo tocarlo con sus ojos. No pudo resistirlo. Palacios se acercó a ella y le preguntó si le interesaba hacer cine. Ella, aquella María de juventud desbordante, replicó: “¿Quién le dijo que yo quiero entrar en el cine? Si me da la gana, lo haré, pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande”.
Estas palabras fueron proféticas. No conoció papeles menores ni audiciones. Su primera aparición en la pantalla grande de aquel cine de oro mexicano, fue con letras doradas. Protagonizó El peñón de las ánimas, en 1942, al lado de Jorge Negrete.
El rodaje de la película no fue sencillo. Negrete ya era una estrella. Había pedido a su novia Gloria Marín como su pareja fílmica. En su lugar, le endilgaban a una perfecta desconocida, que además de altanera era tartamuda. Jorge se desesperaba. Las tomas se arruinaban a causa de aquella debutante sin talento. Colérico, le dijo: “Señora, ¿con quién tiene uno que acostarse para estelarizar una película?”. Ella sólo respondió: “Dígamelo usted; tiene más tiempo en esto que yo”.
Lo cierto es que después de aquella primera actuación, el cine se rindió a sus pies. María jamás fue una actriz virtuosa, muchas de sus películas resultaron un fiasco. Pero en todas estaba ella. Bastaba con que la cámara tomara un acercamiento a sus ojos, a sus cejas levantadas, a su piel tersa y sin mácula, para que todo valiera la pena. De golpe, sin tener que esperar, María Félix se había convertido en una estrella.
Los rumores afirmaban que mantenía un amorío con Fernando Palacios. Después se dijo que se casó en secreto con Raúl Prado, integrante de Los Tres Calaveras. Ambas cosas las desmentiría ella misma. De Prado, simplemente dijo que era un “muchacho simpático”.
La verdad es que la vida de María estuvo envuelta en un halo de misterio que ella misma se empeñó en construir. Durante sus últimos años de vida, le dijo al periodista Ricardo Rocha: “A una actriz no se le investiga, se le inventa”. Fue justamente lo que hizo: inventarse y reinventarse tantas veces que la realidad y la verdad se perdieron entre las redes de su mito.
Hay una certeza fuera de toda duda, sin embargo. El cine mexicano se encontraba lleno de actrices que personificaban el estereotipo clásico de la mujer mexicana: sumisa, abnegada, en cuyo corazón no cabía el rencor, doblegada ante los caprichos de su hombre dominante. Con María Félix, la cinematografía nacional conoció el lado opuesto de la moneda: una mujer que se mantenía de pie, que lo podía todo, que gracias a su extrema belleza y a su astucia era capaz de someter incluso a los hombres más rudos, machos y perversos.
María nunca interpretó a mujeres sumisas. No era eso lo que deseaba. Siempre se interpretó a sí misma. Sus papeles tenían su alma y ella misma adoptaba para su vida personal los rasgos que le atraían de cada personaje. Los personajes eran María; María misma fue un personaje de sí misma. Por eso jamás se interesó por incursionar en Hollywood. “No nací para cargar canastos (…) me ofrecen papeles de india y las indias las hago en mi país; en el extranjero sólo encarno a reinas”.
Al año siguiente de incursionar en el cine, filma una película que la marcaría por el resto de su vida, Doña Bárbara; adaptación fílmica de la novela del venezolano Rómulo Gallegos. Desde entonces, sería conocida como La Doña. Eran tantas las similitudes que guardaba con este personaje, que el mismo Gallegos, al verla en un restaurante, exclamó: “¡Es ella! ¡Es mi Doña Bárbara!”. En el prólogo de la novela, aparece un texto que parece haber sido escrito especialmente para María: “De más lejos que nunca, de allá vino la trágica mujer… Hoy es la dueña de casi todo el cajón de la Aranca y señora de vida y hacienda, de rebaños y sabanas. El llano la teme y la obedece. Su hermosura fascina a los hombres y su oro compra leyes que la protegen y paga manos que por ella matan. Doña Bárbara. La terrible Doña Bárbara”.
Tiempo después, el propio escritor le obsequiaría una edición de su libro, en donde le resaltó una frase: “Agua clara del remanso donde los cielos se miran”. Al margen, con su letra, Gallegos añadió: “Ésta, María, eres tú”.
La Doña se sintió identificada con el personaje por algo más. Al igual que la terrible Bárbara, ella conocía el mundo mágico, al cual, según decía, había sido introducido por una bruja yaqui durante su niñez.
En este tiempo se roba a su hijo y también cumple uno de sus grandes caprichos: casarse con un hombre igual de legendario. Un hombre feo, flaco, cuyo rostro presentaba una cicatriz hecha por una mujer celosa. Pero también un caballero, un genio de la música y de la poesía a la que no había mujer que se le resistiera, y que solía regalar no solamente canciones espléndidas, sino obsequios lujosos como joyas y automóviles.
Su boda con Agustín Lara fue un acontecimiento nacional. De hecho, fue su segunda boda oficial. A todos extrañó que aquella mujer de sublime rostro se uniera a un hombre tan feo. Ella, muchos años después, afirmó: “Agustín era guapo para mí. Bastaba escuchar su voz para saber que era guapo”. En cierta ocasión, mientras ambos se encontraban en la plaza de toros, el poeta Renato Reduc le gritó: “¡María! ¿Para qué traes paraguas?”, con lo que hizo alusión a la extrema delgadez de su marido.
Lara, por su parte, la homenajeó en versos y canciones, la más famosa e inmortal, María bonita.
En 1944 filma La monja alférez, personaje histórico que huye del convento para convertirse en espadachín. De esta monja rebelde, María adopta el vestuario que usaría gran parte de su vida: los pantalones, mismos que le valieron multitud de críticas, sobre todo porque los usó al viajar junto al cuerpo de Jorge Negrete, su marido. Ése, decía la gente, no era el luto apropiado que una viuda debía guardar.
Los pantalones, sin embargo, ocultaban un secreto: a María Félix no le gustaban sus piernas. Las consideraba demasiado delgadas. Un viejo fabricante de ropa la recordaría de este modo: “Una cara de diosa, pero unas piernas flaquitas, flaquitas”.
El matrimonio con “El Flaco de Oro” duraría de 1943 a 1947. En ese tiempo, María sufriría las constantes infidelidades por parte de Lara. Quizá fue el compositor el único hombre que logró dominar la altanería de Félix. Se sabe que Agustín pretendía dejarla y ella, para evitarlo, llegó a hincarse delante de él, suplicándole que no la abandonara.
El matrimonio no prosperó. Sin embargo, La Doña se encontraba en la cúspide de su carrera. En 1946 protagonizó la cinta Enamorada, haciendo pareja con una de las personalidades más recias de la pantalla, Pedro Armendáriz. El duelo de presencias y miradas resultó un éxito; una película dramática con tintes cómicos, en la que frases como “Si como lo mueves lo bates…” y el par de bofetadas que Félix le propina al terrible Armendáriz se arraigaron en la memoria de los mexicanos.
María filmaba películas, era asediada por sus fanáticos, recibía propuestas de todo el mundo. Así, decidió trasladarse a España, donde participó en tres cintas dirigidas por Rafael Gil. Cuando actúa en La corona negra, Jean Cocteau afirma que es “una mujer tan bella que hace daño”. En el viejo continente demuestra que es una estrella de talla internacional, por lo que viaja a Italia, donde se consolida como personaje mundial. Después vendría Argentina, que se rinde ante su belleza.
Allá, comienza un romance con el galán Carlos Thompson. Muy pronto se anuncia su matrimonio, que nunca llega a concretarse. A su regreso a México, es recibida en el aeropuerto por un enorme y magnífico ramo de rosas, enviado por un nuevo y desconocido admirador: Jorge Negrete.
El mismo charro cantor que diez años antes la había menospreciado durante su primera película, ahora se mostraba a sus pies, como un enamorado que suplica una oportunidad. El 18 de octubre de 1952 contraen nupcias, en la que fue calificada como la boda del año. A ella acuden como invitados actores, productores, directores, artistas y políticos, entre ellos Diego Rivera y Frida Kahlo, grandes amigos de María, a pesar de que a ella nunca le gustaron sus pinturas. Incluso llegó a decir: “Los quise mucho, fueron mis amigos, pero ni Diego ni Frida me parecen pintores. Les falta, les falta”.
Diego, en tanto, fue su eterno enamorado. Hasta el momento de su muerte, conservó un retrato de María en su estudio. Incluso, le dedicó un autorretrato: “A María Reina de los Angeles Félix, quien millones de gentes admiramos y amamos pero a quien nadie querrá tanto como yo". Cuando el gran muralista la pintó, ella se empeñó en usar traje de tehuana. Esto era indigno de ella, afirmó Rivera. En su lugar, la pintó desnuda. Muchos años después, María encargaría a un albañil, que realizaba reparaciones en su casa, que cubriera su cuerpo desnudo con pintura blanca y una burda brocha.
El matrimonio con Negrete duró poco tiempo. La muerte lo sorprendió en Los Angeles, California. Él se mostraba enamorado hasta los huesos, incluso hipotecó su rancho para poderle regalar un lujoso collar de esmeraldas. Cuando fueron a cobrarle el resto del pago, ella se negó porque “lo dado, dado”.
Cuatro años después de esta trágica muerte, se casa con el millonario francés Alex Berger, de quien enviudaría en 1974. En 1958, filma La cucaracha, donde alterna con otra diva, Dolores del Río. Mucho se había discutido sobre una supuesta rivalidad entre las dos actrices. Tiempo después, María, al hablar sobre este duelo de actuaciones, afirmó: “Yo la pedí” (a Dolores del Río). En la cinta, La Doña lleva la parte fuerte, recia, el mando sobre los hombres. En tanto, Dolores es la mujer sumisa, la que sufre, la que no le importa llegar hasta las lágrimas públicamente.
María siempre se sintió segura de sí misma, nadie, ni hombres ni mujeres, logró opacarla. Sin embargo, sintió celos de una joven, casi niña, que debutaba en el cine más por diversión que por otra cosa: Elsa Aguirre, aquel ángel de rostro supremo, casi veinte años más joven que ella, que fue capaz de enamorar al país entero con su ingenuidad y su mirada. Cuando Elsa entraba a un restaurante y María estaba presente, ésta se levantaba, ofendida, y se marchaba.
Su última cinta fue La generala, en 1970. El mismo año participó en la telenovela histórica La Constitución. A partir de entonces, María se dedicó a cultivar su mito. Viajaba de París a la ciudad de México, disfrutaba de sus caballos, de sus propiedades, de las entrevistas en las que periodistas y conductores se mostraban más admiradores que profesionales. Y a vivir su amor con el pintor Antoine Tzapoff. Su único momento de dolor público fue el que le ocasionó la muerte de su hijo.
El 8 de abril de 2002, su cuerpo sin vida fue descubierto. Murió mientras dormía. Semanas antes, durante un concierto, el cantante Luis Miguel se había inclinado para besar su boca; la boca de aquella María Bonita de belleza eterna. Recibió homenaje en el Palacio de Bellas Artes, pero su féretro permaneció cerrado, para perpetuar el misterio que labró gracias a 47 películas y una vida casi mitológica.
La Doña, Doña María, María Félix, la mujer que sedujo al mundo e inventó su propia historia. La única, la última diva, la de la mirada salvaje y cruel, sugerente y penetrante. María, siempre fiel a sí misma, siempre altanera, siempre ególatra. La que se mantiene viva porque así lo decidió, porque no podría ser de ninguna otra forma. Después de todo, “Yo no me creo la Divina Garza… ¡Yo soy la Divina Garza!".

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Por Carlos Eduardo Díaz

“Yo soy soprano y canto un poco, ¡cómo que no!, y sí, también toco el arpa. Un día, en La Habana, me pregunté: ¿por qué la gente se ríe de mí, si estoy tratando de hacerlo bien? Entonces me paré frente al espejo y también me reí por los gestos y porque a la rumba le metía rumba… Cantar cómico es mi fuerte. Así llegué a México: como una cantante excéntrica. Debuté en el teatro Arbeu, en una temporada con Rosita Fornés”.
Así, con estas palabras, se presentó en el libro homenaje a su entrañable amigo Germán Valdés; libro que llevaría por nombre Las musas de “Tin Tan”. Ella, alta, altísima. Flaca, y más que eso: flaquísima. De vena cómica, de gestos espectaculares que vestían su rostro con una apariencia entrañablemente risueña. Actriz, estrella. Entre las mujeres, en los primeros planos. Entre los hombres, sobresalía en todo sentido. Sus aportaciones al cine mexicano son espectaculares, inolvidables. Ahora, también inmortales.
Fanny Kauffman (o Fannie, Famie o Kaufmann). El nombre es lo de menos. Lo que importa es cómo pasó a la historia, con aquel singular mote – que ella misma se puso – que parodiaba el de unos habanos, pequeños y regordetes, llamados vitolas. Justo así es como ella se llamaría y como el cine iría a recordarla.
“La Vitola” nació en Toronto, Canadá, el 11 de abril de 1927. Desde sus primeros años vivió en Cuba, y ahí mismo inició su carrera como cantante de ópera. Su debut oficial lo realizó en la capital cubana en el año de 1937.
En 1940 se trasladó a México, país que se convertiría en su verdadera patria, y que ya jamás dejaría. Aquí, tres años más tarde, actuaría en su primera obra, en el teatro Arbeu. Al lado de Rosita Fornés, Óscar Pulido y Los Cuates Castilla, inició una carrera de éxito ascendente. Entre los espectadores de aquella puesta en escena, se encontraba uno que llegaría a ser su hermano: Germán Valdés “Tin Tan”, quien, al verla, supo que la quería para compartir créditos en sus películas.
A raíz de esta obra, tanto “Vitola” como Fornés fueron contratadas por el empresario William Milone para participar en la cinta Se acabaron las mujeres, al lado de Domingo Soler.
Sin embargo, fue con “Tin Tan” con quien despegó su carrera. La película El rey del barrio le significó reconocimiento y cariño por parte del público. En la cinta, “Vitola” encarnó a la encantadora “Nena”, una adinerada mujer que aspira a cantar ópera. Germán, en su papel como supuesto maestro italiano de canto, la seduce y enamora con tal de robarle sus joyas, mismas que después repartiría entre los pobres (al menos, ésa era la intención).
Aquella escena es inmortal. “Vitola” y “Tin Tan” comienzan a vocalizar para, poco a poco, dar paso a un rítmico y sabroso mambo, que culminaría con la interpretación al piano, por parte de “Vitola”, de la pieza “Siempre Libera”. Su cuerpo larguirucho, sus ojos soñadores, su singular manera de cantar y bailar, convirtieron a Fanny en una actriz de primera línea.
“Vitola” poseía una afición que la llevó a perder gran parte de su capital económico: jugar al póquer. Esto no le importó, pues, afirmaba, su verdadera riqueza eran sus cuatro hijos, dos de los cuales, Moisés y Abraham, fallecieron en trágicos accidentes. Estas pérdidas marcaron su carácter, que se convulsionaba entre el terrible dolor que le carcomía el alma y su imprescindible herramienta de trabajo: la risa.
Sus otros dos hijos, producto de dos matrimonios, de los cuales enviudaría, fueron Humberto Elizondo, quien llegó a dirigir la Asociación Nacional de Actores, y David Reyes, hijo de su segundo esposo, el ventrílocuo Alex King.
Sin embargo, lo que en verdad marcó su personalidad fue su gracia natural para la interpretación. Al lado de figuras de primer orden, como Adalberto Martínez “Resortes”, Joaquín Pardavé, Irma Dorantes, Pedro Infante, Joaquín García “Borolas” y Óscar Pulido, “Vitola” nos regaló momentos de franca hilaridad; escenas de perfecta sincronía donde la comicidad brotaba de los diálogos, de las poses, de los ademanes, pero, sobre todo, de su singular figura, misma que explotaba con evidente éxito.
No obstante, por arriba de todos, Fanny contó con un carismático ángel guardián, “Tin Tan”. De él, llegó a decir: “Para trabajar con “Tin Tan”… ¡Cómo nos acoplábamos!, ¿verdad? Él y yo cantamos la ópera bufa que nadie hizo, ni hará, porque es muy difícil; hay que saberle dar el toque exacto y ¡eso no todo el mundo! ¡Él sí sabía! … Protegía no sólo a los cubanos, a todos sus compañeros, por ejemplo a “Tun Tun”, a Juan García, a Marcelo. A mí me protegía como nadie: que si el close up, que si el acercamiento. En todo estaba… Fue mi padre en el cine mexicano… Besuqueó a todas, hasta a mí, pero yo era su preferida, la verdad. Porque para todas sus películas siempre me mandó buscar. Siempre. Encontró conmigo la pareja perfecta. El acoplamiento que había entre él, “Tun Tun” y yo, ¡jamás lo habrá!”.
Esto es verdad. Para Germán, “Vitola” representó una personalidad indispensable. Junto a ella, “Tin Tan” era mejor, se superaba como cómico gracias a que la genialidad de Fanny lo equilibraba. Juntos hicieron cintas memorables como ¡Ay amor, cómo me has puesto!, Simbad, el mareado, El Vizconde de Montecristo, Los líos de Barba Azul, Tin Tan, el hombre mono, Tintansón Crusoe, Viaje a la Luna, El tesoro del rey Salomón, El fantasma de la opereta (donde Fanny ofrece una interpretación magistral, caracterizada de manera espléndida), y Las tarántulas, de la serie Chanoc, en el ocaso de la carrera de “Tin Tan”, entre algunas más.
Su trayectoria fue una cadena interminable de alegrías. Actuó con casi todos y todos llegaron a adorarla. En su segunda cinta, La vida en broma (1950), compartió créditos con Amalia Aguilar, Ángel Garasa y Mimí Derba. Luego de El rey del barrio, su tercer largometraje, vinieron También de dolor se canta, Vivillo desde chiquillo, Música, mujeres y amor, Mi papá tuvo la culpa, Miradas que matan, De ranchero a empresario, Club de señoritas, Los platillos voladores, Locura musical, Concurso de belleza, El Supermacho, La cigüeña distraída, Autopsia de un fantasma (cinta de culto que logró reunir un elenco internacional) y un segmento de la espléndida película Los amantes fríos. En total, participó en 39 películas, más el documental Ni muy muy… ni tan tan… simplemente “Tin Tan”.
Incluso, al final de su carrera, dejó de lado la comicidad y ejecutó a la perfección papeles dramáticos, como la prostituta de El hombre de papel (1963) y su interpretación como regenteadora de un burdel en El secuestro de Lola (Lola, la trailera II), en 1983. Su última participación en la gran pantalla fue en la película Metiche y encajoso (1989), al lado de Edna Bolkan, Luis de Alba, Diana Golden y Charly Valentino, cuando comprobó que los mejores años de la industria fílmica en México habían quedado muy atrás.
Su gran legado, sin embargo, se conserva en actuaciones excepcionales que logró junto a Arturo “Bigotón” Castro, Wolf Ruvinskis, Ramón Valdés, Manuel Palacios “Manolín” y Estanislao Schillinsky, Delia Magaña, Rafel Banquells, Alejandro Ciangherotti, Arturo Soto Rangel, Amparito Arozamena, José “Ojón” Jasso, Gloria Mestre, Miroslava Stern, Meche Barba, Antonio Aguilar, Ana Bertha Lepe, Tito Junco, Chula Prieto, Julio Villarreal, Miguel Inclán, Andrés Soler, Emilia Guiú, Tito Guízar, Dámaso Pérez Prado, Armando Soto La Marina “El Chicote”, Pedro Vargas, Amanda del Llano, Lola Beltrán, Ramiro Gamboa (quien se convertiría en el famoso “Tío Gamboín”), Jorge “Che” Reyes, Manuel “Loco” Valdés, Evangelina Elizondo, Kitty de Hoyos, Mauricio Garcés, Elsa Aguirre, Antonio Badú, la entonces pareja cómica Sergio Corona-Alfonso Arau, y Gaspar Henaine “Capulina” y Marco Antonio Campos “Viruta”.
En Autopsia de un fantasma (1968), compartió elenco de lujo con Basil Rathbone (el famoso actor sudafricano que por tantos años interpretó al detective Sherlock Holmes, y cuya última cinta fue precisamente ésta), John Carradine (el histrión estadounidense especializado en cintas de horror), Amadee Chabot (quien fuera Miss California 1964) y Cameron Mitchell, actor que participara en decenas de series norteamericanas, como El gran Chaparral, Misión Imposible, Hunter, Quincy, Hawaii Cinco-0, Columbo, Los ángeles de Charlie, Hulk el hombre increíble, La isla de la fantasía y El auto increíble.
Cuando “Vitola” tenía 72 años, se presentó en un teatro de Nueva York. Entonces, el terrible peso de los años se le vino encima de un solo golpe: se dio cuenta de que el escaso público casi no se reía con sus chistes, mucho menos con sus ademanes. La hora había llegado. Decidió bajar el telón de su carrera.
Su última aparición pública fue el 29 de octubre de 2008, cuando recibió la Luna del Auditorio Nacional, premio honorario por Una Vida en el Escenario.
El 21 de febrero de 2009, a los 84 años, falleció Fanny Kauffman, “Vitola”, víctima de muerte natural.
“Vitola”, Mrs. Willis, Gertrudis, Rosaura, La Flaca, La Nena, La Jirafa… pero “Vitola”, siempre “Vitola”, ha dado su primer paso hacia la eternidad de la memoria fílmica nacional.

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Por Carlos Eduardo Díaz.

“’Año de mil novecientos, muy presente tengo yo...’”. Así empezaba el corrido de Rosita Alvírez. Yo nací en la misma centuria, claro, mucho después que la Rosita del canto y desde luego en otro pueblo: en Los Herrera, Nuevo León, México, un 16 de diciembre de 1921. El mismo día de igual mes, pero años antes, nació Beethoven, nomás que él sacó lo músico y yo... ¡lo sordo!”.
Así empezaba el corrido y así también comienza uno de los libros más sabrosos, llenos de color y anécdotas que existen: la Autobiogr... ajúa! y anecdo... taconario, del gran cómico que logró proyectar al norte de México a todos los rincones del mundo. Un cómico aparte, de ésos que ya no hay; un cómico completo que lo mismo era locutor de radio, actuaba, cantaba, componía, bailaba, conducía eventos, hacía radionovelas, películas, caravanas artísticas, y se daba tiempo para ser buen papá, mejor marido y excepcional amigo: Eulalio González Ramírez, Piporro.
Aquellas chulas fronteras, que inmortalizaría en canciones y películas, fueron sus escenarios naturales. Su padre, Pablo González Barrera, trabajaba como agente aduanal, lo que ayudó a que Eulalio, su hermano menor y su madre, doña Elvira Ramírez, conocieran de cerca diversas poblaciones del norte de México. Allí, Piporro se empapó de esa peculiar cultura y adquirió el sonsonete que lo caracterizaría a lo largo de toda su carrera.
Genial, desde chiquí’o. Aún estando en la primaria, componía ingeniosas rimas que eran el deleite de quienes las escuchaban. Incluso, su gran afición por la caricatura lo llevó a ejercer el retrato a lápiz en las ferias locales... cuando se iba de pinta de la escuela y su padre tenía que regresarlo al colegio... a rastras y de la oreja.
De sangre ligera, maestro de la improvisación, de revire rápido, ya en la secundaria vivía en la ciudad de Monterrey; un monstruo comparado con los pequeñísimos pueblos donde nació y creció. Allí, fue compañero de aula del que llegaría a ser uno de los pilares de la caricatura en México: Abel Quezada.
Su gracia e innegable talento logró que el director de su escuela preparatoria, don Anastasio Treviño, lo recomendara con el dueño del diario El porvenir. En ese lugar, trabajó como “Ejecutivo B” (“ve por esto, ve por l’otro”). Poco tiempo después, llegó su gran oportunidad: redactar y reportear noticias.
Entonces, mientras cubría el segundo aniversario de la estación de radio XEMR, y luego de pasar al micrófono a felicitar públicamente a la difusora, el gerente de la misma, Enrique Serna, le dijo algo que cambiaría su vida para siempre: “Oiga, usted nació para la radio. Si le interesa ser locutor, espéreme a que termine el programa”. Así nació su gran amor por el micrófono.
Desde entonces, en aquel año de 1942, Eulalio González se desempeñó en este medio, para lo cual pasó el examen y se convirtió en locutor oficial. Dos años más tarde, su hambre de fortuna lo llevó a la ciudad de México, donde ganó un concurso radiofónico llamado “El colegio del amor de Glostora”, en el cual los participantes tenían que expresar, en prosa o en verso, una declaración de amor inspirada en alguna mujer. Piporro obtuvo el gran premio de... ¡50 pesos! gracias a unas rimas basadas en el lenguaje de la radio. “Siendo las ocho de la noche, / noche bella y singular por cierto, / de mi elocuencia apasionada hago derroche / al dedicarte de amor este concierto. / Al iniciar este programa / que es por una fina cortesía de un amor apasionado, / has de saber que eres tú mi dama / y los bulbos de mi corazón / no pueden estar equivocados...”.
Ya en la capital del país, logró entrar a Radio Continental, y después "dobletear" en la XEB, la B grande de México. Cuando los ejecutivos de la “B” se dieron cuenta de su doble trabajo, lo corrieron, por lo que, a costa del menor sueldo, pasó hambre, escasez y sufrimientos, pues en Radio Continental no le pagan mucho que digamos, menos puntual. Por ello, decidió regresar a sus orígenes: la XEMR de Monterrey.
Allá, en la Sultana del Norte, volvió a su trabajo en la radio local y logró colocarse también como maestro de ceremonias de eventos diversos, como la lucha libre.
Un buen día, llegó a la estación un grupo de cantantes venidos de la ciudad de México. Entre ellos, figuraba un joven talento, aún sin fama. Un muchacho alegre, simpático, humilde y de carácter abierto y dicharachero, a quien apodaban “El nuevo crooner de México”. Nada más y nada menos que el mismísimo Pedro Infante. Eulalio y Pedro comenzaron a forjar su amistad en ese mismo sitio.
Años más tarde, cuando Piporro quiso probar suerte otra vez en la ciudad de México, Pedro lo reconoció entre la multitud que se apretujaba para verlo y lo llamó. Gracias a él, Eulalio consiguió trabajo como animador en un cabaret.
Sin embargo, su sueño era muy grande y muy claro: ser locutor de la XEW: La Voz de la América Latina desde México.
Para ello tocó puertas, realizó pruebas, se pasaba días enteros saludando a cuanta persona se le cruzaba por su camino en las instalaciones de la radiodifusora, pero nada. La suerte parecía que no estaba de su lado.
Casi sólo por cumplir con el trámite, realizó una audición para una radionovela que saldría al aire. El protagonista era Pedro Infante, quien ya se encontraba en la cúspide de la fama. El papel para el que audicionó era el de un viejo pícaro, hablador, simpático, y el mejor amigo del protagonista. La radionovela se llamaría Ahí viene Martín Corona. Su avejentado personaje tendría un nombre simple pero impactante: Piporro. Así comenzó todo.
A pesar de su juventud, Pedro Infante lo apoyó en todo momento, lo que fue recompensado con el gran éxito que alcanzó el programa, y que les valió presentar una temporada de cabaret y filmar dos películas, al lado de la impactante belleza de la española Sarita Montiel: Ahí viene Martín Corona y Vuelve Martín Corona. Desde entonces, Eulalio González Ramírez se convirtió simplemente en el “viejí’o de porra” alias El Piporro.
Aunque su carrera como actor despegó gracias a su simpatía, nunca abandonó su vocación de locutor, mucho menos su gusto por la música. Así, participó en diversas caravanas artísticas que recorrieron todo el país y parte de los Estados Unidos. Al mismo tiempo ganaba popularidad con películas como La muerte enamorada (su primer filme), Ahí vienen los gorrones, Espaldas mojadas (por la que obtuvo un Ariel), El águila negra, Me gustan todas, Cuidado con el amor, Los gavilanes, Escuela de música, Los chiflados del rock’n roll, Échenme al gato, Me gustan valentones, Bendito entre las mujeres, La nave de los monstruos, Calibre 44, El padre pistolas, Ruletero a toda máquina, El terror de la frontera, El rey del tomate, El bracero del año, El tragabalas, Alias El Rata y El pistolero desconocido.
En total, participó en 69 películas, 25 con papeles protagónicos y 11 de ellas escritas por él mismo.
Trabajó al lado de grandes como Elsa Aguirre, Pedro Armendáriz, Emma Roldán, Marga López, Arturo de Córdoba, Javier Solís, Luis Manuel Pelayo, Julián Soler, Lucha Villa, su compadre del alma David Reynoso, Amparito Arozamena, Luis Aguilar, Sara García, Andrés Soler, Andy Rusell, Luz Márquez, y con los cómicos, con casi todos: Tin Tan, Manolín y Schilinsky, El Ojón Jasso, El Chicote, Mantequilla, Resortes, Régulo y Madaleno y, por su puesto, con su gran y eterno amigo Óscar Pulido.
Su enorme legado se conserva también en sus composiciones musicales, algunas serias y románticas, otras pícaras, llenas de una comicidad fina e inteligente, como su inmortal El Taconazo. También El terror de la frontera, El abuelo ye-yé, Olé, ajúa y olé, El muchacho alegre, Chulas fronteras, Llegó borracho el borracho, Los ojos de Pancha, Melitón el abusón, y aquella pieza con la que demostró que el cantante Nat King Cole era en realidad un mexicano que cruzó el río grande para irse a la pizca, y que por estos rumbos se llamaba Natalio Reyes Colás... Martínez de la Garza.
Cómo olvidar piezas tan fundamentales para nuestra cultura popular mexicana, pero, sobretodo, los versos hablados que colocaba certeramente entre estrofa y estrofa, que era donde mostraba verdaderamente su ingenio y su inmenso talento “¿Bailamos, tía? (Nomás no me vayas a apretar mucho, arrastra’o) Por eso no se ha casa’o, tía, aviéntese, aviéntese”. “A’i les va la historia de Agustín Jaime, un pela'o con dos nombres y un corazón muy amplio: cabían muchas. Murió por enamora'o”. “Muy acomedida la mujer: lo vio tirado en un charco de sangre, le echó una colcha encima y le dijo: pos no te vaya a dar un aire, criatura”. “Ya no vuelvo al otro lado, porque no sé hablar inglés, y los que lo saben... pos no me entienden!”. “No era flaca, era gordita, Petra Garza Benavides, llorando dijo a Natalio: 'Reyes Colás, no me olvides, soy más bien fella que hermosa, pero dónde hallas otra que sea más hacendosa'. Nomás cruzó la línea divosora por el otro lado y se encontró con Mabel, Mabel Ortiz, una pochita que hasta el nombre le cambió: en vez de Natalio le puso Nat, en vez de Reyes, King, y Cole por Colás. Ahora es Nat King Cole... Martínez de la Garza!!... Pero la pochita lo dejó en la calle, no sabía más que cantaar y bailaar, de cocinar nada, puro ‘jamoneggs’, waffles, and ‘jamborguer’ with ‘katchup’, pos aquél estaba impuesto a pura tortí'a con chile”.
A Piporro no le faltó nada por hacer; hizo todo lo que quiso y amó todo lo que logró. Llegó a la cima, alcanzó la fama, conservó su sencillez, fue feliz al lado de su esposa, de sus hijos y nietos, y gozó hasta el final del más grande tesoro que todo artista puede desear: el cariño sincero de su público. Ahora, su estatua se levanta orgullosa en la Macro Plaza de aquella ciudad que tanto amó: Monterrey, Nuevo León, donde murió el 1 de septiembre de 2003.
Piporro, el rey del taconazo, el del verso fácil, el bigote delineado, el del sombrero y las botas, el norteño, el mojado, el rey del tomate, el bracero del año, el que componía, bailaba, hacía reír. Piporro el único, el grande, el que no morirá porque su testamento de alegría vivirá por siempre.
¡Ajúa!
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Por Carlos Eduardo Díaz

Se dice que, en alguna ocasión, un periodista le preguntó a don Jesús Martínez Rentería, el gran Palillo, quién era el mejor cómico de México, históricamente hablando. Palillo respondió:
- Tin Tan.
- ¿Y qué opina de Cantinflas?, volvió a inquirir el reportero.
- ¡Ya le dije a usted que Tin Tan!, reviró malhumorado don Jesús.
Y esto es verdad. Nadie como Tin Tan. De entre el salón de la fama de los cómicos mexicanos, nadie como el pachuco de oro, el joven bueno para nada, el de las solapas amplias, la cadena del reloj que tocaba el suelo, el sombrero de ala ancha y pluma en lo alto. Nadie como él supo hacer reír, llorar. Nadie supo enamorar, nadie logró interpretaciones tan célebres, tan sabrosas y tan improvisadas; nadie cantó con ese estilo a la vez popular y culto. Nadie alcanzó la cima y cayó al abismo con tanta facilidad como él.
Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo nace el 19 de septiembre de 1915. El lugar aún está en duda. Algunos dicen que vio su primer luz en la ciudad de México; otros aseguran que donde le dieron la nalgada fue en Puerto Progreso, Yucatán. Esto no importa, Germán Valdés fue mexicano, y de los buenos.
Hijo de Rafael Gómez Angelini y de doña Guadalupe Castillo de Gómez Valdés, Germán fue el segundo de nueve hermanos. A muy temprana edad, se muda al puerto de Veracruz, y de ahí a Ciudad Juárez, Chihuahua. En su adolescencia ejerció diversos oficios. Igual fue ayudante de sastre que guía de turistas y trabajador en la compañía de luz.
Fue justamente en el antiguo Paso del Norte donde se empapó de aquella cultura pocha, mitad de aquí y mitad del otro Laredo; esa cultura que mezclaba costumbres, vestimentas y, claro, el lenguaje: la cultura del pachuco. En ese lugar encontró acomodo en una radiodifusora local, la XEJ, primero pegando etiquetas a los discos (cosa que hacía gracias a un perro que entrenó para sacar la lengua y mojar las etiquetas) y después como locutor, cuando lo apodaron La Chiva. Gracias a su carácter ligero y su don de improvisación, pronto se ganó el cariño del público.
Lo cierto es que Germán nunca fue bueno para los estudios. Su vida era el béisbol, la lectura de historietas como Mamerto y sus conocencias, el Pepín y el Chamaco, y sus aventuras con su pandilla, los Tirilones de la Coyotera: los pachuchos de Ciudad Juárez. Ya como locutor, dio rienda suelta a su ingenio, fingiendo diálogos con... ¡él mismo! e imitando a grandes personajes de entonces, como Agustín Lara. Un ejemplo es una grabación donde aparenta ser el maestro Lara y declama: “Hermanos del alma, esta vida ya no la veo como negocio. Yo creo que unos meses más y... good bye!... estoy muy flaco para estar vivo, pero muy gordo para estar muerto...”.
Por estos años, fue descubierto por Paco Miller, ventrílocuo ecuatoriano que poseía una caravana artística. Así inició una época de su vida, entre giras, éxitos y fracasos, pues al principio el público no entendió su peculiar humor, mucho menos su lenguaje que mezclaba el español con el inglés.
Sin embargo, su buena estrella estaba muy presente. Así, logró debutar el 5 de noviembre de 1943 en el teatro Esperanza Iris. Ese mismo año, incursionó en el cine con el corto El que la traga la paga, dirigido por el mismo Miller, y Hotel de verano, bajo la dirección de René Cardona. De este modo, dio sus primeros pasos en una carrera cinematográfica que incluyó 106 películas, entre cortometrajes y doblajes para Disney.
Al inicio de su carrera teatral, Germán fue conocido como Pachuco Topillo. Entonces, mientras la sombra del fracaso lo rondaba, una noche de bohemia, en un camerino, comenzó a improvisar, mientras un hombre de cara bonachona que fungía como coordinador de ensayos y contador de la caravana tocaba la guitarra. Nunca antes habían platicado demasiado, y su relación, aunque cordial, se limitaba a lo meramente esencial. Sin embargo, esa noche todo cambió. Juntos interpretaron canciones como La mosca en la pared, y un tema, composición del mismo contador, que los haría famosos: el Guatatitaratiratao. Aquel contador, de apariencia aburrida, no era otro que el genial veracruzano Marcelo Chávez Herrera, más tarde conocido como su Carnal Marcelo. Así comenzó la historia.
Desde entonces el éxito fue sencillo. Juntos hicieron carrera. Filmaron películas, hicieron giras, dieron recitales y alcanzaron la fama. Todo, sin perder ese vínculo que los unió al instante: Tin Tan y su Carnal Marcelo fueron verdaderamente hermanos.
El sobrenombre artístico de Germán Valdés se lo debe al mismo Paco Miller. Al debutar en la ciudad de México, no podía seguirse llamando Pachuco Topillo, pues parecería una burla a Topillos, entonces genial dialoguista, actor y compositor. Miller había conocido a un mediocre cómico sudamericano llamado Juan Muñoz Leyva, alias El Niño del Tin Tan, por lo que le propuso el mote a Germán, a quien el nombre le cayó “como balde de agua fría”, según contó después. Incluso, dijo: “Mejor miéntamela”. “Con ese nombre, me van a decir que mi mamá es una campana... Hijo de tu campana madre... ¡Imagínese!”.
A regañadientes, Germán comenzó a ser llamado así... y el resto fue cosa sencilla. Su paso por el cine lo convirtió en el más grande. Incluso, en la taquilla superó al que parecía insuperable, Mario Moreno Cantinflas. Así, Tin Tan logró clásicos de nuestro cine como Hay muertos que no hacen ruido, El niño perdido, Músico, poeta y loco, ¡No me defiendas, compadre!, Calabacitas tiernas, Soy charro de levita, El rey del barrio, La marca del Zorrillo, El Ceniciento y ¡Lo que le pasó a Sansón!
A la par, su influencia se multiplicaba. Sus modismos eran utilizados por la gente, sus canciones románticas sonaban en la radio, sus chistes eran aplaudidos. Su genialidad fue tal que su director de cabecera, Gilberto Martínez Solares, lo dejaba improvisar sobre la marcha. El guión estaba escrito, pero lo que hacía Tin Tan superaba todo lo previsto. De este modo, gran parte de lo que se ve en pantalla son las ocurrencias de Germán. Genial, siempre lo era. Indisciplinado... también. En ocasiones dejaba a medias el rodaje para irse unos días a Cuba, su destino favorito. Al regresar, simplemente terminaba la película con facilidad. Con este sistema, Tin Tan filmaba hasta siete u ocho películas al año, la mayoría de ellas, éxitos rotundos. De Cuba, trajo a dos cómicos que nunca trascendieron demasiado: el mulato Zamorita, y el enano René Muñoz Tun Tun, que logró escenas memorables junto a Germán.
Tin Tan fue multifacético. Igual realizaba secuencias de extraordinaria comicidad que le daba voz a personajes de Disney, como el gato Tomás O’Malley en Los Aristogatos, el oso Baloo en El libro de la selva, y Little John en Robin Hood. Pero también se daba un lujo del que pocos podían presumir: besuquear a cuanta artista se le pusiera enfrente. Así, su enorme boca conoció los labios de bellezas como Meche Barba, Marga López, Emilia Guiú, Amalia Aguilar, Rosita Quintana, Yolanda Montes Tongolele, Alicia Caro, Evangelina Elizondo, Rosita Fornés, Ana Bertha Lepe, Sonia Furió, Kitty de Hoyos, Mapita Cortés, Ana Luisa Pelufo, Lorena Velásquez, y por supuesto Silvia Pinal, con quien logra una de las escenas más memorables del cine en la película El rey del barrio: cuando, borracho, le canta la canción Contigo, tras de la cual le roba un beso.
Bailarín sin igual, realizó una obra de arte junto a Fannie Kaufman Vitola: un baile suculento, de hilaridad máxima. Sus canciones, siempre acompañadas por la guitarra de Marcelo, trascendieron el tiempo. Con la misma facilidad interpretaba temas cómicos como Échale un quinto al piano, Los Agachados y Cantando en el baño, que boleros románticos de verdadera belleza, tales como Ya tú verás, Enséñame, De las tobilleras a las medias, Contigo en la distancia, Piel canela, y la inmortal Bonita, de Luis Arcaraz, en la película Músico, poeta y loco.
Criticado por José Vasconcelos y defendido por Salvador Novo y José Revueltas, fue hermano mayor de los no menos geniales Ramón (Don Ramón en El Chavo del Ocho), el Loco Valdés, y Antonio alias El Ratón (el “viejito” del programa Puro Loco).
En la década de los sesenta su estrella comienza a apagarse. Los tiempos cambiaban y un público diferente llegaba a las salas de cine. Sus locuras de antaño ya no divertían tanto, por lo que aceptó papeles secundarios en películas mediocres. Por ello, participó en cintas como La mafia amarilla, El Capitán Mantarraya, Chanoc contra el tigre y el vampiro, El increíble profesor Zovek, y Duelo en El Dorado.
Finalmente, golpeado por la hepatitis que degeneró en cáncer de estómago, cae en un coma hepático que le arrebató la vida el 29 de junio de 1973; tres años después que su Carnal. Germán no dejó fortuna. No era dado al ahorro. Pero no dejó desamparados a su esposa Rosalía ni a sus hijos Carlos y Rosalía.
Sin embargo, su magia no se extinguió. Al contrario. Aún ahora Germán Valdés Tin Tan sigue vivo y todos los días sirve de inspiración a músicos, rockeros, cómicos, cineastas, artesanos. Incluso, The Beatles lo eligieron para aparecer en la portada de su disco Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band. Al no poder asistir para la fotografía, envió un candelabro mexicano que figura en su lugar.
Fue el maestro de maestros, y así lo cuenta Piporro en su Autobiogr...ajúa: “Cierta ocasión en que llegaba tarde (para variar) a su ‘llamado’ fílmico, fue reprendido por su director y amigo, don Gilberto Martínez Solares:
- ¡Ahora sí, tengo que llamarte la atención! ¡Cinco horas tarde!
- Le aseguro, don Gil, que pude haber llegado a tiempo a mi llamado de las nueve, pero al levantarme a las siete, vi a mi señora muy guapa... y... como dice José Alfredo: ‘Me volví a meter... entre sus brazos’ – y asumiendo ‘seriamente’ su compromiso profesional, exclamaba su personalísima frase:
- ¡Listooos! A la hora que usted me diga, señor director...”.
Don Germán Valdés. Tin Tan. El genial pachuco. La estrella más grande en la historia de la comicidad mexicana. Su talento está vivo, porque las leyendas... las leyendas no pueden morir jamás.
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Por Carlos Eduardo Díaz
Entre los cómicos mexicanos hay categorías. No, no se trata de ser grandes estrellas, perseguidos por la prensa ni protagonizar decenas de películas. Entre los cómicos mexicanos, la verdadera categoría se adquiere por su capacidad de hacer reír, de tener sangre ligera, y de ser parte de ese gran público compuesto por sirvientas de San Ángel, taxistas, obreros de la Industrial Vallejo, mecapaleros de La Merced, boleros de Santo Domingo y organilleros de Santa María La Ribera.
Ese público que va al cine a reír, a olvidar las penas, a descubrir que los demás también tienen tragedias y luchan por sobrevivir; que viaja en camión, en tranvía, que piropea a las muchachas que caminan luciendo sus vestidos ajustados por Niño Perdido, que se come un elote tiernito en la Ribera de San Cosme, que espera con paciencia ser contratado en las rejas de la Catedral, mientras sus carteles anuncian: albañil, plomero, azulejero, pintor, ebanista.
Ese gran público que aplaude, llora y se hace uno con el actor. Ésa es la verdadera categoría que sólo los grandes cómicos de nuestro cine de oro pueden ostentar: ser uno más del pueblo. Y entre ellos, nadie como el gran Fernando Soto “Mantequilla”.
Fernando Soto Astol nació en la ciudad de Puebla el 15 de abril de 1911. Su vena cómica le viene por herencia. Su padre fue uno de los iniciadores de los espectáculos populares en México. Roberto “El Panzón” Soto, también apodado “El Júpiter del teatro frívolo”. Ese teatro de revista donde se gestó la crítica política. Entre números musicales, bailarinas con escasa ropa, y un elenco cómico de primera, “El Panzón” Soto escribía sus propias rutinas, todas ellas llenas de ironía, de lenguaje popular y leperadas finas, con las cuales se burlaba de los gobernantes, satirizaba al poderoso, le daba voz a los que mantenían callados.
De 1910 a 1930, brilló como el indiscutible amo y señor de las carpas. Fue precisamente en este ambiente donde “Mantequilla” vio la primera luz y se empapó del escenario.
De los años cuarenta a los sesenta, se hizo presente en la pantalla grande. Si bien casi todos sus papeles fueron de patiño, haciéndole segunda y apoyando al actor principal, nadie logró hacerle sombra. Su mirada melancólica, su bigote a la vez delineado y descuidado, y su baja estatura, lo convertían en un actor al que le bastaba su presencia para hacer reír.
De este modo, logró alternar con los grandes sin ser opacado, ganándose un lugar en el cariño de los espectadores. Actuó al lado de Pedro Infante, Pedro Armendáriz, Lucha Villa, “Tin Tan” y “Cantinflas”, a quien conoció desde su época en las carpas.
Sus mejores interpretaciones las logró en películas como Campeón sin corona, aquella película de 1945, donde el directo Alejandro Galindo concibió una obra de arte que retrata la saga de “El Kid” Terranova, personaje inspirado en el boxeador “El Chango” Casanova, perfectamente encarnado por David Silva. En esa ocasión, “Mantequilla” se llamó “El Chupa”.
En Los tres huastecos fue Cuco, el sacristán distraído; el que soliloquio le sonaba a solo y loco, y que un coscorrón le sonaba a... “¡Uy, eso me sonó re hueco!”; el que desafinaba en las coplas, aunque en la vida real, Fernando Soto era un gran intérprete de canciones románticas y graciosas.
Actuó en Los tres García, al lado de Sara García, Víctor Manuel Mendoza y Abel Salazar, donde desplegó todo su ingenio: “Lo agarraron como al enfermo del estómago: corre y corre”. En La ilusión viaja en tranvía fue “El Tarrajas”, acompañando a Lilia Prado y Agustín Isunza, dirigidos por el mismísimo Luis Buñuel.
Sus sobrenombres en las películas eran parte de la esencia de sus personas. Así, en Tacos al carbón fue “El Ciclamatos”; en Alazán y enamorado se llamó Cleopatro García de León; en Lástima de ropa fue Pío Jasso; “El Sapo” en El analfabeto; “Manteca” en Los resbalosos; en Cupido pierde a Paquita, Espiridión Machuca alias “El Firuláis”; “El Cachetes” en Ahí vienen los gorrones; Constantino Fajardo en El charro y la dama; “El Olote” en Soy charro de rancho grande; en Carita de cielo, “El Chilaquiles”. Y en fin, a lo largo de más de 55 películas, actuó como Pancho Aguado “Pizarrín”, el Sargento “Cartucho”, “El Charifas”, “El Sapo”, “El Piropo” y “El Regalito”.
Del mismo modo, dejó huella en los escenarios. Con “Piporro” actuó en Don Juan Ajúa, versión cómica de El Tenorio de Zorrilla. Con ellos estuvieron Olga Breeskin, Anel, Carmen Salinas, Julio Aldama, el “Chato” Padilla” y “Tin Tan”.
También, fue parte de la “Caravana Corona”, del empresario Guillermo Vallejo, espectáculo que recorría el país presentando comedia y música, con carteles de súper lujo que incluían a Enrique Guzmán, “Clavillazo”, Los Tex-Mex, el “Chino” Herrera, las “Kúkuras”, “El Ojón” Jasso, “Borolas” y “Piporro”.
Iniciado en teatro desde 1913, a la edad de dos años, “Mantequilla” tenía el espectáculo por dentro. De este modo, trabajó en grandes compañías, como las de Dora Villa y Ricardo Mutio. Después, creó la suya, con la que presentó inolvidables puestas como Mexican ra-ta plan y Rayando el Sol, ésta en el Palacio de las Bellas Artes.
Su calidad histriónica fue reconocida cuando lo eligieron para sustituir al fallecido Joaquín Pardavé, en el papel de Don Susanito Peñafiel y Somellera, en la nueva versión de México de mis recuerdos, y en sus continuaciones Así eran nuestros padres y Los valses venían de Viena y los niños de París.
Finalmente, el 11 de mayo de 1980, muere Fernando Soto “Mantequilla”, dejando un testamento de risas, lágrimas y suspiros.
“Mantequilla”, uno de los grandes, arropado por las sombras, que sin embargo sigue brillando con luz propia.
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Por Carlos Eduardo Díaz

“Mira, ‘men’ – me dijo el Tin (Tan) –, lo que pasa es que diste un grito mal dado y te lastimaste... uno tiene que hablar suavecito, no como el ‘Resortes’ que vocaliza al revés: ‘¡Chííí mamachita, chí, chí’ y la suelta desgarrando su voz...”.
Éste fue el consejo que don Germán Valdés le dio a otro grande, como lo fue Eulalio González “Piporro”. Se tiene que hablar calmado, no con esos gritos que salen desde la garganta; con esa voz de aguardiente que raspa y se extiende en todo el barrio. ¿Barrio? ¿Y de dónde más podría venir “Resortes”, sino del más puro y bravo barrio de la ciudad de México?
Adalberto Martínez Chávez. “Resortes, resortín de la resortera, para servirle a usted donde quiera y como quiera, menos por donde quiera, y mientras Dios quiera”. Comediante excepcional, bailarín singular y destacado; amigo de tantos y enemigo de nadie, nace en el callejón del Estanquillo, en el mero corazón del barrio de Tepito, el 25 de enero de 1916.
Su talento no conoció límites, pero tampoco su alegría. El apodo que lo llevaría a la fama se lo puso su hermano Carlos porque cuando caminaba daba brincos, por eso “decía mi hermano que parecía que tenía resortes en las patas”.
Fue el segundo de siete hermanos, cuyos padres, don Luis y doña Enriqueta, los educaron en un hogar humilde, pero lleno de calor y de cariño. A los 15 años se enamora de la farándula. Mediante la insistencia, convence a uno de los directores del Teatro Hidalgo para que lo deje trabajar allí. Algo tenía el escenario que lo llamaba; que lo llenaba y lo hacía soñar. Desde entonces, comenzó a realizar temporadas de carpa.
Aquellas carpas mexicanas, las que ahora ya no existen, donde se reía, se lloraba, se criticaba al gobierno, se cantaba y se deleitaba la mirada con las bailarinas de muy escasa ropa. Esas carpas llenas de malas palabras, de sabiduría popular, de albures y refranes, fueron la verdadera escuela de “Resortes”.
Asiduo visitante de salones de baile como Los Ángeles y el Salón México, sus primeros aplausos los recibió precisamente por su manera tan singular de bailar. Inventaba pasos, improvisaba, subía y bajaba como si sus huesos fueran tan flexibles como... un resorte. Hombres y mujeres lo admiraban; tenía el carisma necesario, la sangre ligera, la simpatía que sólo los grandes pueden poseer.
Si en aquellos tiempos Mario Moreno “Cantinflas” daba vida al “peladito” en extinción, “Piporro” al norteño atravesado y dicharachero, y “Tin Tan” al pachuco mitad de aquí y mitad de allá, Adalberto Martínez encarnó la simpatía y el desparpajo del capitalino. Ése que acude a las fiestas, el que estudia en la UNAM, el que asiste a los clásicos de futbol americano entre los Pumas y los Burros Blancos del Politécnico. Aquél que es humilde pero no se deja, el que es noble y enamora por la buena, el que enfrenta las injusticias aunque pierda. Ésta es la gran aportación de “Resortes”: aquí en el Distrito Federal también hace aire.
Bailarín de tap, junto a su amigo Juan Flores formó el dueto Los Espontáneos. Para 1943, ya recibe un sueldo por actuar en el teatro Follies y encabeza la compañía Pachuco’s Review, con la que recorre América del Sur.
En 1946, mientras hacía temporada en el Teatro Lírico, recibe una propuesta: ingresar a la pantalla grande de la mano de Jaime Salvador, quien era el escritor de cabecera de “Cantinflas”. Así, “Resortes” entró por la puerta grande al lado de Domingo Soler y Delia Magaña en la película Voces de primavera.
A partir de entonces su carrera fue en ascenso. Participó en teatro, en cine y después en televisión. Con películas como Yo dormí con un fantasma, El beisbolista fenómeno, El rey de México, Confidencias de un ruletero, Asesinos S.A., Del suelo no paso, Quiero ser artista, La chamaca y El dengue del amor, “Resortes” transcurrió las décadas de 1940 y 1950 recibiendo aplausos y elogios por su peculiar manera de hablar, su manera de actuar, pero sobre todo por sus bailes.
Eran otros tiempos y también otro cine. Un cine que no busca ganar premios ni agradar a los críticos, sino divertir, entretener a la familia. Al lado de figurones, destacó por su simpatía. Con “Piporro” actuó en Me gustan todas, rodada en La Habana, con un elenco de primera que completaban Rosita Fornés y los cómicos argentinos “Dik” y “Biondi”.
Junto con otros grandes, logró un cuarteto cómico inolvidable en la película Los fantasmas burlones. “Tin Tan”, Manuel “El Loco” Valdés, Antonio Espino “Clavillazo” y el mismo Adalberto lograron una película sin más pretensiones que la de hacer reír.
Sin embargo, “Resortes” no fue sólo un cómico más entre tantos otros. Adalberto Martínez fue un actor completo. Fue pieza clave de películas como Los albañiles, donde encarna el drama de una clase olvidada, golpeada por un sistema que reparte injusticias. O la genialidad de Baile, mi rey, cinta donde combina su habilidad para moverse con un problema social pocas veces denunciado: la trata de blancas.
Fue todo y nada le faltó. Actuó al lado de los monstruos de la pantalla y vio nacer a varias generaciones posteriores. Picardía mexicana, El rey de los albures, Échenme al gato, Amor a cuatro tiempos, La presidenta municipal, Día de difuntos, Al son del mambo, La niña de la mochila azul y El luchador fenómeno que inventó la invencible llave de “La licuadora”. “Resortes” hizo de todo, por eso vivió una vida plena.
En televisión hizo telenovelas. Participó en La pasión de Isabela, El abuelo y yo, Gotita de amor, Carita de ángel y DKDA.
Adalberto Martínez “Resortes” es inolvidable. Cómo no recordar aquellos carteles que anunciaban las funciones en el Teatro Blanquita: Hoy, 7:30 y 10:30, domingo tres presentaciones: “Piporro”, “Resortes”, “Tin Tan” y Marcelo, Los Ygrouchki, “Borolas”, “Mantequilla”, Juana Gallo, Glenda Leigh, Jasso, “Régulo”, Los madrugadores del Valle, Miriam Barrera, Altia Michel, Ébano y Marisa, Arturo Martínez, todos ellos juntos, con ballet y vestuario de R. Luna.
A principios del año 2002, fue internado por neumonía. Ése fue el comienzo de su fin. El tabaquismo le había cobrado factura. “Fueron tantos años del maldito cigarro en la boca que, aunque ya tengo tres años de no fumar, aquellos tiempos no pasaron en vano”.
El 4 de abril de 2003 deja de existir don Adalberto Martínez Chávez. Tenía 87 años y varios sueños sin cumplir, entre otros, presentarse una última vez al lado de Fanny Kauffman “La Vitola” en el Blanquita.
Con tres matrimonios en su historia, un cúmulo de tragedias personales y una carrera inagotable, “Resortes Resortín de la Resortera” es y seguirá siendo uno de nuestros mayores cómicos del cine nacional.
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